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Inicio / Cuenteros Locales / Los_Hermanos_Plastilina / Las Aventuras de Ester, “La abuela guerrera”*. Hoy presentamos: “Ester contra Bush” (Por Chester Piedrabuena)

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“Ese Bush me tiene harta”, murmuró Ester una noche, mientras jugaba a las cartas con El Increíble Hulk, Gabriel Batistuta, Batman y el gato Chatrán. “No te calentés, Ester”, contestó Chatrán, al tiempo que vaciaba de un trago su vaso de ginebra. “El mundo ya no necesita de superhéroes”, agregó el felino.

“No me vengas con eso a mis 75 años... A ese muchachito alguien tiene que ponerle los puntos”, comentó la anciana. Rápidamente concluyeron el juego y cada uno decidió regresar a su casa. “Batman, dejá que al batimóvil lo manejo yo, te noto algo dormido...”, sostuvo Batistuta. “Dale”, le agradeció Batman. “Estoy muerto: hoy estuve haciendo un pozo en la baticueva para instalar de una vez el gas natural y no sabés como me duele la espalda”, concluyó el encapotado. En breves segundos, el estacionamiento de Ester quedó vacío y en silencio.

Completamente sola en su casa, Ester daba vueltas una y otra vez. “Ma’ sí”, dijo en un momento. “Ese cangrejo norteño me va a escuchar”, resongó. Concluido esto, preparó un bolso en donde metió algunas enaguas, un par de corpiños a prueba de granadas, un peine y una ametralladora M 16. Finalmente, le dio de comer a la piraña que la anciana cría en su bañera y partió rumbo al aeropuerto de su ciudad, Oslo.

Cuando despertó, el Boeing 777 en el que viajaba ya sobrevolaba Washington. Luego del aterrizaje, tomó un taxi en la avenida Stevie Wonder y no paró hasta dar con el enrejado que antecede a la Casa Blanca. Decidida, se acercó hasta la entrada para hablar con el guardia que allí se encontraba.

“Flaquito, decile a Bush que Ester vino a verlo”, le comentó la anciana al hombre de seguridad. Por el contrario, el uniformado apenas le prestó atención. “¿Me ignorás? Ahora vas a ver...”, murmuró Ester, mientras procedía a treparse por una de las rejas. “Señora, deténgase”, le advirtió el guardia. Pero sus palabras sólo llegaron a ser eso: una tardía advertencia. Un cabezazo dado por la anciana con el parietal derecho dejó inconsciente al militar.

Ester avanzó, rápida y decidida, por el jardín, con la ametralladora tambaleando entre sus manos arrugadas por tantos años de trabajo y sacrificio. “Salí, George, o entro yo y se pudre todo”, amenazó la anciana, casi a los gritos. Un segundo después, una puerta se abrió y un hombre alto, con barba de 3 días, y vestido sólo con una camiseta de Boca Juniors de Argentina, se presentó a recibirla. Era Bush.

“¿Qué sucede, servil viejecita?”, preguntó Bush. “¡A vos qué te pasa!”, lo increpó Ester. “Te metés en Afganistán, Irak, Corea y pronto lo vas a hacer en Sudamérica”, le respondió, enojada, la mujer. “¡Terminála de una vez, querido!”, agregó ahora, sacando del bolso su bastón modelado en sauce llorón. “Ancianita subdesarrollada, andáte a tomar la pastilla. Yo hago con el mundo lo que se me antoja”, contestó Bush.

“Eso es lo que vos te creés...”, lo interrumpió Ester, para luego apretar el gatillo de su M 16 hasta no dejar un vidrio sano en todo el frente de la Casa Blanca. El Presidente de Yanquilandia, asustado, se lanzó cuerpo a tierra, tapándose los oídos con las manos. “Deténgase, por favor. Mis dientes son sensibles al crepitar de vidrios estallando en mil pedazos”, suplicó Bush, entre lágrimas.

“Está bien”, dijo la anciana. “Pero esto no termina acá: ahora te quiero sobre mis rodillas: voy a nalguearte por ser mala persona”, explicó Ester. Y Bush, obedeciendo, se colocó sobre las rodillas de la anciana. Obviamente, como sólo estaba cubierto con la remera de Boca Juniors, su trasero blanco, y con algún que otro grano de fuerte carga sebácea, se entregó dócilmente al castigo furibundo de la abuela guerrera.

Cuando Ester partió de la Casa Blanca, custodiada por un pelotón de la Guardia Nacional y media docena de tanques y cazabombarderos F 18, Bush presintió que, de portarse nuevamente mal, la anciana regresaría por él. Así, al otro día retiró todas las tropas que tenía por ahí, aniquilando al mundo, y se afilió al sindicato de taxistas de Washington: su sueño siempre había sido conducir un auto viejo, con olor a canario muerto y sin stereo.

Por su parte, Ester decidió hacer un poco de ejercicio y regresó nadando a Suecia. De esta forma, marcó un nuevo record de velocidad hídrica en lo que a estilo pecho se refiere. Al llegar, Batman y Chatrán la esperaban en la costa. Sonrientes, y algo ebrios por algún que otro barril de cerveza bebido en el camino, ambos le dijeron al unísono: “Ester, lo has hecho otra vez”.

La abuela tomó su bastón, caminó con dificultad, pero sonrió con fuerza. Al hacerlo, se dio cuenta de otro detalle: en su travesía a nado, a través del Atlántico, había perdido otro diente. El penúltimo natural que le quedaba. Pero no le importaba. “La seguridad del mundo bien que vale un diente menos”, pensó, y partió con sus amigos rumbo a un bar en donde, por una vez, pudiera al fin beberse un vodka con bastante hielo y mirar alguna de sus telenovelas favoritas.





*Basado en una historia real.


Chester Piedrabuena



® Saga "Ester, la abuela guerrera". Derechos Reservados.


Texto agregado el 13-07-2004, y leído por 374 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
20-06-2005 JAJAJAJAJA ¡genial! maitencillo
14-06-2005 gRANDE aBUELA!!!!! KaReLI
26-05-2005 *****perfecto pink-panther
21-10-2004 La abuela fantástica... aparte de divertido hay una forma de escribir supercorrecta. saludos. nomecreona
04-10-2004 Un excelente texto para desahogarse de akellas cosas k todavia no podemos afectar directamente... lastima no tener a alguien k realmente pudiera limitar los actos vandalicos de "el Tirano Democrata" xwolf
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