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BATON ROUGE...
(De aquel bodegón del bajo)
(Narrativa breve)


Santa Fe, aquellos días aciagos, 2001.
Crónica de un final anunciado .

Durante un momento de calma, el tipo llegó con su perramo gastado. Yo estaba sentado a la mesa bebiendo cerveza. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, y se inclina para observarme, "esta todo podrido flaco"; "hay que poner huevos..." recuerda con claridad el momento en que se produjo el desmadre con gente que trataba de entrar en comercios y, desde un local que no sería más grande que un kiosco o un almacén de barrio, el dueño se defendió a escopetazos y cayó muerto un chico”. Pero también recuerda el crescendo que derivó en ese momento y la extraña postal, al día siguiente, de cuadras y más cuadras colmadas de gente que concurría a pedir alimentos, prácticamente al mismo sitio donde el día anterior todo había sido caos.
Desde antes del 19 de diciembre a la tarde se venían produciendo una serie de episodios violentos alrededor de los barrios más populosos de la ciudad. Ese día, en horas de la siesta se plantea la situación más conflictiva en cuanto al nivel de confrontación entre quienes querían tomar por asalto los supermercados y la policía que los repelía. Fue un crescendo, todo plagado de rumores muchas veces falsos. Es como cuando viene una tormenta: "escuchás los truenos y pueden pasar horas hasta que llega. Acá pasaban horas y días, y las versiones hacían las veces de truenos y anunciaban lo que finalmente iba a ocurrir”, recuerda el chino Ji .

Así fue como ese día, en las primeras horas de la tarde, llegamos a Blas Parera y J. R. Méndez que es un punto clave en la zona norte, porque por ahí se sale de la ciudad o se ingresa a los barrios. Fuimos atraídos hacia ese punto porque sabíamos que la policía pedía, a los gritos, refuerzos y disuasivos químicos que son gases lacrimógenos, cartuchos de balas de fogueo o munición antitumulto. El tipo habla en plural porque al lugar llegó junto con el chofer del diario Mario Hereñú y el reportero gráfico Luis Cetraro, quien quedó en medio de la refriega y terminó con numerosas heridas, ninguna de gravedad, al igual que colegas de otros medios. Llegaban de todos los frentes.
“Cuando llegamos al lugar -sigue su relato-, encontramos que estaba formada toda la guardia de Infantería tratando de contener al grupo que quería avanzar por J. R. Méndez para llegar al supermercado que está en la esquina con Blas Parera. Fue una confrontación bastante dura, porque era un ir y venir constante: cuando uno avanzaba, los otros retrocedían”. En un momento se abrieron otros dos frentes, uno del sur y otro del norte, mientras que un grupo llegaba de Cabaña Leiva. A partir de allí, “la Infantería mantiene un grupo de gente sobre J.R. Méndez e instala otros dos cordones sobre Blas Parera. Nos pusimos a la par de una de las líneas de Infantería que avanzaba para repeler a los grupos que llegaban del norte. De pronto se escuchan disparos por fuera de ese escenario, justo a la altura de donde estábamos. No eran disparos de la policía: venían del este, del cuarto punto cardinal y de donde hay una cortada. Por esa cortada empezaron a llover cascotes y se escucharon estampidos de armas. Ahí fue cuando se disipó todo y vimos que había quedado tendido un chico”, Passini, un adolescente de una familia muy humilde de Cabaña Leiva. Mientras en Rosario caía Pocho Leprati en un comedor con niños hambrientos.

Ya jubilado y analizando los hechos en contexto, Ji recuerda que “por aquellos días el cuadro era del club de trueque, la leche vendida ‘al pie de la vaca' llegada directamente del tambo. Había necesidad económica de la más elemental; pobres recursos económicos, en algunos casos inexistentes con gente que vivía el drama de la desocupación y una ciudad donde había trepado muy alto la inseguridad”. Era el mismo país de mierda de antaño.
Un día después “recorrimos la misma zona y encontramos colas kilométricas de gente con bolsitos, colas de a 3 ó 4 personas a lo largo de varias cuadras esperando que les dieran algo en la puerta de algún supermercado o en esquinas, donde si no recuerdo mal, había camiones donde se entregaban alimentos”.
Para Ji , queda claro que “ahí no había ningún concierto de cacerolas ni una protesta por el corralito o la convertibilidad; ni siquiera se podía decir que estuvieran organizados como los grupos piqueteros. Fue un estallido absolutamente espontáneo donde no había una conducción o un propósito a seguir, sino -como en otros casos- la decisión de expresarse en forma violenta contra lo que se consideraba una injusticia y que, como nos demuestra la historia, siempre terminan en un baño de sangre”, como ocurrió en nuestra ciudad y en el resto del país. -®


Texto agregado el 15-07-2009, y leído por 321 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
30-11-2009 Esos momentos tan descriptivos como para que te quedes pensando donde fue ella. Ese querer rústico que no se fue, retórico y a la vez tan excentrico como romántico. Excelente. criterion
13-11-2009 Dany, como siempre tus palabras me roban el aliento, a esto llamo yo poesía pura. Te felicito por tu tremenda sencibilidad. 5* no bastan!!! kendra
17-07-2009 Que belleza mi querido Deojota!!!! noto que estabas tremendamente inspirado,como siempre mis humildes 5* y mil besos!!!! mystica_1503loquequedadem i
17-07-2009 Que belleza mi querido Deojota!!!! noto que estabas tremendamente inspirado,como siempre mis humildes 5* y mil besos!!!! mystica_1503loquequedadem i
15-07-2009 Me gustó!!! eso de "Un lento blues de Tom Waits Alcoholiza el momento" me pareció hermoso!!! ***** MariBonita
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