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-¿Habla la señora Inocencia?
-Claro que sí, señor. ¿De qué se trata?
-Le habla el Comandante Hurtado, su hijo Álvaro está detenido en mi comandancia como coautor en el rapto de un menor de edad. Fue hallado con un grupo de amigos en una cevichería del Callao. El necesita un abogado. ¿Quién correrá con los gastos de su defensa?.
-Mi Comandante, yo me encuentro viviendo en New York desde hace 10 años. Mi hijo es un estudiante universitario y no un delincuente. ¿No lo habrán confundido con otro chico?.
-No, señora. ¿Acaso él no vive en la calle Mirones 145, en el Callao?.
-Si, esa es mi casa. Siendo así, hoy mismo le contrato un abogado. Gracias por su llamada.
Veamos qué pasó en la mente de Inocencia cuando decidió irse del país dejando a sus cuatro hijos solos por tanto tiempo.
Desde que ella partió, un día después del año nuevo del dos mil, sus hijos aún estaban chiquitines, recién empezando el colegio. La idea germinó cuando se hizo el firme propósito que los chicos no fueran, ni por asomo, el fiel reflejo de lo que ella había sido. A duras penas llegó a terminar el tercer nivel de la secundaria. Su destino quedó truncado cuando dio su mal paso al cumplir los dieciséis. De ahí en adelante su vida siguió el camino de una interminable cadena de tropiezos.
Su familia se mal acostumbró a verla embarazaba cada año. Ni ella misma se explicaba cómo terminó por llenarse de tantos hijos, siendo todavía una adolescente. Muy a su pesar, su precoz maternidad se convirtió en la barrera que le impidió culminar sus estudios de colegio. Su escaso nivel cultural, su inexperiencia y la debilidad de su carácter, la hizo dependiente del hombre que, por desgracia, se atravesó en su camino.
Conforme sus hijos crecían ella daba la cara a la realidad y retaba al mundo para sobrevivir. Cuando se le presentó la oportunidad de tener un trabajito encargó sus hijos a su vecina, la Mechita, todavía soltera, que con gusto se prestaba a cuidarlos, mientras ella vendía frutas en el mercado. En medio de su estrecha vida, una noche de media luna le sobrevino una idea que se convirtió en su más loca obsesión, como era viajar a Norteamérica. Era la única forma de darle un giro completo a su vida miserable. Así lo hizo. Tomó su costalillo de ropa y se marchó con un dolor atravesado en el corazón.
-Tendré que superar el dolor de la distancia. Tengo que sacrificar algo para poder asegurar el porvenir de mis hijos. Todo tiene un precio y el mío será desprenderme de ellos. Esto pasará y pronto, muy pronto, regresaré a casa.
Los años pasaron volando y las circunstancias cambiaron. Ellos crecieron, se hicieron adolescentes; los menores estaban a punto de terminar el colegio y pronto tendrían que definir su futuro. El sueño de Inocencia era que todos culminaran una carrera universitaria.
Claro que con el transcurso de los años logró juntar el dinero, pero, en el camino se le presentaron muchos inconvenientes que la obligaron a quedarse en el país de la abundancia.
A la distancia, no dejaba de preocupar si los chicos seguían la línea de conducta que ella les había inculcado y si respondían con buenas calificaciones ante las escuelas privadas que ella, gustosa, solventaba. La comunicación con ellos se limitaba al teléfono y al correo electrónico. El tiempo no pasaba en vano. Ganaba dinero para darles un relativo confort económico pero, con el transcurso de cada día, se perdía de compartir las vivencias con estos simpáticos jovencitos.
Inocencia estaba ajena de todo lo que acontecía en la vida de cada uno de ellos. A falta del control materno y paterno -el padre se había dedicado a robar autos y estaba en prisión-, ellos crecían por cuenta propia, siguiendo el dictado de sus propios instintos. Sólo contaban con la visita diaria de su tía Jacinta para que los orientara, dentro de sus limitaciones, que eran muchas. En alguna forma, eso le daba tranquilidad a Inocencia y sentía que en la casa había un respeto por ser su hermana mayor.
Ella se encontraba sumida en estas reflexiones cuando inesperadamente tuvo conocimiento de lo que acontecía en Lima, después que terminó de hablar con el oficial de policía. A sus ya complejos problemas se le vino a sumar el dolor de cabeza que le estaba ocasionando su hijo mayor. En el fondo de su ser, albergaba la esperanza que Adriano saliese airoso de este incidente y que pronto continuaría con sus estudios de computación.
Mientras tanto, el abogado hacía lo posible para alegar ante el juez la inocencia de Adrianito, mediante su matricula de estudios y su constancia de buena conducta. Sin embargo, las pruebas que el juez tenía sobre su escritorio pesaban como un ladrillo caliente. Todo apuntaba a la gran responsabilidad penal que pesaba sobre Adrianito.
Sus amigos, al prestar sus declaraciones, lo habían comprometido; dijeron que él también había participado en el secuestro. Presentaron un video en donde Aldrianito amarraba al secuestrado a una silla prodigándole una sarta de groserías que no se pueden repetir.
A pesar de las buenas gestiones del abogado, nada lo salvó de ir a prisión. Ese mismo día ingresó por la puerta grande del penal de Piedras Gordas, ubicado en el balneario de Ancón, a un par de horas de la capital. En este lugar están recluidos los más avezados delincuentes que vienen de Lima y de todos los rincones del Perú.
Cuando posteriormente Inocencia se enteró por el abogado que su hijo estaba en prisión, se sumergió en una depresión que la tumbó en la cama todo el fin de semana. Se le habían terminado las fuerzas de seguir luchando.
-Mi hijo esta hecho un delincuente, -reflexionaba con amargura- mientras que yo trabajo como un animal de carga. !Dios mío, qué injusta es la vida conmigo!. Trabajar y trabajar para nada.
Cuando llegó el lunes, reaccionó pensando que no tenía tiempo ni para guardar penas. No podía decaer, pues en este país, cada día tenía un precio. Tuvo que sacar fortalezas para seguir con su rutina de trabajo, de lo contrario corría el riesgo de perderlo.
Se puso a pensar en cómo estaba llevando su vida.
Era muy sacrificada. Salía de su casa a las siete de la mañana, almorzaba afuera regresando agotada, a la media noche. Su vida estaba íntegramente dedicada a trabajar limpiando oficinas, repartiendo volantes o cocinando en restaurantes. Cada fin de mes se iba a toda prisa a la agencia de envíos para mandar el giro de trescientos dólares para sus hijos.
Ellos estaban acostumbrados a recibir esta suma con la mayor tranquilidad. Adrianito, como hijo mayor, se encargaba de distribuir los gastos de la casa, de dar una propina a sus demás hermanos y el resto se lo metía en el bolsillo. Nunca hizo el menor esfuerzo por buscar un trabajo.
Cuando cierto día en que su tía Jacinta advirtió que su sobrino tenía muchas horas que podría emplearlas en algo provechoso, le amonestó
-Alvarito, tienes ya veinticuatro años, es hora que busques trabajo y pagues tus propios gastos, no puedes apoyarte en lo que tu madre te manda.
-tía tu no eres mi madre, yo puedo hacer lo que me dé la gana con ese dinero. Ah, y por cierto, no te necesitamos, de modo que ya no vengas por aquí. Eres una chismosa y una entrometida.
Desde ese día los chicos quedaron a su suerte por completo. La situación familiar se agravó más de lo que estaba. Imperó un absoluto descontrol. En ese tiempo fue que Adriano aprovechó para imitar la conducta descarrilada de sus amigos, quienes estaban ya involucrados en crímenes de alta gravedad, como los robos, secuestros, estafas.
Una tarde del domingo en que Inocencia caminaba cabizbaja, pensando en los problemas que tenía que afrontar, en especial el de Adrianito, se encontró con una antigua amiga que le había brindado su valiosa ayuda cuando recién llegó a ese país.
-!Inocencia, cuánto tiempo sin verte!. Pensaba en ti, y justo el destino te pone en mi camino.
-Federica, sigues buenamoza como siempre. A mí también me alegra verte. Si no tienes otra cosa que hacer, charlemos. Entremos a un Starbucks.
Alejadas del bullicio de las grandes avenidas neoyorquinas, Inocencia tenía toda la tranquilidad para desfogar el nudo que la intranquilizaba. Charlar le haría bien. Luego que le contó a su amiga, con lujo de detalles, la crítica situación en que sus hijos se encontraban, Federica le tomó de la mano para decirle con toda suavidad.
-Hay, Inocencia, Inocencia, yo no soy nadie para reprocharte nada, pero vamos a ver cuál es el resultado de haberte venido a este país. Por un lado, has sacrificado tu vida, tu juventud para dedicarte a trabajar sin tregua. Tus hijos se han beneficiado con el dinero que enviabas. Pero la pregunta es ¿hasta qué punto ha sido bueno que los dejaras tan tiernos, librados a su suerte?. ¿has logrado tus metas?
-Son diez años en que me olvidé de vivir y no me importó porque en el fondo me regocijaba que mis hijos estuviesen bien. En efecto, nada les ha faltado.
-Ahí es donde te equivocas, Inocencia. El gran apoyo económico ha sido fundamental, no se puede negar, pero queda claro que les ha faltado tu presencia. Has dejado pasar mucho tiempo privándoles de tu calor de madre. Ahora están grandes, podría ser que ya no te necesiten tanto como en la época en que los dejaste. Se han sentido dueños de una libertad sin límites, y eso no ha sido nada beneficioso para ellos.
En pocas palabras, han crecido sin brújula. No pueden valorar tu sacrificio porque no te sienten cerca. Ya tienes a uno que está en la cárcel. De muestra un botón. No esperes que los demás sigan el mismo camino.
-Veo que todo ha sido en vano. Hasta los huesos me crujen de todo el trabajo que vengo realizando durante años, sin gozar de vacaciones.
-Ya has hecho lo que tenías que hacer. No te lamentes más sino entrarás en una depresión que no te dejará tranquila. Lo principal es que reacciones y tomes decisiones que orienten tu vida.
-¿Qué podría hacer, Federica?
-Te aconsejo que primero reflexiones contigo misma y luego hablamos cuando estés más tranquila, si?.
Después que se despidió de Federica, ella se sintió más liberada. Indudablemente, hablar con su amiga le había hecho tan bien, que se sentía como recién salida de un sesión de masajes.
Inocencia pisó el suelo patrio después de diez años. Ninguno de sus hijos la recibió en el aeropuerto. La única persona que lo hizo fue su fiel amiga, La Mechita, quien lucía un semblante juvenil, diferente al que tenía cuando la dejó.
-Te presento a mi esposo y a mis dos hijos, Piero y Perlita.
-Vamos, qué sorpresa. Pensé que te quedarías solterona toda la vida, pero qué grato saber que te casaste.
-Como ves, no he perdido tiempo. Encontré a la pareja ideal. Pese a las privaciones que pasamos y que todavía tenemos, -ya te contaré todo en estos días-, estamos juntos, retando a la pobreza. A diario la enfrentamos pero no dejamos que nos amargue la vida.
-Te felicito, tienes una linda familia
Se dirigió a su casa con la firme convicción que todo cambiaría con su presencia.
Al entrar por el umbral de su casa, los chicos la recibieron con un abrazo que le hizo recordar los tiempos cuando los obligaba a realizar los deberes hogareños y que cumplían desganados, sintiendo el peso de la obligación.
Aquel frío recibimiento fue suficiente para saber lo que era su realidad y tenía que enfrentarla dando la cara. Inevitablemente, comparó su hogar con el de Mechita. Sacó en limpio que la distancia relaja los sentimientos; se convierte en un dique inmenso que irremediablemente separa a las personas más entrañables. Muchas veces resulta mejor enfrentar la perturbadora sombra de la pobreza, en el lugar donde está la familia, que cruzar océanos para sentir que somos los grandes salvadores del destino familiar.
Se dio cuenta que había llegado tarde. Sus hijos se fueron al mes de su llegada, pues no toleraban sentirse controlados. El goce de una libertad irrestricta tuvo mayor peso que la costumbre conservadora que Inocencia trató de hacer prevalecer, contra viento y marea.
Comprendió que no tenía sentido seguir luchando por algo que se había desvanecido con el paso de los años.Tuvo el consuelo de visitar todas las tardes a su amiga, la Mechita, para no morirse de pena y olvidarse que algún día ella también tuvo un hogar.
A pesar de todo., Inocencia estaba en su tierra. Fue un consuelo para ella, escuchar en ese instante de pena, la canción que decía, Todos vuelven a la tierra en que nacieron.

Texto agregado el 23-12-2009, y leído por 269 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
25-01-2010 Que tal texto!!! Bellísimo dentro de la tristeza que encierra... Atrapa. Felicidades. Un abrazo CARLOSALFONSO
14-01-2010 Triste. Nadie nos enseña a ser padres y contrario al colegio, no hay segundas oportunidades. Desgraciadamente actuar de buen corazón no basta. Quizás, la justicia divina sea quien termine poniendo a cada quien en su lugar. Saludos. Azel
10-01-2010 Recoges una vivencia tan común en la gente que emigra, que se puede ir adelante de la forma muy tuya de tejerla. Tu trato literario es abierto y la belleza reside en lo completas que son tus exposiciones. Te felicito. peco
07-01-2010 Rosario.... la reflecciòn que queda de leer tu historia, es muy valiosa. Se que muchos se reirìan de escuchar algo asì, pero creo que un hogar, en donde se comparte la pobreza, junto con el cariño, los buenos ejemplos y el trabajo honrado, es un tesoro para ofrecer a los hijos... Te felicito. Faluu
03-01-2010 Qué decir de tu texto, recrea la dura realidad latinoamericana y el destino ingrato de quienes luchan sin más apoyo que su propio esfuerzo, tras el cual, como en el caso de esta historia, nos damos cuenta que más que el bienestar material, es el amor lo primero que cuenta. Bien escrito. quilapan
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