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¡¡Llamas a mí!! (Johnny Storm. Integrante de los Cuatro Fantásticos)

Lo primero que vio al abrir los ojos fue la figura del portero que lo invitaba a retirarse de las escalinatas del edificio municipal porque era la hora de abrir.
Atilio se despertó y se puso de pie con cierta dificultad, todavía le duraba la borrachera, tomo sus bolsos y comenzó a caminar. Era una mañana soleada y un día muy especial para el.
El vino barato de la noche anterior le había dejado como recuerdo un fuerte dolor de cabeza, señal de que su hígado comenzaba a deteriorarse por el incesante consumo de alcohol de mala calidad al que era sometido. Pero eso no le importaba, esperaría un poco a que pasara el dolor y por la noche volvería a beber. Tenía un buen motivo para hacerlo. Le tomó toda la mañana y parte de la tarde llegar hasta el campito. Recorrió un largo camino desde la municipalidad de San Isidro hasta la Panamericana. En el trayecto compró un cartón de "Termidor Blanco" con unos pesos que había ganado haciendo unas changas.
El campito era una calle que moría en la alambrada de una fábrica de ataúdes que la cortaba. Una calle ciega mitad de tierra mitad de asfalto que no tenía veredas. A los flancos había otras dos fábricas que la encajonaban convirtiéndola en lo que era: Un lugar ideal para improvisar una canchita de futbol donde jugaban los chicos del barrio. Al costado de la misma, esos mismos chicos, habían levantado una casilla con tablones que sacaban furtivamente de la maderera y cajas de cartón que tomaban de la otra fábrica vecina. En esta casilla imaginaban ellos el vestuario de los jugadores y un lugar para reunirse a tomar una gaseosa después del partido. Pero lo que ellos no sabían era que, de vez en cuando por las noches, la casilla tenía un visitante que la utilizaba para pernoctar: El ciruja Atilio.
Esa tarde el lugar estaba vacío porque los chicos habían ido a jugar un partido en condición de visitantes, de todos modos esperó a que se hiciera la noche para adentrarse en el lugar. Sabía muy bien que no debía acercarse durante el día porque eso podía traerle problemas. Si algún padre o algún adulto descubría que la casilla era utilizada por un ciruja para dormir, la destruirían inmediatamente y no quería que eso pasara, las autoridades no eran muy amigables con los linyeras por aquellos años, por eso se quedaría dando vueltas por ahí hasta que llegara la noche, una noche muy especial.
Fue una tarde afortunada para los chicos. Se habían concentrado mucho para el partido aquel. El rival, era un equipo muy difícil al que jamás habían vencido. Pero finalmente les llegó su tarde de gloria. Fue por pocos goles. Tres contra dos, pero para ellos era mas que suficiente. El equipo contrario, conformado en su mayoría por chicos más grandes que ellos, no recibió con agrado aquella derrota primeriza. Su líder, el gordo Julio, que era un tipo muy prepotente y pendenciero, inmediatamente después de la derrota les pidió la revancha. Pero la respuesta, elaborada con mucha antelación por los chicos, en caso de ganar fue demoledora: ¡NO! Rotundamente no. Hacía mucho tiempo que lo tenían planificado. Una vez ganado el partido no jugarían más contra el equipo del Gordo Julio. Durante mucho tiempo tuvieron que morder el polvo de la derrota y soportar las cargadas de su líder que, no conforme con ganar, necesitaba además, humillar al contrario. Rebajarlo. Pero todo tiene un final. Los chicos lo habían vencido y para colmo, en su propio terreno. Y ahora venía lo mejor. El desesperado pedido de revancha de los bravucones y la negativa de los vencedores. De carácter perentorio e irrevocable. ¡¡Que se queden calientes!! El gordo Julio y todos sus amigos.
- Chau nos vamos.
Cuando se disponían a retirarse para festejar entre ellos la victoria el gordo y sus amigos les cerraron el paso. No los dejarían salir si no se comprometían a jugar la revancha. Los chicos se quedaron quietos. A los golpes sabían que llevaban las de perder. Eran más grandes que ellos, y más dañinos también. Pero esa tarde los planetas se habían alineado a su favor y cuando todo parecía conducirlos a un cambio de opinión forzado por las circunstancias llegó la estanciera del panadero. Al ver al padre de uno de los chicos, al gordo y los suyos, no les quedó mas remedio que abrirse y dejarlos pasar. Los chicos subieron a la estanciera y estallaron los canticos ante la mirada impotente del gordo, una mirada que prometía venganza al ver como los chicos se alejaban festejando una victoria que no olvidarían por mucho tiempo. Caía la tarde.
Llegada la noche, en la fábrica de ataúdes lindera a la canchita, había una zanja bastante ancha y profunda que los chicos llamaban el arroyo. En ella se reproducían en gran cantidad sapos moscas y en verano, mosquitos. También era el lugar donde iban a parar las pelotas que salían desviadas y las necesidades fisiológicas de sus moradores. A la vera de la zanja se hallaba Atilio junto a un fueguito premonitorio disfrutando una cena que consistía en un sándwich de queso y fiambrín acompañado por supuesto de vino blanco Termidor en cartón. Era esta una noche especial para el ciruja, una noche de tristeza y cuando se sentía así, se pasaba un buen rato mirando al cielo en busca de alguna estrella fugaz. Tuvo suerte esa noche. Al ver la explosión de luz en el cielo sus ojos se cubrieron de lágrimas y pidió un deseo, luego llevó la mano a su bolsillo y sacó la foto, su principal tesoro. En esa foto estaba la destinataria de todos sus deseos, la única conexión que le quedaba con un pasado que supo conocer la prosperidad: Su hija. En la foto tendría unos cuatro años y miraba sonriente a la cámara de su padre que unos meses después desaparecería para siempre.
Detrás de todo linyera siempre hay alguna leyenda y Atilio no era la excepción. Omití agregarla a este relato porque el hubiera preferido, se los puedo asegurar, mantener en secreto su vida anterior en la que ni siquiera se llamaba Atilio. Si me tomo el atrevimiento de contar que tuvo una hija se debe a que la foto de ella, es una pieza clave para este relato.
Esa noche estrellada, cuando dieran las doce, su hija, que ya no era una niña, estaría cumpliendo quince años. Mientras su mente divagaba pensando en lo grande que debería estar y la imaginaba con su vestido blanco bailando el vals en medio del salón, bebió hasta la última gota del cartón de Termidor blanco. Hacía tiempo que no lloraba. No es que fuera un insensible. Pero hacía tiempo que no lloraba de ese modo, sin parar. Acosado por la culpa y la tristeza que alguna vez lo llevó a tomara la decisión de no querer estar, a dejar de existir. Sin tener a nadie más que a los sapos de la zanja como compañeros y el canto de algún grillo. Lloró a los gritos y no pudo esa noche con el remordimiento por haberla abandonado. ¿Como estaría ahora? ¿Se estaría preguntando por el? ¿Tendría su dichosa fiesta de quince como había soñado su padre? Preguntas sobre preguntas y la tristeza como única respuesta. La soledad más absoluta. Las doce de la noche. Había desarrollado la cualidad de calcular el tiempo sin la ayuda del reloj. Con los humedecidos por las lágrimas, le deseó a su hijita un feliz cumpleaños y volvió, a pedirle perdón como hacía cada vez que sacaba la foto. Volvió a guardarla. Apagó la fogata y se levantó para estirar un poco el cuerpo. Ya no quedaba ni una gota de vino en el cartón que arrojó a la zanja antes de irse a dormir a la casilla. Comenzaba a refrescar. Se cubrió con una frazada que tenía en el bolso y se quedó dormido. Tan profundo fue su sueño que siguió de largo y no escuchó por la mañana a los chicos que llegaron para jugar un picado......
La tarde previa a la noche triste de Atilio, después de perder el partido. El gordo Julio y sus amigos llegaron a la conclusión de que el principal culpable de la derrota había sido el colorado Lucho, el hermano menor de julio.
Gordito, de baja estatura y pelo enrulado con su cara llena de pecas, era la victima predilecta de los arranques de ira del gordo. Mas que un hermano, Lucho para Julio era una especie de monigote al que solía humillar delante de sus amigos y cuando esto sucedía, el pequeño acumulaba en su interior un peligroso resentimiento contra su hermano a quien algún día, haría escarmentar.
Eso si, el único que podía maltratarlo dentro del grupo era el gordo Julio, para los demás Lucho era intocable .En definitiva se trataba del hermano del jefe y nadie, salvo el gordo, tenía derecho a fastidiarlo. Ya tenía suficiente calvario con su hermano como para que se agregara alguien más.
Lucho era el arquero del equipo. Se la rebuscaba bastante bien a pesar de su baja estatura. Pero esa tarde fatídica, una pelota que venía fácil, se le escapó de las manos y fue a parar adentro del arco generando toda clase de insultos por parte de su hermano. Esto lo puso mas nervioso aún y los rivales, sacando ventaja de esta situación y de la baja estatura del arquero, le convirtieron un segundo gol de emboquilladla.
- ¡¡Enano de mierda!! - Fue lo mínimo que recibió después del segundo gol. El tercero no fue culpa suya pero era demasiado tarde. No había manera de detener el aluvión de insultos que recibiría por parte de su hermano al finalizar el partido. Y no se trató de agresiones verbales solamente, también lo golpeó delante de sus compañeros, lo golpeó hasta hacerlo llorar y lo obligó a pedir perdón de rodillas por los errores cometidos y después lo echó del equipo. Esto último ya había ocurrido otras veces, después volvería a incorporarlo porque no tenían otro arquero.
Fue un triste espectáculo para el resto del grupo, ver como se alejaba lentamente con la cabeza baja, lagrimeando y maldiciendo por lo bajo a su hermano y al resto de su familia, porque desde que su padre había muerto de cirrosis dos años atrás, Lucho, ya no contaba con nadie que lo defendiera de su hermano que encima se había convertido en el jefe de su familia, aunque más que un jefe era un tirano y como tal ignoraba que el día de mañana, podía convertirse en victima de su propia injusticia al despertar la ira de los débiles......

Al día siguiente del inolvidable partido, los chicos llegaron al campito a jugar un picado hasta la hora del almuerzo. Entraron directamente a la cancha sin prestar atención a la casilla.
En la fabrica de lamparitas lindera un montacargas depositaba en el suelo unos bidones que contenían acido muriático que eran utilizados en alguna de las fases de producción de las lámparas. Los chicos conocían muy bien el contenido de esos bidones. Sobre todo al acercarse las fiestas de fin de año cuando hacían estallar la pirotecnia sobre ellos. También se deleitaban viendo como el líquido al ser derramado por la tierra tenía un efecto visual parecido al del hielo seco cuando toma contacto con el agua, la diferencia radicaba en que el ácido de los bidones además despedía un olor muy desagradable y contaminante. Cosas de chicos que le dicen.
Los bidones estaban apilados cerca de la alambrada en la cuál había un pequeño agujero que ellos habían hecho para poder entrar a buscar la pelota cuando se iba para ese lado. Las tres fábricas contaban con agujeros en sus alambradas hechos para ese fin. También el gordo Julio y sus secuaces conocían los efectos del ácido. En una oportunidad, habían ido hasta el campito para desafiar a los chicos pero estos no estaban entonces el gordo y los suyos no tuvieron mejor idea que destruir todo lo que encontraron a su paso, una casilla bastante solida que habían armado y unos arcos hechos con maderas que habían tomado de la fábrica de ataúdes, estos arcos, que también contaban con sus propias redes para contener la pelota, eran el orgullo del equipo, hasta que el gordo los descubrió y adiós arcos de madera. No conformes con la destrucción de los arcos y la casilla, entraron a la fábrica de lamparitas y sacaron algunos bidones de acido que derramaron sobre el pasto que nunca mas volvió a crecer.
Varias veces la pelota impactó contra la casilla mientras Atilio dormía su borrachera de la noche anterior. Tal vez en algún momento escuchó algo pero lo tomó como parte de su sueño etílico y siguió durmiendo. Mala suerte para el. Quedarse dormido fue lo peor que le pudo pasar…

El picado se vio interrumpido abruptamente cuando a lo lejos vieron acercarse al gordo Julio y su banda.
- Venimos a buscar la revancha - Dijo.
A pesar del miedo que le tenían, los chicos, hartos de tener que ceder ante sus embestidas, decidieron resistir con un nuevo NO como respuesta y después aguantarse la que venga; y la ira del gordo no se hizo esperar:
- Ustedes me parece que no entendieron. Nosotros queremos jugar la revancha esta tarde y si vuelven a decir que no, los vamos a cagar a palos y además....
Interrumpió su discurso al ver la casilla.
- Traé un bidón de la fábrica- Le ordenó a su hermano, que horas después de haber sido expulsado volvió a ser incorporado al grupo.
- ¿Tardaron mucho en hacer esa casilla de mierda?
Ninguno de los chicos respondió. Lucho regresó con el bidón.
- Seguro que mucho mas que yo en incendiarla si vuelven a decir que no.
Los chicos seguían en silencio. El gordo sacó un cigarrillo y un encendedor del bolsillo de su pantalón. Lo encendió y largó el humo sin tragarlo como los fumadores inexpertos.
- ¿Y? Estoy esperando....
Ninguna respuesta, tácitamente los chicos acordaron sacrificar la casilla si era necesario ¿Que sentido tenía jugar una revancha que ya estaba perdida de antemano? ¿O acaso el gordo y los suyos iban a jugar con limpieza? Sabían que no. Además alguno podría salir lastimado porque las patadas iban a estar a la orden del día. En fin ¡Que la queme si eso lo hace feliz!
El gordo mandó a su hermano a rociar con ácido la casilla. Este obedeció, mientras el resto del grupo del gordo rodeaba a los chicos.
- Primero la voy a quemar, y después prepárense porque siguen ustedes.


Cuando Lucho terminó su faena con el ácido el gordo se acercó a la casilla, estaba disfrutando mucho ese momento, mucho mas que la revancha misma, apagó su cigarrillo y tomando un trozo de cartón lo encendió por una punta con el encendedor y lo arrojó sobre la casilla que comenzó a arder.


Los chicos contemplaban impotentes el espectáculo del fuego. Ni siquiera podían escapar porque tenían franqueada la salida por los otros. Era el fin. No les quedaba otra alternativa que pelear con los grandotes a pesar de que llevaban las de perder.
- Vamos a esperar que se queme bien - Dijo el gordo a sus amigos - Y después seguimos con estos.


La fogata comenzó a tomar dimensiones importantes, a tal punto que algunos amigos del gordo comenzaron a asustarse. Se preguntaban si esta vez no habían ido demasiado lejos. La fogata llamaba mucho la atención y eso les traería problemas. El único que gozaba a pleno de la escena era Julio que se disponía a continuar con los chicos cuando desde el interior de la casilla se escucharon los gritos. De pronto las paredes se desmoronaron y en el centro de la escena apareció la figura de Atilio envuelta en llamas que corría de un lado a otro desesperado y sin rumbo. Todos, victimas y victimarios se quedaron perplejos ante el dantesco espectáculo del ciruja quemándose vivo. La escena no duró mucho tiempo. Rápidamente Atilio recuperó el rumbo y de una corrida se arrojó al agua servida de la zanja. Lo último que escucharon fue un chapuzón seguido de un silencio sepulcral. Todas las miradas apuntaron al gordo Julio, autor de lo que acababan de presenciar. Estaba pálido por el susto. La jugada le había salido mal, muy mal, tanto que el mas pendenciero de todos, solo atinó a salir corriendo asustado y detrás de el, todos sus amigos, el último en salir fue el colorado Lucho que atónito seguía mirando hacia la zanja hasta que volvió en si y huyó rápidamente para alcanzar a su grupo.
Los chicos se quedaron boquiabiertos en medio de la cancha mirándose sorprendidos por lo que acababan de presenciar. Cuando cayeron en la cuenta, se aproximaron temerosos a la zanja porque era más fuerte la curiosidad que el miedo. Querían saber si Atilio todavía estaba ahí, porque lo último que escucharon fue la estampida del cuerpo contra el agua. Pero cuando llegaron a la zanja no vieron a nadie. Atilio había desaparecido….

Nada mas se supo del linyera después de aquel incidente, tampoco vieron al gordo Julio durante algún tiempo, su grupo se había disuelto después del incendio de la casilla porque los padres de su amigos al enterarse como sucedieron las cosas, les prohibieron juntarse con el y con su hermano Lucho. Aislado y sin amigos, el gordo emigró hacia otro barrio donde comenzó a juntarse con tipos mas grandes y de mala traza.

Atilio.

Lo que mas le dolió no fue el ardor intenso provocado por las quemaduras que con el tiempo le dejaron huellas horrorosas en la piel, su imagen con marcas o sin ellas, le daba lo mismo. La buena presencia no es un requisito importante en la vida de un ciruja.
El dolor posterior a la quema de la casilla, no era de orden físico sino más bien sentimental. La foto de su hija, su mas preciado tesoro, había desaparecido cuando el accidente. Sufrió muchísimo esa pérdida, era el único recuerdo que conservaba de su pasado y para el, la imagen de su hija era una compañía que lo ayudaba a mitigar su melancolía. Se sintió muy solo, tanto que decidió comenzar su cuenta regresiva. Durante varias noches lloró pensando en su ella y juró vengarse del autor de su desgracia. Esa sería su única cuenta pendiente, después, podría despedirse tranquilo y sin remordimientos de su atormentada existencia.

Lucho.

Lo buscó durante unos cuantos días, el también había jurado vengarse de las humillaciones que le propinaba tanto en la casa como delante de los amigos. Después de la quema de la casilla, anduvo muy atento, buscando por todos los rincones del barrio. Cada vez que veía algún personaje parecido lo seguía silenciosamente con la esperanza de que lo guiara hacia el, hasta que una tarde cuando regresaba de la escuela lo encontró: Estaba saliendo de un almacén con un paquetito, seguramente se trataba de un sándwich que le había preparado el almacenero a cambio de alguna changa. Lo siguió durante un buen rato hasta que se instaló debajo de un árbol al costado de la panamericana para alimentarse.
Con temor pero convencido de lo que haría, se acercó hasta el.
- Yo se quien fue el que quemó la casilla.
Atilio lo miró y supo que el chico decía la verdad. La venganza de Lucho contra su hermano había llegado….


El gordo Julio.

Cuando cambió las amistades, empezó a hacer sus primeras armas como ladrón de poca monta, también descubrió el alcohol y otras sustancias que lo ayudaban a darse valor a la hora de actuar. Una de esas noches volviendo de madrugada después de una infructuosa jornada nocturna, arruinada por la aparición de un patrullero que casualmente estaba dando vueltas por la zona donde el y su amigos “trabajaban” se encontró con uno de esos inolvidables golpes del destino. Estaba a escasos metros de su casa cuando, desde atrás de una ligustrina apareció LA ANTORCHA HUMANA y sin darle tiempo a reaccionar, en un abrir y cerrar de ojos, consumó su venganza y desapareció dejándolo atrás en un grito desesperado de dolor.
Días después el cuerpo sin vida de Atilio era retirado por los bomberos voluntarios de las vías de la estación Martínez. Se había arrojado debajo del tren que iba a Tigre.

Los chicos.
Aparecen en este relato como un solo personaje, en ningún pasaje hay alguno que se destaque sobre el resto. Ellos solo participan como nexo entre los personajes principales. También podría haber escrito este relato en primera persona dado que formé parte de ese grupo que aquí llamo “Los chicos” pero me pareció mas interesante presentarlos como una suerte de “héroe de conjunto” unidos y aferrados a la idea de no darle la revancha a sus archienemigos.
Muchas veces me pregunté que será de la vida de los integrantes de aquel grupo al que pertenecí siendo un niño. La vida me llevó por otros caminos y no volví a verlos ni a tener noticias de ellos. Es mas, posiblemente sea el único que recuerda con tanto amor a esa banda de pequeños amigos tal vez porque nunca volví a sentirme tan libre como en aquel tiempo donde todo transcurría a pura imaginación.
Por razones laborales, volví al barrio siendo un adulto, había pasado mucho tiempo y me costaba reconocer algunos lugares. El campito ya no existía. Un emprendimiento inmobiliario había adquirido los terrenos de la maderera para construir un complejo de viviendas. Donde antiguamente jugábamos a la pelota ahora había una calle de doble mano con un boulevard en el centro.
Mi casa ya no era mi casa, costaba reconocerla con tantas refacciones encima. Todo el barrio parecía más apretado, ya no se veían como antes, los jardines al frente. Ahora las casas presentaban enrejados y paredones que reforzaban la seguridad contra posibles robos.
Durante mi nostalgiosa recorrida no encontré a ningún conocido, probablemente no quedaba nadie de esa época. Seguí recorriendo las calles alimentando mi alma con los recuerdos de mi niñez y mi adolescencia hasta pasar por la entrada de un taller mecánico donde un hombre gordo y robusto ataviado con un overol engrasado por el trabajo levantó la vista al verme pasar. Ambos nos estudiamos con la certeza de conocernos de algún lado. El tipo tenía el rostro marcado por profundas quemaduras. Rápidamente desvié la vista y seguí caminando porque supe de inmediato quien era ese tipo. Antes de doblar en la esquina lo miré nuevamente para estar seguro que se trataba de la misma persona: Era el gordo Julio, el matón incipiente de mi niñez, el que nos amenazó aquella vez cuando nos negamos a jugar la revancha y que era odiado en silencio por su hermano menor al que siempre maltrataba. El mismo que una noche volviendo a su casa fue interceptado por el vengativo ciruja Atilio (a quien habíamos apodado la ANTORCHA HUMANA después de verlo correr envuelto en llamas por la canchita hasta perderse en las aguas servidas de la zanja) que le arrojó a la cara un chorro de acido muriático en represalia por haber incendiado la casilla haciendo que perdiera su mas preciado tesoro: La foto de su hija.
Pero hay algo más. Algo que hubiera cambiado el curso de los acontecimientos si esta historia fue realmente como la imaginé a la hora de escribirla.
Después de la desaparición de Atilio en la zanja y la posterior huida del gordo Julio y sus amigos, fuimos a contemplar lo que quedaba de nuestra casilla y a tratar de extinguir los últimos coletazos del incendio. Fue en ese momento que la encontré tirada en el piso y es el día de hoy que todavía la conservo amarillenta entre mis cosas recordándome el pasado y manteniendo viva la esperanza de encontrar alguna vez a su verdadera dueña para devolvérsela. Se trata de la foto de la niña que por casualidad zafó de las llamas para inspirar este cuento.
FIN.

Texto agregado el 05-09-2009, y leído por 192 visitantes. (1 voto)


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