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JOHN DOE
y el patólogo forense



El cadáver descansaba sobre la mesa de autopsia. La de mármol y cemento. De cabecera, una pluma de agua, deslizable. De las que se alargan y se encogen. A los pies, un agujero de desagüe, ancho, sin rejilla.

Colgadas a los lados, junto a la pared, varias carpetas con indicaciones anatómicas específicas. Consultivas.

En el techo, una potente lámpara de luz blanquecina hacía brillar el mármol con mil estrellas del agua corriente que se deslizaban hasta el agujero de descarga.

El cadáver fue colocado con cierto cuidado, deslizándolo directamente de la camilla rodante hacia la mesa. Un golpe seco, salpicando el agua, hizo eco en el rincón este de la sala, donde la puerta se movió ligeramente como dejando escapar el alma de alguien que quería salir de la iluminada habitación. La cabeza queda levantada en un bloque donde se apoya el cuello.

En el dedo grande del pié derecho, una tarjeta atada con un pedazo de goma, reza lacónicamente:

John Doe
26 de junio, 2004
Encontrado enredado en la Web
Oficio: Cuentero


El patólogo forense se coloca dos pares de guantes de látex, número 9. Sus manos grandes, pero suaves, con uñas evidentemente comidas por la ansiedad, toman el bisturí, del 11, y magistralmente hace un corte desde el área occipital hacia la parietal derecha. Repite el movimiento en el lado contrario, llegando ambos cortes exactamente hasta donde termina el cabello sobre ambas patillas.

De forma hábil despega el cuero cabelludo desde atrás hacia delante, con un movimiento firme y continuo que produce un ruido semejante al de una tela que se rasga. Deja al descubierto el hueso de un cráneo blanquecino, sin señales gruesas y evidentes de trauma ninguno. No hay hematomas ni hundimientos en ese hueso que refleja la potente luz.

Con pericia toma la sierra que le alarga el ayudante, quien de forma casi automática prende la misma y un ruido constante y molesto se apodera del recinto. Mientras zumba, la sierra va penetrando en el hueso, haciendo un corte parejo y limpio hasta terminar en un círculo perfecto. Cesa el ruido y se separa el pedazo de cráneo cortado que es entregado al asistente. El cerebro, de consistencia gelatinosa, pero firme, con sus circunvoluciones, queda al descubierto. Diseca las meninges cuidadosamente. No hay hemorragias recientes ni antiguas. Los dedos de la mano izquierda del médico entran por la parte de atrás del cerebro, y lo levanta suavemente, mientras con la otra corta a la altura del tallo y lo separa del árbol de la vida, conservando la mayor parte de cerebelo que puede. Coloca la masa encefálica en un recipiente de acero inoxidable, muy brillante.

Es allí donde se detiene unos minutos. Ha notado que el color grisáceo de la masa se torna azuloso en ambos lóbulos temporales. Ordena al ayudante hacer unos cortes muy finos, con el micrótomo, de esas áreas. “Congelar y corte fino” fue su orden tajante. “Les quiero ver inmediatamente que estén preparados”. Y continúa con su rutina, pasando al tórax del cadáver.

En menos de media hora ya está sobre el microscopio electrónico. La imagen se proyecta en una pantalla plana, de un computador que va señalando números a velocidad vertiginosa, indicando el grosor y tamaño en imagen real del corte y lo que se puede ver en él. Da más potencia al aparato y, para su sorpresa, miles de pequeñas letras van apareciendo en la pantalla, primero en forma desordenada y luego tomando forma de palabras.

Alucinado verifica que el microscopio electrónico y el computador estén funcionando correctamente. Sin detectar falla alguna, comienza la revisión de la secuencia, nuevamente, paso por paso.

Apenas unos minutos mas tarde, la pantalla plana vuelve a mostrar la imagen del corte fino de la masa encefálica correspondiente a los lóbulos temporales. Potencia el aparato y observa los micros corpúsculos, en constante movimiento, aglutinándose en forma de pequeñas y desordenadas letras.

Abstraído, toda su atención en la pantalla, comprueba como se expanden, seleccionándose unas a otras hasta condensarse en forma de palabras. Advierte las anomalías de ciertos micros corpúsculos y letras, es decir, alteraciones de su estructura y cantidades. Y establece la presunción de la causa de muerte.

Sin perder tiempo, sin distracción, completa los datos de la ficha necrófila del cuentero John Doe.


Encontrado enredado en la Web
Momento de deceso: medianoche del 26 de junio, 2004
Causa del deceso: “Patología letrosómica”. Resulta probable que durante el proceso de selección, cuando los micros corpúsculos se aglutinan en letras, y se mueven conformando palabras, hayan desarrollado un mecanismo degenerativo, autosuficiente, prescindiendo de todo pensamiento e inspiración. Agravado por el exceso cibernético y trasnoches. Esta situación generó un bloqueo en la mente del cuentero y esparció las letras impidiendo que se solidifiquen entre sí, lo cual evitó la conformación de nuevas palabras y el encadenamiento lógico de su esencia. Y motivando el cese de sus funciones vitales.


Terminada la ficha necrófila de rigor, incansable, el médico se dispuso a un análisis más exhaustivo.

Con sumo cuidado manipuló sobre la muestra de masa encefálica extrayendo varias letras genéticas prototipos, y las introdujo rápidamente en un papel de ensayo con un ambiente nutritivo adecuado, a la espera de un “clonaje” posterior en otro posible cuentero.

Luego, le ordenó a su ayudante que se encargase de la recomposición del cadáver. Con el cuidado que le caracterizaba se sacó los guantes de látex, el barbijo y sobre el perchero dejó caer el guardapolvo blanco. Dio por finalizada la autopsia y su labor junto a John Doe.

Caía la noche, y aquel había sido un día alucinante.

¡Increíble! Admirable. ¿Quién lo hubiese dicho?, murmuraba para sí el patólogo forense, mientras se retiraba de la morgue. Alucinado, tomó un respiro, y dedujo que todo era posible. En definitiva, ¡él mismo no era otro que el personaje surgido de la última creación del cuentero John Doe!

A carcajadas, se introdujo velozmente en la web en busca de algún usuario, navegante desprevenido, con cierto toque de inspiración cibernético y dispuesto a la ventura de una ficción clonada.

La mesa está servida. El duro lecho espera, límpido y casi estéril, a ese cuentero descuidado que quiera ocuparla. Los guantes, el bisturí, la sierra, el ayudante... están allí...

¿Te animas?


Texto agregado el 06-07-2004, y leído por 1006 visitantes. (24 votos)


Lectores Opinan
09-07-2007 jaja me acorde que vi la serie completa *****buen texto ***** ismaela
23-07-2006 Dicen que las cosas buenas con el paso del tiempo se hacen mejores. Este cuento es un bello ejemplo... un abrazo a los dos.. grandote...ruben sendero
09-02-2006 exelente descripcion...te felicito... nefertiti_17
10-09-2005 Estupenda diseccion con palabras cortantes como hojas de bisturí.....a mi que no me dan miedo los cuentos gore....he disfrutado muchisimo viendo con que habilidad las palabras pueden pinchar y cortar , aserrar y diagnosticar....la masa encefalica de un cuentero que llegado a un estado shock critico se defunciona por la imposibilidad de suturar con palabras la hemorragia cibernetica ocasionada por un cumulo de dosis trasnochada.......realmente es admirable como lo habeis escrito....y a pesar de sus tecnicismos resulta agil de leer y totalmente compresible y deleitablemente ironico....os felicito es un gran trabajo es una idea ingeniosa y una concienzuda descripcion normalizada....... silpivipiapa
29-12-2004 Lástima, para mi, no pude leerlo, no me gustan las descripciones de operaciones, etc. Paso a otro. jorval
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