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Crueles fronteras dérmicas
Microcuento presentado a concurso. La premisa: que el tema sea amores que matan.
Se amaban más allá de las palabras, más allá de cualquier descripción. Incluso más allá de esos terrenos húmedos pertenecientes a los besos, las caricias y el lamer. Su amor era hiperbólico, y, al verles, cualquiera hubiese acertado a decir que lo que sentían no cabía dentro de sus cuerpos.
El dolor de esas crueles fronteras dérmicas que separaban sus respectivos sentimientos les enloquecía. Querían hacer de su amor algo perfecto y único. Pero era un imposible, dado que estaba dividido en cárceles distintas.
Luego el tiempo hirió sus mentes y trajo consigo nuevos temores. Si su amor no era único, ¿cómo tener la seguridad de que fuese eterno? Comenzaron a sembrar inquietudes cuyo germen era siempre la duda de si el otro le amaría tanto y por tanto tiempo. El sexo y el amor eran uniones inciertas que se les aparecían de repente carentes de garantía. Entonces, supieron que la única solución era atarse con un lazo aún más fuerte: la muerte. Él comentó que muchas personas podían amarle, pero sólo una darle muerte. Tenía que ser ella. Tras reflexionarlo, ella juró que después se quitaría la vida. Cruzaron los dedos por un encuentro posterior, en algún sitio donde estuviesen liberados de aquellas incertidumbres, de aquella injusta naturaleza dúplice.
Lentamente, ella hundió el filo en el cuerpo de él, penetrándole con suavidad en una suerte de intercambio de roles. Lo último que hizo él fue sonreír y darle un beso en la frente mientras su tibia sangre empapaba aquellas amadas manos.
Si el temblor en sus dedos y el silencio posterior fueron un luto o una duda en su corazón, es algo que nunca nadie supo. Y dónde acabó el cuchillo, sobre la mesa o en su compungido pecho, es algo demasiado significativo como para ponerlo por escrito aquí.
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Texto agregado el 07-01-2011, y leído por 81
visitantes. (1 voto)
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Lectores Opinan |
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07-01-2011 |
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Me han gustado los microrrelatos. De los tres me quedo con éste, para mi es el más emotivo. corazonverde |
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07-01-2011 |
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Y el sol de la tarde reflejado en la hoja del puñal fue el único testigo. Pero... es algo demasiado significativo para cincelarlo en letras aquí. ZEPOL |
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