Pude saber la escritura de tu rostro emborrachado
Sin necesitar más tiempo que el necesario
Para darme cuenta que estabas ahí, pude,
Pude verlo en tu sintaxis facial,
En la ortografía de tu cara,
En los signos de tus gestos,
En las señales de tu voz que aún no oía,
Pude saber tu cuerpo retraído
Con solo leer el vaivén de tu pelo desatado,
Por fin suelto, liberado.
- Pude saber que estabas triste, porque sí.
Pude, sin embargo,
Saber que mi tristeza no existía en aquel breve instante,
Desaparecía como si nada me pasara al tenerte presente
Y me cambiaba la monotonía del desánimo,
La rutina de la amargura,
La cotidianidad del llanto,
La uniformidad de la pena,
La continuidad de la culpa,
Mi aura se difuminaba del negro al blanco
Como si fueses infinitas inyecciones.
Ahí entendí que no necesitaba absolutamente nada más
Que retener tu imagen en mis pupilas una milésima de segundo
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