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¿A que no te imaginas lo que me pasa?

Martha estaba sentada en una mesita en la terraza del restaurante, pensativa; levantó la cara para cerciorarse si alguien venía, mientras daba un sorbo a la taza de café. Se notaba inquieta. La figura de Santiago, su ex esposo, se recortó en el lado opuesto de la calle; la divisó desde lejos y se fue acercando a ella con paso lento pero firme.
—Hola —saludó él, sentándose.
—Hola, ¿como te va?—respondió ella. Disculpa que te haya despertado a esta hora. Seguramente estabas descansando.
—Está bien. No te preocupes, es sábado —dijo, mientras ordenaba un café— no hay prisa por levantarse “tan temprano”, pero me hace bien.
Martha buscó un cigarrillo entre su cartera. Santiago se apresuró a encender un fósforo y se lo acercó. Ella le agradeció.
—¿Bueno, y a qué debo el honor de tu… llamada?
—Nada en especial, sólo que… sólo quería platicar contigo. ¿Te molesta?
—No, no. En lo absoluto. Adelante. Cuéntame.
Martha desviaba la mirada para un lado y para otro; disimuladamente jugaba con el cigarrillo entre sus dedos. Ella evitaba mirarlo de frente. Pasaron varios segundos, hasta que por fin rompió el silencio.
—¿A que no te imaginas lo que me pasa? —dijo sorpresivamente, soltando la bocanada de humo azulado.
El buscó su cara y la miró fijamente a los ojos. En ellos descubrió esa profunda mirada que hacía algunos años le hubiese causado un sentimiento similar, después de haberle hecho ella exactamente la misma pregunta.
—No, no lo sé —mintió.

Santiago sabía perfectamente lo que le pasaba, por el tono de su voz, pero no quiso decir nada. Prefirió dejar que Martha lo dijera por ella misma. En todos los años que vivieron juntos como pareja, Santiago aprendió a leer sus ojos y adivinar sus gestos. Podía incluso hasta adivinar sus pensamientos; sabía de sus debilidades y temores. Ahora estaban separados desde hacía algunos años; sin embargo, y a pesar de todo, reinaba entre ellos una buena relación.
—No te lo imaginas, ¿verdad? —insistió, esquivando la mirada.
—No. No me lo imagino —mintió una vez más. ¿De qué se trata?
Ella levantó la vista para mirarlo fijamente. Sus ojos tenían un aire triste, melancólico. Parecía indefensa, lo cual contrastaba con la imagen que Santiago siempre había tenido de ella. Martha era una mujer madura y aún se conservaba hermosa. A la edad que tenía, difícilmente se podía creer que fuese divorciada y madre de tres hijos. Desde siempre, había luchado por salir adelante, con coraje y determinación, a pesar de haberse divorciado de Santiago, quince años atrás. Se habían casado muy jóvenes. Ella apenas si cumplía los diecinueve años. Ahora, a sus treinta y ocho años de edad, la situación se pintaba de una tonalidad… un tanto diferente.
—En serio, ¿no tienes una idea de lo que se trata?—interrogó.
—No. No tengo idea.
—¡Estoy embarazada! —fueron las palabras que exclamó, en una mezcla de desesperación y congoja. Santiago no se inmutó. Se mantenía firme y tranquilo, con una calma envidiable. Tomó otro cigarrillo y lo encendió.
—No te lo esperabas, ¿verdad? De pronto te quedaste callado —agregó ella.
—Me lo imaginaba —respondió Santiago con soltura.
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
—Sólo quería asegurarme… por tu propia boca.
—Pues sí. Estoy embarazada. ¿Qué te parece? —interrogó inquieta, como si estuviese al borde de un abismo, esperando ser rescatada de forma milagrosa.
—¡Alégrate entonces! —respondió sereno, mientras le daba un sorbo a la taza de café caliente.

Martha sintió esa expresión como un balde de agua fría que caía de golpe sobre su espalda. Por unos instantes quedó atónita, sin palabras. De alguna manera, eso mismo sintió Santiago quince años atrás, cuando ella le comunicó una noticia similar sobre su primer embarazo. Martha nunca esperó esa respuesta, como tampoco esperaba aquella que recibió la primera vez, de labios de Santiago. En aquella ocasión, él le había sugerido que abortara; le explicó que, debido a la inestabilidad de su situación, no podría aceptar esa responsabilidad. Ella siempre se negó.
—No te burles.
—No. No me estoy burlando —afirmó con seriedad.
—Pero… ¿Te imaginas? ¡A mi edad! Ahora que tenía tantos planes, tantas cosas por hacer. ¿Por qué precisamente ahora, que comienzo a abrirme paso por la vida en lo profesional? ¿Por qué ahora? Las palabras de Martha lo transportaron de inmediato, como un relámpago, al pasado. Sólo que ahora los papeles parecían estar invertidos.
—Además, ya tengo tres hijos, y no sé como ellos van a tomar la noticia. Mi relación con mi pareja no está muy bien por ahora ¿Te das cuenta? No es el mejor momento de quedar embarazada.
—Sí. Me doy cuenta —afirmó incisivo.
Santiago también se dio cuenta de que, en aquel entonces, tampoco era el mejor momento para él, el hecho de convertirse en padre.

Martha parecía exasperarse con las tajantes respuestas de Santiago. Le sonaban sencillamente turbadoras. Por unos instantes dudó de haber procedido correctamente cuando lo invitó a tomar un café para platicarle de sus preocupaciones. El humo de los cigarrillos comenzó a desvanecerse, tan rápidamente como las esperanzas de Martha. Necesitaba tanto de un consejo, de una mano amiga… de alguien que le dijera que la comprendía y que la apoyaba en ese momento tan difícil para ella; y para colmo de males, tenía frente a sí, al único individuo que la conocía verdaderamente como persona, como mujer y como madre; sin embargo, éste solamente se limitaba a escucharla y respondía sin inmutarse.
—¿Entonces?
—Qué cosa.
—¿Qué piensas de lo que te dije? ¿Qué piensas de mí?
—Lo mismo de siempre —respondió sosegado.
—¿Qué? ¿Qué es: “lo mismo de siempre”?
—Que eres una gran mujer y una excelente madre. La misma que hace algunos años experimentó una situación similar, y que enfrentó el resultado de sus decisiones con valentía. Pero ahora es diferente. Aquella joven era inexperta, tú eres ahora una mujer madura; hoy tienes la experiencia que te ha dado la crianza de tus otros hijos. Antes te mostrabas insegura, hoy te has abierto paso por la vida con firmeza. Aquello sucedió en un momento de locura, en la clandestinidad. Hoy ha sucedido en rectitud. No tienes nada de qué avergonzarte. Ser madre es un privilegio y lo has sabido demostrar con creces… y si la persona que está a tu lado, no sabe apreciar lo que eres, entonces no merece estar contigo. Además, creo que eso nunca fue un problema para ti, porque siempre saliste adelante por ti misma. ¿No es cierto? Bueno, es sólo eso... ¿Qué más te puedo decir?

Martha enmudeció. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras un profundo suspiro invadió sus pulmones y, al expulsar el aire, salieron con él todos sus temores. Santiago se levantó de su asiento sin decir palabra. De los labios de Martha brotó un susurro, apenas perceptible, que él ya no pudo escuchar; sin embargo… aún sin haberlo articulado ella de manera audible, él sabía perfectamente lo que le quería decir. Se dio vuelta y se perdió en la lejanía...

Texto agregado el 08-07-2004, y leído por 215 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
24-07-2005 Ta' cabron!!! venusita
12-07-2004 muy bueno, me identifico tanto con tu escrito, en el momento en que sali embarazada de Santi y fuí aterrada a contárselo a mi mejor amigo. Saludosa y mis estrellas. LaPatineta
08-07-2004 ufa ray, esta historia la he visto con mis ojos en una amiga muy cercana, que bien la relatas!!! solo me dio pena el que el se vaya asi sin darle un beso, como si el apoyo no estuviera provisto de contencion, solo el silencio.... janine
08-07-2004 ufff, ke buen final!!!! es increíble como a veces akellos ke se conocen como nadie se separan, pero se siguen necesitando porke no han sido capaces de abrirse a otros. muy bueno raymond anaf
 
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