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Esta es la historia de una bailarina, ¿te gustan las bailarinas? Y las ¿chiquititas?, no creas que es una historia feliz; bueno, te sigo contando.

Esta era una bailarina chiquitita, aun no sé como llamarla, entonces la llamaremos la bailarina chiquitita. Niño grande, porque tampoco sé su nombre, adoraba verla bailar, y ella adoraba dar vueltecita de puntitas para él. Este niño, como le decía taita Inés, era grande, sí, muy grande, enorme, enorme; además tenía las manos fieras, firmes y curtidas por el follaje, producto de las largas faenas detrás del rosedal del Palacio familiar, escarba y escarba la tierra, riega y riega semillas; aunque, como le repetía taita Inés, peor suerte tuvieron otros como él que terminaron en los cañaverales labrando la tierra hasta morir de hambre y cansancio.

Su desgracia, si podemos llamarla así, porque el amor nunca es desgracia, empezó aquel día que por entre la yerba del jardín asomó su aspecto tosco, los ojos de boliche y la nariz de chupón, hacía los inmensos ventanales del Salón de Baile, era música lo que atrajo su atención, cosa nueva para un esclavo que se pasaba las mañanas y las tardes metido de cabeza, pies y manos, en los jardines del Palacio y por las noches en los barracones donde sólo cantaban los gallos al amanecer. Todo empezó, como les repito, aquel día que la vio bailar para el nieto del Coronel de la Rivera. Desde aquel entonces, atraído por la delicadeza del sonido y la gracia de la bailarina chiquitita, aprovechaba las tardes para agazaparse desde el jardín y embriagarse a lo lejos con tanta belleza.

Dicen que la bailarina chiquitita había venido de un lugar lejano sólo para entretener al nieto del Coronel de la Rivera, debe ser por eso que luego de un tiempo, cuando éste era un mozuelo ya, se olvidó de ella. Para Niño grande las tardes se tornaron pálidas y tristes, más triste que aquellas en las que, abrumado por el cansancio, las noches se las pasaba observando las estrellas por entre los huecos de las esterillas del barracón donde dormían 50 esclavos menos él, sin embargo, se emocionaba y lloraba, como lloran los hombres libres. Y fue en una de esas noches de insomnio en que niño grande pensó que la bailarina chiquitita se había ido en carreta o tal vez en barco para complacer a otro niño de buena familia, así como lo llevaron a él mismo desde un pueblo remoto de un continente remoto hasta el palacio.


- Al saló de baile no entran los criados si no es pal aseo, salga de ai negó marrajo y feo -
Gritaba con voz socarrona Taita Inés, y de un jalón de orejas saco a niño grande hasta el pasadizo -¿Niño gainde que te has llevao?, Niño gainde no va a ser que te catigue el señó- pensaba Niño grande en voz baja y con remordimiento mientras seguía el largo y solitario camino hasta el jardín. La había encontrado olvidada en una esquina del Salón de Baile, había entrado a hurtadillas aprovechando la siesta de los patrones y la quietud que reinaba en el Palacio luego del almuerzo, era más pequeñita de lo que pensaba y la primera vez que la tocó le dio mucho miedo, no vaya a ser que le arruine el vestidito de tul rosado, ella se estremeció de miedo ó de emoción, eso no lo sabemos, aunque luego pudo comprobar que a pesar de esa apariencia tan tosca y ruda la tocaba con tanta delicadeza que jamás le haría daño. Luego, como si le hubiera entrado el demonio, en un arrebato de amor y de locura, se la llevó lejos del Palacio, más allá de donde los esclavos duermen, por éntrelos cañaverales. Allí donde podían dar rienda a la pasión, allí donde ella bailaba sólo para el.

-¿Poqué ha hecho eso mi niño?- replicó Taita Inés poniéndose a llorar, mientras trataba de parar la hemorragia y curar las heridas con una pasta a base de algunas yerbas hervidas -Robá en la casa del patrón, ¿E que tu no apeinde, no vé como no han cortao las manos po eso?-.

Pero así son las historias de amor imposible, niño grande murió cuatro días después, por septicemia. El capataz mayor colgó su cuerpo sobre un tronco en las afueras de los barracones durante dos días para asegurarse que los demás esclavos lo vieran. A la bailarina chiquitita la encerraron para siempre en el sótano, con las cosas inservibles ó, como ella, las que están tocadas por algún demonio africano; eso decían los patrones a los esclavos cuando los azotaban ó le cortaban los pies y las manos. Ve a saber tú, nunca más bailó para nadie y se fue resquebrajando poco a poco. Hasta estos días que la he descubierto entre la maleza que dejaron aquellos del jardín, la he limpiado con delicadeza y ha vuelto, ha vuelto para contarme su historia y embriagarme con su baile.

Texto agregado el 31-07-2009, y leído por 368 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
24-10-2016 que tristeza, pensar que esos hechos todavia se repiten en muchos lugares de este muno a veces tan injusto satini
03-10-2009 Releo, porque el amor nunca es desgracia. NeweN
13-08-2009 Buen cuento! Atrapante en sus descripciones, en la solidez de los personajes, en el lenguaje... Un final que lo hace redondo. Contrastes que hipnotizan (lo muy grande, lo muy chico, la pobreza, la riqueza, la dulzura del tacto, las manos cortadas). Imaginativo, doloroso y bello. Tarambana
05-08-2009 De esas historias contadas y no contadas estamos hechos. NeweN
01-08-2009 Que hermoso, varios aristas de la vida contemplados , muy bien narrado , una cajita de música que cuenta la historia , me encantó =D mis cariños dulce-quimera
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