Mi piel es nívea, de un blanco deslumbrante, irreal bajo la luz, y sin una sola arruga que me confiera algún rasgo de humanidad en el gesto. Mis ojos son transparentes, aunque no tanto como para no distinguir un brillo casual, azulado, bordeando la pupila, dilatada siempre en este ambiente de contornos ennegrecidos. Tengo el aspecto pues de los inmortales, de los elegidos de un mundo en detrimento. Una condena nocturna para los hombres. Un ángel volador que se aferra a sus presas con la desesperación animal del hambriento fugaz. Una perra rabiosa bajo el imperativo de la sangre. Sencillamente una mujer muerta capaz de sembrar el caos en ese absurdo estado de vigilia por el que deambulan muchos, pobres figuras atolondradas.
Mucho se ha hablado ya acerca de nosotros. Cientos de páginas amanecieron antes en un intento por dilucidar la naturaleza y el alcance de esta estirpe amoral, brutal como un descuartizamiento. Poco puedo añadir entonces a la sed discontinua y al dolor de la soledad eterna bajo los soportales en alguna plaza. Poco puedo cambiar, créelo, la imagen que sembramos hace siglos a base de un goteo rojo en la comisura de los labios después del beso último.
Pero, verás. Quiero que entiendas que si corrompí el descanso de muchos, posiblemente incluso si te envilecí a ti mismo, no fue únicamente por saciar mi instinto bárbaro, sino también por aplacar un tanto este aburrimiento enfermizo que me azota hace tiempo. Una apatía sin precedentes que me transforma en una puta, una obscena sucia, o una virgen extraviada cuando, apoyada en el puente y sola, veo un cuerpo blando, sudoroso de orgías, venir hasta mí. Sufro la metamorfosis más deslumbrante con tal de escapar a una rutina atroz que me taladra hasta entumecerme. Maquino entre bastidores el preámbulo que me habrá de colmar una noche; una más dentro de las muchas que aún soportaré sometida a mi propio reflejo insípido bajo las ropas afelpadas. Callo y extiendo mi mirada traslúcida sobre los hombres para disimular el paso de las estaciones y de los años.
Entiende, que la sangre es mi carga y la desidia mi perdición.
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