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Inicio / Cuenteros Locales / SashaRumanov / El Hechizo de la Rosa

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Cierta noche aciaga, cuando con la mente cansada meditaba sobre varios libros de sabiduría ancestral, ya sentía adormecida, de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal...

Fue tal vez el día de mi primer año como estudiante de medicina, cuando lejos de mí estaban los oscuros pensamientos que hasta hoy oprimen mi corazón como infame serpiente sofocando a su presa... ¡Ho Dios, que tan crueles son tus juegos! ¡si a caso mi vida es una pesadilla, y el despertar es mi muerte más que nada deseo morir!
Dudo, y a la vez creo, cuando el solo fugaz y lejano recuerdo siembra en mí la semilla de la negación y el verme sepultada en estos blancos muros acolchados me transporto a la realidad que es hoy por hoy mi vida cotidiana, pero recordemos como no siempre la lógica, la ciencia o lo material han obedecido a lo real o a todo aquello que no puede y no debe ser explicado de manera “lógica” o científica, pues no son otra cosa el espíritu y la materia del hombre que antagonistas filosóficos de un solo ser con posibilidades de inmortalidad.
Él decía que el hombre del siglo veinte y el moderno ha sido instruido bajo el evangelio de Santo Tomás, y no es hasta que vemos cuando comenzamos a creer, a partir de entonces, se vive etiquetado bajo el seudónimo de loco, pues muchos no están destinados a ver. Más por qué debemos creer en Dios cuando no le vemos mientras ciegos y sordos creemos en el amor o el mal, cuando las meras manifestaciones de cada sentimiento y acto somos nosotros mismos como seres existentes, ¿no es a caso el hombre una manifestación ególatra de un gigante omnipresente al cual llamamos universo? Y no es que podamos verle, pero sabemos que existe y somos parte de éste, y lo que no vemos también existe, como el viento, pues podemos sentirle, así como al amor, el odio y el mal…
Pon atención entonces, a lo que estoy por contar, y admite mi cordura o juzga mi locura:

Cada fin de semana, sin excepción alguna, me veía en la obligación de repetir las infinitas y monótonas labores de mi trabajo como mesera en una modesta cafetería en el centro histórico de Kussnia, allí pasaba mis horas preparando café barato y panecillos caros para los apurados citadinos y/o platillos especiales y excesivamente caros para los curiosos turistas, a veces la noche parecía tan larga y melancólica que al momento de que llegaba el día, yo ya había perdido el sueño definitivamente pensando en el amanecer y en mis tareas escolares.
Una noche de noviembre le vi venir en un impecable traje negro, llevaba en su mano un pequeño maletín con esquinas de metal y el reflejo de sus ojos grises se apagaba por completo en un misterioso y opaco reflejo rojizo.
Esa noche transcurriría todo aparentemente sin novedad alguna, hasta que, el muchacho del maletín me miró a los ojos y dirigiéndose a mí con esa voz ronca y profunda, me llamó por mi originalísimo nombre de fin de semana (señorita, de apellido disculpe…) me pidió que fuese hacia su mesa. Pensé que seguramente tendría alguna duda sobre el costo de los panecillos o algún precio en el menú, o quizá con cierto tono prepotente me haría devolver el café que minutos antes yo misma le había preparado y entregado personalmente en su mesa, el cual, no había siquiera probado, pero no fue así, de manera amable y tímida me pidió que le indicase dónde estaba el lavamanos y contestando a su peculiar tono y caballerosidad, le indiqué con la mano la puerta del servicio; no pasaría siquiera un minuto cuando con una sonrisa en el rostro, le vi salir complacido y con las manos secas, llevaba consigo el maletín.
Le pregunté que si estaba todo bien y contestó que sí, que solo tenía una duda y ésta fue que si sería posible que mis jefes me permitiesen tomar mi hora de descanso para acompañarle unos instantes mientras terminaba su café. Su inquietud y la manera en la que la expresó me parecieron muy agradables y sobre todo, pese al atrevimiento de su invitación, simpáticas. Así que, con la autorización de mis jefes me acerqué al muchacho y sentada junto a él comenzamos a charlar.
Su trato para conmigo me pareció verdaderamente cordial y caballeroso, la plática se hacía cada vez más amena y sobre todo, el tono amistoso con el que pronto nos familiarizamos, me hizo sentir cómoda y tranquila. Escuché la voz de mi supervisor llamándome por mi nombre, sin darme cuenta había pasado una hora exacta, me disculpé con mi acompañante y antes de irme me pidió que aguardase unos segundos, metió su mano en el maletín, el cual jamás abrió por completo, y sacó una rosa tan roja y bonita como jamás antes vi una igual, me la entregó en la mano y antes de que pudiese decir yo algo, se levantó y caminó hasta la puerta, desde allí me miró antes de cruzar el portal y con una sonrisa larga y delgada brillaron sus ojos. Se fue.
Llegué a casa con la imagen aún fresca en mi cabeza del fantasmal hombre que con tanta educación me había entregado la hermosa flor roja. Miraba el regalo casi sin parpadear pues la perfección con la cual contaban todos y cada uno de sus pétalos me hipnotizaba de forma casi enfermiza, el color verde del tallo era perfecto y vivo, sin una sola mancha que deformase el brillo de su perfección, era extraño en más de una manera, pues no tenía ni una sola espina o indicio que delatase que éstas hubiesen sido cortadas; por otro lado, las únicas dos hojas que aún colgaban de éste no eran más comunes tampoco, pues no tenía, como las rosas ordinarias, cinco hojas por ramita, sino solo era una hoja por rama, una hoja grande y tersa como la piel de los duraznos con pequeñísimas puntas guinda. Pero lo más perfecto era la flor, todos sus pétalos simétricos y rojos como la sangre misma, brillantes como aceitados y casi tornasoles, al abrir un poco el centro se descubrían unos finos y bien colocados pistilos amarillos que casi parecían dorados, jamás vi una cosa similar, era como una rosa sacada de un jardín de un sueño divino con aroma de caramelos. Pero más obsesionada estaba aún, con la presencia del muchacho quien me la había obsequiado.
A partir de entonces, durante un mes, me mantuve más despierta que antes en esas solitarias y frías noches de fin de semana, solo esperando a ver cruzar por esa puerta de vidrio ahumado, al caballero de quien sin darme cuenta, me enamoré desde el primer instante. Pasaron cuatro fines de semana completos y nada supe de su presencia, la rosa que me obsequió aquella noche inexplicablemente seguía tan fresca y hermosa como en la primera noche, incluso, llegué a pensar que con cada día, ésta recobraba vitalidad y belleza.
Por fin, luego de una espera sin recompensa aparente alguna, le vi entrar de nuevo como en el primer día, con ese maletín de esquinas metálicas en su mano y esos ojos grises de brillo opaco. Yo estaba en la cocina, y como si supiera exactamente dónde me encontraba, él giró su cabeza y clavó sus ojos, que ahora parecían más vivos, en los míos. Sonrió y caminó nuevamente hasta esa esquina en la cual con anterioridad se habría sentado.
No lo evité, sonreí y con mi libreta en mano me dirigí hacia dónde el se había sentado, me disculpé por no haber agradecido su obsequio aquella noche y él dijo que no había problema, pues él mismo no lo había permitido al marcharse de manera tan súbita. Luego me preguntó que si esa noche también le acompañaría y unos minutos más tarde ya estaba otra vez sentada junto a él, conversando y sonriéndonos con mutua fascinación.
Se disculpó unos instantes y entró al pequeño cuarto del lavamanos, luego salió una vez más con las manos secas e impecables, jamás se apartaba de su maletín. Debía irse, y con él mi sueño de esa noche… me besó la mano antes de despedirse y como un deyabú le vi abandonar el edificio. Me encaminé nuevamente a la cocina a reiniciar mis labores y cuando metí mi mano en la bolsa de mi mandil sentí un pequeño borde, lo saqué y era un cuadrito de papel cuidadosamente doblado, lo desplegué y vi que era un recado “Nos veremos pronto”, admito que tuve cierta sensación de miedo, pero luego dejó de parecerme desagradable pues creí que alguien más la habría dejado en ese mandil antes de que yo lo cogiese.
Una semana después, cuando estaba en la parada del autobús disponiéndome para ir a la escuela, lo vi pasar en un automóvil cuyos vidrios completamente polarizados apenas me permitieron ver su pálido rostro por algunos segundos, no era él quien conducía, sino que a su lado viajaba un hombre de complexión extremadamente delgada, si bien solo pude verle por escasos segundos, pude percibir en la cara del chofer un rostro espeluznante, sus ojos eran amarillentos y sus cuencas oculares estaban profundas y marcadas, apenas había carne en sus mejillas. Me dio gusto ver a mi admirador aunque fuese por ese corto lapso y no obstante al desagradable aspecto de su compañero.
Entré como de costumbre un poco tarde a la facultad, y me sorprendí cuando sentado en el lobby del edificio estaba justo él, a su lado, como siempre, su maletín negro. Su vista se clavó inmediatamente en mí y se levantó muy suavemente, luego caminó hacia donde yo estaba parada y me saludó con esas impecables manos pálidas. Desde entonces le vi recorrer los pasillos del lugar, iba siempre de un lado a otro, solo, parecía que no tenía un solo amigo, más tarde supe que así era.
Nuestra amistad fue floreciendo y con el paso del tiempo empecé a sentir algo más por él, regularmente se apartaba de mí cuando platicábamos y siempre me miraba a los ojos, jamás lo había notado, por causa de su distancia, pero apenas podía soportar su aliento tan desagradable, era como una especie de, casi imperceptible, hedor de un cadáver en putrefacción y aunque usaba siempre perfume, había un desconcertante aroma que me obligaba a veces a gesticular de manera obvia, el lo notaba y solo se retiraba un poco más de la cuenta.
Su trato para conmigo era de lo más caballeroso, siempre dirigiéndose hacia mí de la forma más amable y correcta posible, todas, y cada una de sus palabras estaban perfectamente bien cuidadas, acentuaciones, tonos, dicción inigualable… su habla era impecable. Sin embargo, algo en él me disgustaba, jamás se lo dije, pero notaba una constante mirada que denotaba en él melancolía y tristeza.
Fui haciéndome de amigos conforme pasaban los días y él, con cada día, más retraído, nuestros encuentros eran en su mayoría durante la mañana o por las noches en el restaurante; a un mes de nuestro encuentro por fin pude notar algunos cambios en esa rosa tan perfecta que él me había obsequiado; uno de sus pétalos de rubí estaba oscuro y caprichosamente arrugado, finalmente parecía marchitarse la belleza de esa hermosa y única flor.
Con el paso del tiempo, mis amigos fueron abriendo poco a poco las puertas de sus vidas y corazones hacia mí, les hablaba cada mañana en la facultad sobre el chico del restaurante, les conté la forma en la que nos conocimos y sobre como nos encontrábamos “casualmente” de manera constante y casi diaria. Se levantaron sospechas y concluyeron que se trataba de un hombre obsesivo, me dijeron que me fuera con cuidado al tratarlo...
Fue creciendo mi desconfianza y aquella seguridad que sentía cuando estaba a su lado desaprecia, no me agradaba aquello por lo que estaba pasando, verdaderamente quería y sentía la necesidad de que todo eso fuese sincero y real. Habían pasado ya nueve meces y la rutina se fue apoderando de nuestra relación, nos hicimos novios una noche bajo el puente junto a mi casa pese a todo.
Me seguía pareciendo extraño el hecho de que jamás se apartase de ese maletín que llevaba siempre consigo y cuidaba con recelo, pero no le pregunté jamás por qué lo traía. A veces lo soñaba mientras en las noches más oscuras sentía sus miradas y su presencia como sombra irrumpiendo en mi habitación. Luego despertaba y observaba como un nuevo pétalo de aquella flor tan perfecta se marchitaba y caía sobre el marco de mi ventana, que era donde le tenía.
Una tarde, a la caída de la noche, él vino a mi casa, el personaje a quien había percibido conduciendo el automóvil aquella mañana de nuestro primer encuentro en la facultad iba de nuevo al volante. Mi novio bajó del vehículo, se acercó a mí y casi sentí que el joven misterioso del que me había enamorado estaba a punto de llorar, pero algo dentro de él evitaba que las lagrimas rodasen como yo esperaba que pasara, necesitaba sentir como sangre en mi corazón esa muestra de humanidad que hasta ahora no había sabido demostrar pese a todas sus atenciones y cuidados para conmigo. La fortaleza de su presencia no radicaba en su seriedad hermética, ni en su mirada paralizarte, o en el escalofriante brío con el que veía fijamente a las personas mientras pasaban por la calle, no, era algo más que jamás pude descifrar sino hasta la noche de los acontecimientos que estoy a punto de narrar: me dijo que temía por mí, por todo el daño que podría causarme su presencia en mi vida y aseguró que pronto descubriría en él ese aspecto monstruoso al cual tanto temía enfrentarme, ya no traía su maletín, sino que llevaba en su mano acostumbrada un pequeño termo como los que se usan para llevar el café. Estuvo a punto de decirme algo más, pero se fue sin decir una sola palabra, solo vi como el automóvil se hacía cada vez más pequeño en el horizonte hasta desaparecer completamente delante de mí.
A aquella persona alegre y sonriente a quien conocí se la comía esta nueva presencia que apenas si me miraba a los ojos, extrañaba aquellos momentos en los que charlábamos durante horas, ahora solo nos remitíamos a sentarnos el uno junto al otro hasta que la noche se apagaba con el brillo diurno del sol y cada quien se retiraba a su casa para encontrarnos luego, puntualmente, a las tres de la tarde recorriendo los pasillos de la facultad de medicina.
A la mañana siguiente de su repentina aparición en mi casa, antes de ir a la escuela tomé la flor ya completamente sin pétalos y con su tallo negro para ponerla en mi mochila y así mostrársela más tarde a mi novio. Mi grupo de compañeros y amigos planearon una reunión en casa de Abraham, el motivo era celebrar su cumpleaños, así fue. Al terminar nuestras labores como estudiantes dentro de la institución, cada quien se preparó para llegar al lugar en el cual se llevaría a cabo la celebración, mis compañeros me pidieron que llevase a mi novio… le insistí tanto, se rehusaba enérgicamente a socializar con ellos o cualquier otro ser humano existente fuera de mí. Me molesté, y no fue sino cuando dedujo mi enojo que finalmente accedió, le pidió a su siniestro chofer que nos llevase a casa de Abraham, llegamos un poco tarde, ojalá no hubiésemos llegado nunca, ojalá no hubiese insistido en llevarle conmigo, ojalá mi suerte fuera otra, ojalá hubiera muerto esa misma noche.
Desde que llegamos, pude sentir las miradas de los asistentes, devorando como fieras enardecidas a mi acompañante quien solo se apartó del grupo y sentándose en un rincón oscuro de la sala de esa pequeña casa me dijo al oído que había olvidado beber la última ración de su “medicamento”, así lo dijo, entrecomillando con sus dedos. Le pedí que no se preocupara y que disfrutase de la ocasión, me sentía contenta de verle allí, pero un poco incomoda cuando vi como en su rostro poco a poco se manifestaba una sombra que comenzaba a dominar las expresiones de su cara. Charlé con mis compañeros hasta el anochecer y casi me olvidé de él; llegó la hora y Abraham debía cortar el pastel, todos caminamos hacia la mesa y de la misma forma hice que nos acompañase mi novio. Diecinueve años cumplió por última vez Abraham…
Escuché un espantoso alarido casi animal y sentí un golpe que con fuerza sobrehumana me arrojaba dentro de la habitación contigua, luego se cerró la puerta mientras yo yacía en el suelo y pude escuchar como ésta era atrancada desde fuera con una silla, un nuevo chillido inhumano se mezcló entre el resto de los gritos, el sonido se arraigó en cada centímetro de mi piel erizándola, como con el chirrido ocasionado con la fricción de las uñas en un pizarrón. Los clamores pudieron escucharse en toda la calle, escuchaba el azote de los muebles que caían todos al suelo en diferentes direcciones, un golpeteo inconstante y enérgico que recorría cada muro, ¡gritos, muchos gritos…! luego una especie de humedad electrizante contaminó el viento seco de agosto, sentía en mi nariz como el aire se contaminaba con ese nauseabundo hedor que distingue a la sangre.
Después de algunos infinitos segundos un silencio abominable invadió la casa por completo, yo estaba escondida ya bajo la cama, llorando como una niña cautiva que solo aguarda el momento en que su secuestrador decida que debe ser la hora de morir, el hediondo aroma de la muerte se colaba por debajo de la puerta y debido al temor que me embargaba entonces, perdí el conocimiento durante no sé cuanto tiempo.
Luego de algunos escalofriantes minutos de soledad y silencio intenté de nuevo abrir la puerta, cedió inmediatamente con el más mínimo empuje y pude entonces apreciar con mis hinchados ojos el desenlace fatídico de ese terrible espectáculo, que antes, mis oídos habían percibido como una monstruosa y repugnante sinfonía de horror, intenté ayudar, pero nadie conservaba en esos cuerpos ni una pequeñísima muestra de vida, recuerdo claramente sus cuellos abiertos y sus miradas vaciadas en la nada. Luego lo vi a él, parado junto a la puerta, su traje negro parecía más oscuro y brillante, su rostro y sus manos pulcras estaban escurriendo aún, se acercó a mí, me besó en la boca con sus labios llenos de sangre y desapareció dejándome sola entre los cadáveres de mis amigos y compañeros, que esparcidos en el comedor y sala, aún mantenían congelados en sus rostros, como fotografías a blanco, negro y rojo, la cara del horror infame.
Estuve sola, aislada incluso mentalmente, durante mucho tiempo… durante poco tiempo, hasta que recuperé lentamente la noción de lo que ocurría; metí la mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón para buscar mi teléfono celular, no lo encontré, pero sentí un pequeño borde, lo saqué y era un cuadrito de papel cuidadosamente doblado, lo desplegué y vi que era un recado… fui hasta donde había dejado mi mochila con motivo de buscar mi teléfono… ¡se congeló mi sangre! ¡dentro vi aquella flor de perfección antinatural, embellecida nuevamente hasta el último detalle con el mismo hechizo infernal que aquél ángel de la muerte dejó en mí! hasta hoy en día…

Texto agregado el 07-08-2010, y leído por 54 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
07-08-2010 Grandioso!!!Se lee de principio a fin con fluidez. Es escalofriante.Imágenes precisas algunas muy bellas otras tétricas, pero todas enlazadas por El Hechizo de la rosa. ¡¡Te felicito!!Mis estrellas y un beso, Ma.Rosa. almalen2005
07-08-2010 Extraordinario relato. Imágenes y contenido impactan. Mis***** para ti. girouette
 
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