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Inicio / Cuenteros Locales / fragoncum / El encuentro parte 2

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El amanecer irrumpe en sus vidas con las dádivas que la naturaleza impone. Los impulsos en sus vértebras, no muestran indicios de manifestarse. Inmóviles sus cuerpos, solo pueden en ese instante, rememorar sus vidas actuales y las previas: cánticos sin voces penetran sus oídos, olores desconocidos inundan la mancha amarilla, y un frío en la piel va desatando un volcán dormido. Ella vierte su alma en la sonrisa de niña descubierta; él viaja a sus huesos buscando el niño abandonado; ella es la memoria recuperada, y él, los antojos de la adolescencia; él dulcifica sus labios con sus besos, y ella, con sus manos desmantela las escamas incrustadas en esa piel dura y seca; ella permuta su libertad por el sosiego, y él, surge desde las profundidades de un océano con las manos llenas; ella vierte su sangre arterial en el ventrículo izquierdo de él, y él, multiplica su mansedumbre ante los ojos que lo desnudan; ella reina en los altares frente a los que él se arrodilla, y él, destapa los oídos de ella con sus versos; ella desentierra la infamia perdida en su memoria, y él, le desamarra los nudos con las manos puestas en su pecho; ella vierte su miel en el rostro de ese hombre carcomido por el tiempo perdido, y él, le calma la sed de siglos besando sus labios con la ternura del niño que aun lo habita. Con sus brazos rodeando sus cuerpos y la mudez arrollándolos, beben de sus propias lágrimas como sediento en medio del desierto.
Vuelven a la realidad, cuando a través del aparato se anuncia la continuación del programa: “Desde el más allá”. Habían anunciado desde hace unos días, que después de la película, se iba a dar un encuentro similar en una filmación hecha especialmente para esa transmisión. Ella pone su atención en los sucesos que ocurren en la tele, y él, la sigue en esa aventura con la docilidad del cordero. Mediante una vista aérea, las imágenes a todo color muestran la cima de una montaña. Y a medida que la cámara va enfocando, se puede notar una pareja abrazándose tan fuerte, como si intentaran encolarse y fundir sus cuerpos en uno. Se pregunta el animador: ¿cómo llegaron hasta ahí para encontrarse? ¿qué fuerza los impulsa a arriesgar sus vidas para tener una experiencia tan común? Desde esa cima se puede tocar las blancas nubes que los rodean. Y detrás de esos espesos contornos formados por aire condesado, unos ojos contemplan los pormenores del encuentro. Y la brisa cómplice penetra por los recovecos de cada piel, impidiendo la incineración. Y allí, en aquel paraíso terrenal, sus cuerpos unidos por sus almas, se preparan para multiplicar su especie hasta desfallecer, y resurgir con más vida.
“Escalaron la montaña solos, continúa el animador, ella por el norte, y él por el sur; impulsados ambos, por la tiranía de una fuerza superior y, sin importarles perder sus vidas. “Al amanecer de ese día, ambos estaban en la orilla de ese monte escarpado”. “Rodearlo para encontrar el lugar idóneo por donde comenzar el ascenso, era lo lógico”. “Pero la lógica los había llevado a cometer demasiados actos fallidos en anteriores búsquedas”. “Y como el amor no tiene lógica, tampoco la deben tener las acciones previas al gran encuentro”. Y con un tono lúgubre añade: “el amor y la locura andan siempre de la mano; los cuerdos no aman; la cordura en estas lides es alienación, vértigo perenne, suicidio perpetuo; el cuerdo mata el espíritu que lo habita, es el peor de los asesinos”. La noche antes de ese encuentro, habían tenido un sueño tan claro e inolvidable, que les había revelado esos mismos pensamientos. Se quedan petrificados ante la coincidencia. Y mirando al televidente remata este señor de amplia experiencia en estos temas, con la interrogante final: ¿has tenido un encuentro así? “Pues si aun no has pasado por una vivencia similar, no has amado”.
Después de ver las escenas en la tele y escuchar la sentencia, y, sin la prisa que contamina el hallazgo, comienzan a dar riendas sueltas a los ímpetus biológicos de los que padecen. Y en ese recinto que les sirve de nido de amor, se multiplican los panes en cada abrazo; en cada beso, gérmenes inofensivos hacen estragos en aquellas gargantas debilitadas por el llanto y los ruegos al altísimo. Ambos celebraban que los equívocos que anteceden al encuentro definitivo, único, esperado y señalado por cada dedo índice de los entes invisibles que gobiernan lo terrenal, habían llegado a su fin.
Pero la vida tiene misterios insondables que asesinan cualquier certeza y confunden al más racional de los seres. Y mientras sus cuerpos desnudos se acercan más a sus almas, tocan a la puerta con golpes más insistentes cada vez. La voz temblorosa de la vecina resuena en las sienes de los amantes como un trepidar de tambores, como si la hoguera, lista ya, reclamara los condenados. Y en ese ir y venir de ambos sobre la alfombra, el tiempo detenido recobra su lucidez, su afán de ganancia y pérdida. La insistencia de los nudillos sobre la puerta, les obliga a detener las hostilidades de los cuerpos que se agreden con afán aniquilador y prepotente. Y la sustancia hormonal queda atrapada en el camino, y la energía a punto de salir por cada poro, se diluye en el torrente sanguíneo de cada cual.
Se separan con la rabia y la zozobra presagiando el devenir, se visten a toda prisa, mientras los nudillos a punto de sangrar, continúan estrellándose sobre la madera tallada por artesanos expertos. Se dirige a la puerta con los pantalones cayéndose de la cintura, y sin camisa. Por un instante pasa por su mente, que se toparía con el marido de la mujer que lo había virado al revés, pero la voz de la vecina nombrándolo, lo tranquiliza nuevamente. Tal vez, lo llamaba para devolver la aspiradora que había tomado prestada el día antes. La ingenuidad lo empuja a no ser diligente. Y el que debió morir ya estaba lejos.
Media hora después, el apartamento estaba ocupado por la policía y por la vecina con un fuerte ataque de nervios. Dos camillas ensangrentadas van en la ambulancia, que marcha con destino al hospital para las correspondientes autopsias. Mientras que en el auto policial dos guardias con su vestimenta reglamentaria, van acompañados por un hombre esposado y vestido con igual uniforme. Y en la cintura de ese hombre molido por la traición, la baqueta vacía.



Texto agregado el 20-09-2010, y leído por 411 visitantes. (22 votos)


Lectores Opinan
14-01-2012 Buena narraciòn, la descripciòn atrapa definitivamente. Gran talento, por favor sigue escribiendo, por fin, despuès de tanto leer , algo que llega y sorprende!!! campana
29-11-2011 voy por la otra parte....ya que no solo me atrapó tu narración, sino que navego en la sangre vertida por los amantes....que se funden y renacen en un mismo tiempo...un encuentro al fin....sigo mancuspia
27-11-2011 Vaya tu imaginación es muy fuerte, y narras muy bien el relato es perfecto, te sigo. ***** lagunita
26-11-2011 Ahora sí te dejo mi comentario. Es irreal la historia, atrapa y el final de este capítulo estremece. Sigo. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
22-11-2011 Es un desborde de situaciones fantastcas , exelente relato donde el amor mas descarnado se transforma en sangre , en energia, transitas desde el horror magico de una entrega sin condiciones y nos muestras un mundo de desdicha , que se ha recuperado en el mismo instante que se muere lo fisico , lo demas permanece ,late... Particular relato que merece mas lectura , Un pilon de estrellas por tu trabajo , te sigo en la otra entrega . polodislates
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