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Hace mucho tiempo vivía una tranquila niña a la sombra de un castillo. Veía como la princesa desenredaba sus cabellos con peines de plata y esperaba a su príncipe sentada en la ventana.
No la envidiaba. Ella tenía libertad, bosques verdes donde revivir y un lugar donde soñar.
El tiempo pasó y vió como la princesa se fue con el príncipe azul, aunque nunca un color le pareció tan poco apropiado, no era azul, era marrón y gris y tan poco príncipe, que lo lamentó por la princesa.
Y siguió esperando.
Como solo era una ensoñada niña, los más malos de entre los malos, era quiénes la atraían. Sufrió, se engañó, lloró y una noche en la oscuridad de un lecho pensó: “Si soy tan poco, si valgo nada, algo tendré que pueda demostrar ante el regalo que me han dado: Vivir”.
Y comenzó a caminar vacilante, luego con seguridad, hasta alejarse de cuanto pudiera perturbarla. No escuchó llamadas, cada vez que se sucedían miraba sus heridas, que se iban borrando de la piel, pero no del alma y se reconoció como lo que era: una mujer capaz de demostrar lo que valía.
Olvidó, pero recordó: todo se reduce a una princesa asomada a la ventana.
Se hizo inalcanzable para quién deseara tocarla.
Una tarde, entre bromas y versos, decidió que si la princesa, con solo peinar sus cabellos, había logrado lo que ella no, con capacidad y misterio, por qué no buscar en el mundo su cuento.
Pero un cuento es corto y el castillo había cambiado: la princesa se había divorciado, el príncipe derrotado y el mundo se comunicaba a través de una red de sueños.
Comenzó el juego: Reconoció la soledad, los deseos insatisfechos, las infidelidades a voces y el racismo secreto.
No tuvo dudas, los alejó de nuevo: Buscaba un cuentacuentos.
La princesa se sentó a su lado con el alma triste, porque el príncipe azul no era príncipe y la mujer tranquila porque el hombre no era un hombre.
Ambas se miraron y se reconocieron: Eran dos, pero realmente solo era una y no había prisa, si algo tenían eran tiempo.
Desde las montañas respondieron.
Se volvieron hacia ellas, al principio con suspicacia, con curiosidad después y luego con esperado anhelo.
La princesa inalcanzable y la mujer tranquila, comenzaron a recibir cuentos.
A cambio pedían sonrisas, belleza y besos.
Y olvidaron que solo era un cuento.
Las princesas se enfadan, pero también los que esperan besos.
En un instante decidieron: "Si es el príncipe azul lo veremos, si es
un hombre que busca, también lo sabremos".
Y serenamente acudieron a su encuentro.
Nada habían perdido y desde luego nada perdieron.
La princesa, no es princesa, la mujer tranquila, lo es más. Viven para el momento de un pensamiento, una palabra, un verso y lo demás para deseo, tampoco es malo, hace mover el mundo y el universo.
Pero son dos en una y sigue siendo complejo.
Si es un cuento o es realidad a ellas no les importa y realmente que más da.

Texto agregado el 19-06-2009, y leído por 370 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
27-06-2012 ¡Bello! girouette
07-09-2010 Buena redacción y mejores reflexiones consigues provocar. Egon
25-01-2010 Mientras tanto, en la selva urbana un hombre Real, sufria de nostalgia, del noble corazón de la princesa y la cálida entrega del cuerpo de mujer que aún no conocia. CesarNara
07-10-2009 me ha gustado la comparación entre la mujer y la princesa. al final, desde m punto de vista, son una misma persona. Excelente cuento. un abrazo. josef
05-10-2009 La vida es el cuentacuentos que te llena la fantasía de sueños y te marchita las iluiones cuando apenas retoñan en los espacios del corazón, convirtiendo las niñas en mujeres y las princesas en sacerdotizas de sapiencia. Te felicito. ZEPOL
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