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Ni un insignificante rastro de nubes en el cielo celeste y despejado. La vida sigue tan normal…
Al mirar por la ventana, veo el quicio lleno de cenizas de tabaco, cual llanto ángel, mientras corretean, graciosas, hasta caer al vacío. Nadie puede salvarlas ahora.
Los niños corretean por el jardín, persiguiendo a una pequeña gata negra, llamándola “Garfio” porque cojea. La gata, asustada, se esconde, y al llegar los chicos a ella, la acarician, la tumban en el césped verde y húmedo, y la rascan el lomo, hasta que ella se tranquiliza.
Uno de los pequeños la coge en brazos, y su madre le dice que no coja a los gatos de la calle. Al soltarla, triste, la gata se aleja cojeando de nuevo, con un aire despistado y desgarbado. Su pelo negro brilla al sol, sus ojos amarillos llamando a la luna. Se aventura entre unos matorrales, y desaparece. Ojalá yo hubiera podido cuidar de ella.
Mis manos recorren la áspera barra de la valla de la terraza, agarrándola, apretándola, arañándola. Ojalá pudiera echarme a volar cual pájaro habitante de cualquier pueblo de montaña. Las personas ríen a mi alrededor, pasean con sus hijos, juegan con ellos, sonríen, sonríen, sonríen y yo también lo hago al ver que este precioso día llena de ilusiones y felicidad los corazones de la gente.
El jardinero podó los rosales del jardín, ya sólo quedan unas pocas rosas raquíticas. En bata, bajo al jardín, dando los buenos días a una bella señora de pelo largo y blanco, recogido en un pequeño moñito, que me sonríe amablemente. La abro la puerta y la invito a que salga, pues tuve miedo de que sus frágiles brazos se desintegraran con la pesada puerta de acero del portal. Ríe, sale hacia afuera, dándome las gracias. No hay nada mejor en estos días de soledad que la amabilidad de la gente desconocida.
La amabilidad de esas personas mayores, con sus preciosas arrugas y sus viejos recuerdos, añorando los años en los que fueron niños, contando historias del pasado a la nueva generación.
En el jardín, doblo una pequeña rama, estrangulándola, hasta tener en mis manos la rosa roja, un poco marchita por los bordes de sus pétalos. Aun así, sigue desprendiendo un acentuado olor relajante.
Toco con la punta de mis dedos las espinas, presionándolas un poco, hasta que rajan un mínimo mi piel, y aparto rápido la mano, riendo de mi propia estupidez.
Al subir a casa, coloco el vaso más bonito y adornado que tengo en el quicio de la ventana, con un poco de agua, e introduzco la rosa roja, dejando que el sol la bañe con una incesante luz de calma y paz.
Poco a poco, mientras inhalo el humo de mi cigarrillo, y cierro la puerta de mi cuarto, el día se vuelve gris dentro de esta solitaria y cálida habitación, llena de polvo, recuerdos, dolor, felicidad, alcohol y apuntes.
Sumo de nuevo la cabeza en territorios desconocidos hasta ahora, tratando de disfrutar de cada último segundo que miro por esa ventana, y veo como el día azul intenso y luminoso, apaga tanto mi corazón, como llena el de otros.
La rosa siente el tímido aire del viento, cada pequeña corriente a su alrededor. Entonces, de una ráfaga, el vaso cae, y la rosa se suicida ventana abajo. Ya no podré observar más el paso del tiempo sobre un ser tan vivo y tan inerte, porque esta vez, no podré contar los pétalos que ella derramaba por cada par de lágrimas que arrasaban mi rostro.

Texto agregado el 23-05-2009, y leído por 138 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
23-05-2009 Un recorrer situaciones para alegrar el espíritu , pero no fue positivo el resultado, vuelta a la esencia de ese día que solo necesita de tus lágrimas , esa rosa fué el pretexto , me encantó =D mis cariños dulce-quimera
 
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