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Inicio / Cuenteros Locales / cooo / Crónicas de un Verdadero Macho - Parte 1

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Amanecí en un estado físico, moral y psicológico deprimente, con un notable porcentaje de alcohol circulando todavía por mis venas. Un ligero e inoportuno rayo de Sol que se filtraba entre las persianas rotas me lamía la frente como si me recriminara en el rostro mi irresponsabilidad por seguir acostado en la cama sin ninguna carga moral. Deben ser las dos de la tarde y supongo que aún sigue siendo sábado, pensé sin voltear a ver el reloj de mi buró. En mi cabeza algunas neuronas despiadadas taladraban mi cerebro. La recamara daba vueltas. No acostumbro a embriagarme habitualmente pero cuando lo hago suelo ingerir alcohol en cantidades astronómicas y el resultado es un coma etílico de dos días. Maldita sea, este fin de semana no seré más que una rancia y olorosa jerga incapacitada para reconciliarme sanamente con Alexa. Me rasqué el cachete izquierdo y por un momento experimenté una sensación de asfixia, como si alguien detrás de un muñeco vudú quisiera exprimir mi cuello pero sin la intención de liquidarme. Tosí y me revolqué por la cama como generalmente lo hacen los enfermos de aquellas infecciones extremas donde lo único que no se expulsa al toser son las uñas encarnadas. Los espasmos en mi laringe cesaron y pude respirar con cierta dificultad. Supongo que en mi frenesí tequliero y poseído por alguna pasión irracional provocada por los excesos debí haber fumado algo parecido a corteza de ahuehuete. Mis labios sabían a cartón. Estúpido aparato respiratorio. Era conveniente abrir la ventana y comenzar el lento proceso de desintoxicación. Con dificultad me incorporé de la cama y un fuerte dolor en el plexo solar me hizo regresar. Algo no está bien. Abrí los ojos y me pareció extraño que sólo uno de los dos párpados que tengo se hubiera levantado. Me moví a la derecha sin importar la molesta sensación en el torso y estiré la mano para coger el pequeño espejo de madera que estaba en el buró. Regresé a la cama y examiné mi rostro. Lo que vi me alarmó. Tenía un aspecto carcelario, no había tocado el rastrillo en más de una semana, una materia verde y pegajosa asomaba debajo de mi bigote y un pedazo de carne color morado invadía el espacio donde se suponía debía encontrar un ojo humano con pestañas comunes. Parecía que alguien había utilizado los puños vilmente contra mí y no podía recordar quién. Palpé con los dedos la gravedad de la hinchazón en el párpado y supuse que necesitaría un parche. Ahora luciría como una jerga pirata. Abrí el ojo que aun me servía y de inmediato me reconocí indispuesto para ir a mear. La vejiga comenzaba a impacientarse y mi cerebro envió una señal al estomago y éste respondió con un sonido rancio y desagradable: tenía un hambre canina y necesitaba comer excesivamente. El dolor de cabeza era fulminante. Bostecé contundentemente y percibí en mi boca un olor similar al de heces de castor y noté, espejo en mano, primero con cierto escepticismo y luego con pánico, que a mi dentadura le faltaba un irremplazable diente blanco. ¿Pero qué hice ayer? Pasaría el resto de mi vida con suma estrechez y miseria a causa del negro espacio que desentonaba con la blancura de mi sonrisa. Lloré por la inexplicable pérdida de mi incisivo y de mis ojos salieron dos lagrimas diferentes. Por un lado, una límpida gota como la de cualquier humano con la capacidad de llorar y por el otro, un lagrimón rojo con sangre que provocó un ardor inquisidor en la cavidad maltrecha de mi ojo. Mi situación era decadente y tenía que acudir a alguien. Pensé hablarle a mi mujer y reconciliarme con ella, pero después del incidente vulgar y vergonzoso, con alguno u otro escupitajo, que le hice pasar enfrente de sus padres hace tres días, lo más apropiado era mantener una sana distancia, aunque eso implicara que tendría que ser yo el que preparara el desayuno y remediara mis dolencias físicas, detalle inconveniente en estos momentos. Fue en aquel instante, con hambre, golpeado, adolorido, apunto de orinarme, chimuelo y postrado en mi cama como almohada, que reflexioné por primera vez en lo mucho que necesito en mi vida a Alexa. Realmente la amaba. Después de meditar las posibles consecuencias de entablar una conversación con ella decidí que lo mejor era hablarle. Necesitaba verla y decírselo, pero antes necesitaba bañarme. Caminé con dificultad hacia la regadera y en el suelo encontré la ropa que había vestido ayer: una camisa blanca con residuos sustanciosos de vomito rojo y mis pantalones favoritos, doblados a la altura de las pantorrillas. Lo que más llamó mi atención de aquella imagen fueron las huellas de algo que parecía y olía a estiércol que rodeaban la bolsa del pantalón. Le tiré una patada ¿Acaso es posible que en pleno furor haya perdido el control del esfínter? Vaya festín. Entré al baño sin mucha destreza. Me duché largamente y tallé arduamente cada uno de los orificios naturales de mi cuerpo. Mientras el agua caliente caía sobre mí, traté de recordar lo que había hecho ayer, pero aún era pronto para pensar. La jodida cabeza seguía masacrándome. Tomé la pastilla de jabón y la lancé violentamente contra el azulejo de la regadera. Rebotó en mi pie, causándome una hinchazón en dos dedos. Puto día de mierda Si alguna vez existieron estos sujetos, maldigo entonces a Juno y a Venus.

Texto agregado el 15-01-2010, y leído por 114 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
15-01-2010 tremendo buriagadales! es que el mexicano es borracho impenitente y penitente tambié, en suma no sabe tomar, bebe por rencor no por gusto, son briagadales los jodios, de mal tomar eh? marxtuein
 
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