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CLANDESTINO
Le prohibieron la manzana, solo entonces la probó, la manzana no importaba, nada más la prohibición.
El indio Solari.
- ¿El domingo a la noche, puedo ver Titanes en el ring? No ¿Por qué? Porque induce a la violencia. Pero en el colegio todos lo ven. Eso a mi no me importa, en esta casa está prohibido. Me sentí acorralado, no había manera de zafar, tener padres progresistas termina siendo una gran desventaja. Todos los lunes en la escuela, mis compañeros narraban las arregladas hazañas del “campeón del mundo” Martín Karadagián, que jamás perdía una pelea, discutían sobre las ventajas que la momia blanca tenía sobre la momia negra a pesar de que esta última era una momia boxeadora, admiraban la destreza física del ancho Rubén Peucelle o por ejemplo analizaban si la patada voladora era mas efectiva que el topetazo (como este relato transcurre en la década del setenta todavía no había aparecido el famoso cortito de Martin Karadagián, golpe inventado por el cuando el cuerpo ya no le daba para hacer piruetas) y en esas conversaciones yo no podía participar, quedaba afuera de ese universo que el resto de mis compañeros compartían, por la maldita desgracia de tener padres modernos, mi padre sobre todo porque mi vieja era mas accesible. No podían entender que en Titanes en el ring además del catch y la “violencia” aparecía la historia, la literatura, el deporte y por sobre todas las cosas la magia, una magia que ciertos dogmaticos pseudolibertarios no pueden llegar a ver enceguecidos como están por sus conceptos revolucionarios.
¡Para que mierda te volviste a casar! Gritaba yo a los cuatro vientos cuando discutía con mi madre acerca del caso Titanes en el ring, porque en realidad mi padre era el segundo marido de mi madre ¡Cuando vivíamos con el abuelo lo podía ver tranquilo! ¡No entiendo porque ahora no lo puedo ver! Podés ver cualquier otra cosa. ¡No, quiero ver Titanes en el ring! Esta discusión se repetía cíclicamente todos los domingos por la tarde (el programa iba al aire por la noche) y la respuesta siempre era la misma: NO.
Urdí un plan: Mamá, Fede me invitó a comer a la casa. ¿Cuándo? El domingo a la noche. ¿Seguro te invitó? Si ¿Querés hablar con la madre de el? No está bien, andá, a eso de las diez te paso a buscar. ¡Lo logré! ¡Por fin voy a poder ver Titanes en el ring! Y a partir de ese domingo siempre era invitado por algún compañero a cenar, los padres estaban encantados conmigo. Te felicito Marta, tenés un hijo encantador ¿Por qué no lo dejan que vea Titanes en el ring? Y mi vieja que tenía que morderse la lengua porque sentía que la estaba haciendo quedar mal. A mi marido no le gusta porque le parece muy violento. Pero tu hijo es muy juicioso Marta. Mi vieja sabía que yo no era juicioso, y que todo respondía a un perverso plan para burlar la autoridad paterna pasando a la clandestinidad todos los domingos para ver aquello que en mi casa estaba prohibido.
Mi madre cansada de tener que ir a buscarme a casa de mis compañeros, tomó la decisión de hablar con mi padre: Luis por que no lo dejamos que lo vea. No, sabés que no me gusta que vea ese programa. Pero igual lo ve cuando se va a cenar de los compañeros los domingos, o para que te pensás que lo invitan. Luis se quedó pensativo. No, yo a Karadagián no me lo banco, no lo soporto, en mi casa está prohibido. Lo que no sospechaban era que yo los estaba escuchando del otro lado de la puerta con la esperanza de que mi madre lo convenciera. Pero todo fue en vano. Estaba condenado a la clandestinidad. Y no era por cuestiones pedagógicas como habían argumentado en un principio, sino más bien por intolerancia. El pez grande no reconoce los gustos del pez chico y como no los puede aceptar, impone la fuerza sobre la razón y prohíbe. Como se sabe autoritario disfraza las cosas para poder jugar puertas afuera su personaje de padre interesado en una educación progresista para sus hijos. Mentiras, puras mentiras, yo lo había escuchado, no podía ver Titanes en el ring porque no soportaba a Martín Karadagián. Entonces se me ocurrió una idea que puso al descubierto toda su imbecilidad: ¿Qué opinás de Martín Karadagián? Ya sabés lo que pienso ¿Le tenés bronca? No me cae bien ¿Entonces puedo ver Titanes en el ring? ¡Te dije cien veces que no! Pero si vos no lo querés a Karadagián lo podemos arreglar ¿De que manera? Muy fácil, Karadagián siempre pelea último, veo todas las peleas hasta que llega la de Martín y cambiamos de canal, yo veo el programa y vos no ves a Karadagián ¿Qué te parece? Dejamelo pensar. Cuando pronunció estas palabras supe que había mordido el anzuelo. Unos días después, y gracias a mi incipiente actividad como espía escuchando conversaciones adultas detrás de la puerta, logré ver mi programa favorito fuera de la clandestinidad a la que me vi obligado a entrar debido a la prohibición.
Con el tiempo terminé viendo el programa entero (Karadagián incluido) pero ya no me parecía tan divertido, ni tan atrapante como en mis tiempos de clandestinidad, a tal punto que dejé de verlo para encerrarme en mi cuarto a leer historietas. Y lo que mas lamento de la censura es el tiempo que me hicieron perder discutiendo por algo que terminé desechando solo sin ningún tipo de imposición mesiánica como la de mis padres que con el paso de los años al recordar esta historia se justificaron diciendo que todo lo hacían por amor….
FIN.

Texto agregado el 03-09-2009, y leído por 86 visitantes. (2 votos)


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