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A Adriana73: Con todo el amor que una hija adoptiva puede dar a la madre que siempre está, que nunca se cansa, que siempre presta amor, aquella madre que en la distancia sin conocer ama y en sus oraciones está la hija adoptada que también le recuerda cuando le habla al Señor.

-Se va, el reloj no deja de caminar y los mejores años se pierden en soledad, en medio de un camino sojuzgado e indeciso, el cuidador necesita que le cuiden hoy...-

Marcela vió nacer a tres de sus cuatro sobrinos, después del tercero la vida se le complicó, había cuidado de sus hermanas después de todos los partos que vió y en donde la mala mano de los médicos en las cesáreas casi mata a las madres y a sus bebés, sabía de todos los cuidados a los recién nacidos y conocía los historiales médicos de cada uno, el segundo fue el mas difícil de todos, nacido a los siete meses con una alergia a casi todo y con un asma terrible, el niño pasaba mas horas en el hospital con un respirador que en casa, cuando el mejoró y lo llevaron a la guardería de maternidad, para Marcela empezó la decadencia que no pararía hasta lograr su objetivo, la medicación que le mantenía sobria y sensata ya no estaba haciendo efecto, el dinero faltaba cada vez mas y la madre lloraba y suplicaba al cielo piedad para su hija, entonces el padre cayó en cama y Marcela tuvo que olvidar su propia enfermedad, pasar días y noches en un hospital, con el alma en un hilo al pendiente del monitor de frecuencia cardiaca, con el padre demente totalmente y agresivo a ratos, entre hedores de pañales de los demás pacientes y muchas limitaciones, dos meses dolorosos, angustiantes y cansados pasó Marcela al lado de la cama de su padre, muchos médicos dijeron que no sobreviviría y que era cuestión de horas, pero el padre salió lozano casi en su totalidad, reconociendo personas y siendo totalmente cuerdo y coherente, lo llevó a casa en donde el calvario de Marcela comenzó, sin embargo, a ella no le importaba, amaba a su padre aún a pesar de su mala relación, preocupada por la salud de la madre, Marcela convino a bien hacerse cargo del cuidado del enfermo y empeñó todo su tiempo en eso, la madre se ocupaba de bañarlo y alimentarlo pero cada 3 horas Marcela daba la medicación y checaba la tensión arterial como lo habían dictaminado los médicos, se dormía tarde y se levantaba muy temprano, por espacio de 4 años fue el pan de cada de día de la joven soltera que se envejecía con el correr de los días, que se quedaba mas sola y enferma en su propia angustia y desamor, sí, algunas veces salía a visitar a alguna amiga pero volvía rápido porque en la mente siempre estaba la salud del padre.

Poco después de cumplir los treinta y uno, Marcela vió nacer al cuarto sobrino, ya desde el seno materno daba indicios de inquieto y demostraba emoción al escuchar la voz del abuelo enfermo, para cuando nació, en medio de un naciente instinto maternal, Marcela le vió por primera vez a lo lejos y se enamoró del pequeño gordito, con sus ojos negros y su piel llena de vello, con esas mejillas como dos manzanas rojas y redondas y esas manos que como lo dijera ella, denotaban un futuro hombre grande; pero para Marcela no había maternidad que no fuera la de sus hermanas, así que enjuagaba sus lágrimas para que no las notaran y escondía sus oraciones llenas de súplicas al Padre celestial, la chica poco confiaba, no amaba a nadie, nadie la amaba tampoco, aquellos a quienes había amado abusaron de ese amor siempre y después la abandonaron, Marcela echaba llave a la habitación y se miraba al espejo, las lagrimas caían sobre sus pálidas mejillas, sus ojos exhibian la cruel soledad, la angustia, la añoranza, el desamor; entonces se golpeaba con fuerza el rostro, enterraba las uñas en sus piernas o mordisqueaba sus manos, deseaba que le doliera mas el cuerpo que el alma y algunas veces clavaba navajas y dibujaba sobre la piel senderos, pero en cuanto a sus deberes de cuidadora, se presentaba puntual como una enfermera, se tapaba los brazos y usaba pantalones, siempre trataba de no dejar huellas en la cara o cuello, de las manos decía se cortaba al picar la cebolla o cualquiera otra verdura, pero los muros de sus aposentos eran fieles testigos de su desdicha, para Marcela no había tiempos de amores ni para bien ni para mal, siempre había alguien a quien cuidar.

Cuando Marcela no se levantó esa mañana nadie notó su falta, pensaron que estaba cansada o que era otro de esos días en que quería llamar la atención, así que nadie subió a su habitación en su búsqueda, pasaron las horas y a las seis de la tarde su madre la llamó, pero ella dijo que estaba cansada y volvió a acurrucarse en su cama y envolviéndose con los cobertores mas gruesos se quedó dormida, no estaba enferma del cuerpo, sino del alma, Marcela necesitaba un cuidador, estaba cansada pero nadie entendía que hasta al mejor cuidador le hace falta a veces que lo cuiden, pero ni a aquellas que cuidó durante el reposo después de la cesárea, ni a aquel a quien siempre tenía presente con la medicación, ni siquiera la madre que siempre estaba pendiente de todos, notaron que a Marcela se le habían pasado los años y a su vida no había podido llegar nadie, que los mejores años los había dejado entre hospitales y medicaciones ajenas, que incluso cambió sus medicinas por los deberes, que abandonó terapia psiquiátrica, antidepresivos, antisicóticos, estabilizadores, inductores de sueño y ansiolíticos por dedicar y dar amor en sus servicios filantrópicos, nadie notó que Marcela alguna vez quiso ser madre y ahora era demasiado tarde, nadie notó que se estaba recostando para esperar la muerte sin importarle cómo llegara, siendo aún muy jóven por dentro era una anciana que clamaba piedad al cielo y al final, Marcela desfallecida se entregó a los brazos del deceso, mas por necesidad que por convicción y en su acta de defunción, el médico no pudo mas que anotar en:

Causa de la muerte:Síndrome del cuidador

Texto agregado el 12-11-2009, y leído por 243 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-11-2009 Gracias por dedicarme este cuento. Hacia mucho que no entraba. Nunca me voy a cansar, sabes que aca estoy, siempre. Marcela murió a esa vida , egoista a veces , que los demás le daban. Pero ahora estoy segura esta naciendo a una vida donde ella ocupa el 1º lugar para si misma y los demás. Te quiero mucho mi niña. adriana73
12-11-2009 De una dureza tan real pero de que forma tan bella lo has contado.***** huellys
 
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