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Nada más ver la preciosa muñeca de porcelana que su abuela le regaló, Cindel se enamoró de ella y la llamó Pecosita. Pecosita tenía los ojos azules, las pestañas onduladas, los mofletes colorados y muchas, muchas pecas por toda la cara. A sus padres, por algún motivo que ni ellos mismos acertaban a explicar, no les gustó nada la muñeca y le dijeron a Cindel que no podría llevársela. Pecosita se quedaría en casa de la abuela y cada vez que la visitaran podría jugar de nuevo con ella.

Siempre que iban a la casa de la abuela, lo primero que hacía Cindel era preguntar por su muñeca. Mientras los mayores tomaban café y hablaban de asuntos serios y aburridos, ella se pasaba las horas jugando con Pecosita, quien, según su voluntad, podía ser un bebé al que acunaba, un niño al que le explicaba las lecciones, una amiga a la que contaba sus secretos y mil cosas más. Tan bien se lo pasaba Cindel con su muñeca que el momento de irse se convertía en una auténtica tragedia. Se echaba a llorar desesperadamente y nada ni nadie podían consolarla.

Una tarde que habían ido a ver a la abuela, Cindel no protestó ni lloró a la hora de marcharse. Sus padres se alegraron mucho por ello. Pensaban que la niña ya se estaba haciendo mayor y aceptaba las cosas tal y como eran. Cindel, efectivamente, ya se estaba haciendo mayor, pero no en el sentido en el que ellos imaginaban. Esa misma tarde, cuando nadie la veía, había bajado al garaje y escondido a su muñeca dentro del coche de sus padres. En el trayecto de vuelta a casa, un polizón llamado Pecosita viajaba con ellos. A partir de ese día, Cindel pudo jugar con su muñeca favorita en su propia casa. Únicamente tenía que preocuparse de que sus padres no la descubrieran.

La vida de Cindel transcurría felizmente hasta que un buen día (un mal día habría que decir) comenzó a sentirse mal. Se encontraba débil y cansada. Sus padres se preocuparon al comprobar que tenía mucha fiebre. Cindel dejó de ir al colegio y de salir al parque con sus amigos. Se pasaba el día entero en cama. Cuando su cara y su cuerpo se llenaron de manchitas rojas por todas partes sus padres se dieron cuenta que la niña tenía el sarampión. Al contrario que lo que suele suceder, conforme pasaban los días, su estado de salud, en lugar de mejorar, empeoraba. El médico había dicho que no había ningún tratamiento posible y que la única forma de combatir esa enfermedad era la prevención, para lo que ya era tarde. Sólo cabía esperar.

Un día Cindel se puso muy mala. La niña entró en un estado de aletargamiento durante el cual no paraba de reclamar la presencia de su muñeca. Los padres telefonearon a la abuela para que la llevara lo antes posible. Pasado un rato fue la abuela quien les llamó a ellos para decirles que la muñeca no aparecía por ninguna parte. Había buscado concienzudamente y no había ni rastro de ella. Entonces los padres se pusieron a buscarla por todos sitios, y cuando estaban ya a punto de desistir, encontraron a Pecosita encima del armario del dormitorio de Cindel.

Nada más que le entregaron la muñeca, Cindel empezó a sentirse mejor. Esa misma noche, mientras Cindel dormía, Pecosita, que la quería mucho, fue arrancándole una a una todas las pecas que le había provocado el sarampión. Con cada peca que le quitaba, la niña mejoraba un poco más, pero con cada peca que le quitaba, una peca más se formaba en su propia cara y en su propio cuerpo. Pecosita tenía miedo de terminar ella misma enfermando, pero aún así, no paró hasta que no le hubo quitado todas las pecas a la niña.


A la mañana siguiente, cuando sus padres fueron a verla, Cindel estaba milagrosamente curada. A su lado, Pecosita había dejado de ser una preciosa muñeca blanca con graciosas pecas rojas para convertirse en una preciosa muñeca india con graciosas pecas blancas. Por lo demás, estaba tan sana y hermosa como siempre. A partir de ese día Cindel ya no tuvo que esconder más a Pecosita, ya que sus padres la querían casi casi tanto como ella.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Texto agregado el 24-03-2010, y leído por 184 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
10-04-2010 Por un momento pensé que el final iba a ser medio macabro...pero me sorprendió el tierno desenlace. Saludos! galadrielle
27-03-2010 Un cuento que gusta desde la primera línea. Mezcla ternura, inocencia y fantasía. Buenos ingredientes para deleitar no sólo a los niños, sino también a los grandes. Felicidades amigo, un gusto pasar por estos lares. FULANA
26-03-2010 Un cuento muy tierno. Sorprende el momento en que Pecosita muestra que esta "viva". Es un relato que puede ser la delicia de cualquier hijo o sobrino pequeño. Esta faceta tuya tan tierna no te la conocìa.... tigrilla
26-03-2010 Un buen relato. La pregunta es si los padres quisieron a la muñeca cuando se volvió india... tendríamos acá un caso de discriminación racial... interesante... ***** susana-del-rosal
 
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