Brando se ha ido. Y no precisamente por la puerta grande, se ha ido por una puerta trasera y según su deseo expreso de este “baile de los malditos”, aunque hubieran de agrandarla un poco para dejar pasar sus ciento cincuenta kilos de humanidad.
Aunque para muchos ya había muerto hace tiempo, aquí, dicen, quedaba una persona llena de kilos y de deudas que una vez fue Marlon y que ahora era más una cara inexpresiva que “un rostro impenetrable”.
Siempre ha despertado en mi, este “dios” escénico una gran curiosidad, a veces más por su vida que por sus interpretaciones; se convirtió en una prueba tangible de que en todos sitios cuecen habas, que el dinero ayuda pero no lo es todo y que cada uno tiene sus propias “rebeliones a bordo”.
Su merecida fama de disoluto y degenerado ya le precedía antes de que otros grandes como Marylin y Dean truncaran sus vidas en mitos sensuales de éxito y juventud. Para Marlon fue más difícil, hubo de aguantar el tipo, la decadencia y las consecuencias de su notable rebeldía; les sobrevivió, al menos corpóreamente hasta hace pocos días, cuando partió en busca de su ”casa de té de la luna de agosto”.
A Marlon le gustaban las mujeres estupendas y las que no lo eran tanto; dicen que también le gustaban algunos hombres; el lujo, las islas paradisíacas y exóticas; la buena vida, la bebida, el juego… pero también simpatizaba con las tribus indígenas oprimidas y adoraba tener hijos, aunque en esto tuvo bastante mala suerte. “Debo de haber sido el mejor actor y el peor padre” reconocía en algún momento.
La cuestión era ir contra corriente y generalmente lo consiguió; en el celuloide y en la realidad. Se acostumbró desde muy joven a ir por su vida, vacía como aquel apartamento de Paris; conduciendo el tranvía de su propio Apocalipsis; despreciándose y despreciando a los que le rodeaban.
Hizo también papeles desastrosos a cambio de llenar sus bolsillos, pero desdeñó el Oscar de la academia, jamás siguió el juego que imponían los estudios, no aceptó las normas, sin duda en eso también fue el mejor.
El más grande actor del siglo, si es que antes hubo actores se ha ido; el “padrino” del escándalo nos dijo “Sayonara” de tapadillo; no nos dejó un último “reflejo de un ojo dorado”, evitando en sus últimos momentos a la “jauría humana” que otros advenedizos tanto anhelan. Si hay un sitio para los grandes, se reunirá con “Zapata y Marco Antonio”, que lo trataran como a “el novato”.
No ha sido el mejor de sus finales, no ha sido su muerte un “golpe maestro”; se fue solo, arruinado y desfigurado a consecuencia de los efectos lacerantes de la kriptonita de la vida; aplicando y aplicándose su propia “ley del silencio”.
De manera química y perturbadora trascendía las pantallas. Fue un caso aparte… y lo fue porque sus realidades sobrepasaban sus ficciones, no le hacía falta imitar pasiones para actuar, porque las llevaba impresas de forma “salvaje” en su “piel de serpiente”, en su camiseta sudorosa y ajustada y en su chupa de cuero.
Con la tristeza y la nostalgia inevitable en estos casos, hasta siempre.
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