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El día siguiente a las elecciones que trajeron por segunda (y esperemos que no última) vez la república a España, el almirante Aznar, a la sazón jefe de gobierno, pronunció esta celebre frase: "¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?”. Quizá no sea yo tan incoherente en materia política como el pueblo español, pero poco me falta. Y, lo que es peor: mis opiniones se ven influidas decisivamente por mi estado de ánimo. Veamos:

Cuando, por cualquier motivo, estoy de buen humor, mi confianza en el ser humano se dispara. Entonces soy capaz de suscribir todos los tópicos de la sociedad bien pensante. Desde que el hombre es bueno por naturaleza a que todos los hombres somos hermanos. Desde que el amor es ciego a que el amor es el motor que mueve el mundo. Desde que “habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad” (Labordeta dixit) a que “mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor” (Allende dixit). Y siento que “nada humano me es ajeno” (Terencio dixit), que soy una gota más en el gran río de la vida y una hoja más en el gran árbol de la Humanidad. En consonancia con ello, abogo por la existencia de un solo gobierno para todos los hombres y mujeres del planeta, sin distingos de razas ni de religiones. Un gobierno único, reflejo de la unicidad esencial del ser humano.

Pero no todos los días son así. Hay días en los que “la resaca de todo lo sufrido se empoza en el alma” (Cesar Vallejo dixit). Entonces me siento un incomprendido, una “rara avis”, un lobo estepario. Siento que no tengo nada que ver con nadie. Que nadie tiene nada que ver con nadie, en realidad. Que cada uno va a la suya. Que no existe el bien común, sino sólo intereses particulares enfrentados. Que el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes dixit). En consonancia con ello, me siento más anarquista que Bakunin, considero que nadie tiene autoridad para decirme cómo he de comportarme y hago mío el lema “ni Dios ni patria amo”.

Así pues, mis opiniones oscilan entre el “uno para todos y todos para uno” de Alejandro Dumas y el “a quien Dios se la de San Pedro se la bendiga” del refranero español. Pero, por lo que nunca me ha dado es por el nacionalismo. Si un día me veis defender a mi país por encima de cualquier otro, o me veis alegrarme porque no haya ningún español entre las víctimas de un atentado, sin preguntar siquiera por el número de ellas, si han sido dos o doscientas, no lo dudéis y avisad al médico de urgencia: algo grave me estará ocurriendo.

Texto agregado el 11-12-2009, y leído por 139 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
08-01-2010 Estados anímicos de un ciudadano del mundo. Sin dudas. Un abrazo. fulana
07-01-2010 cuanto mas leo tu texto mas patetico me pareces como persona.que lastima me das ALMAGUERRERA1
04-01-2010 Jamas deberias generalizar sobre el pueblo español. Te lo dice una española ALMAGUERRERA1
13-12-2009 Como todas tus reflexiones Sespir, èsta me resulta muy agradable de leer. Creo que la idea que expones fàcilmente hace eco en tus lectores, ¿quièn no se deja influenciar por el estado anìmico para preferir o rechazar ciertas cosas. Intercalar las frases cèlebres me pareciò genial. Un excelente escrito tigrilla
 
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