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El oscuro cielo estaba nublado, amenazante e irritado, un relámpago centelleo a lo lejos, despertando mi atención como si se tratase de un mal presagio. Yo había llegado 19:05, a sabiendas de que aún era temprano para que marcaras, a las 20:00, tu tarjeta, por lo que decidí espontáneamente aquello que habitualmente solía decidir, cruzar hacia la acera de enfrente, y esperar a que salieras de trabajar, sentado en el ancho muro que hay detrás de la parada de autobús, allí me senté, como un indio, a rumiar mi silencio en tu espera.

Nueve días con sus nueve largas noches transcurrieron desde la última vez que nos vimos. Desde un tiempo antes de este último encuentro, nuestra relación se había tornado un tanto desfavorable, dolorosa, y honestamente, ambos sabíamos hondamente que estos días no eran siquiera una pésima sombra de nuestra profunda comunión espiritual, de nuestro feliz tiempo pasado. Pero pese a los días transcurridos y a la conciencia sobre esta realidad, sentí deseos de verte e invitarte a ir conmigo a mi casa, en esta fría noche invernal, así es que allí estaba, francamente despojado de la idea de un reproche, de cualquier insensata pretensión.
Miré fugazmente el reloj, que daba las 19:20, y recordé que afortunadamente, ese día, no había ido a trabajar, sino que había dormido plácidamente hasta las 10:00, y había tomado mi café, mientras leía algunos de los "artículos de costumbres" del ingenioso e incisivo, Mariano de Larra. Confieso que hubiese sido muy de mi agrado, mantener alguna vez, aunque mas no fuera, una conversación, con un hombre tan singular y sensitivo como él lo fue alguna vez.
Ya evaporada la mañana, y luego de comer algo, me vestí, calcé mis botas, y decidí ir al centro, a comprar algunos libros usados, de oferta. Conozco un par de librerías donde se encuentran textos fundamentales, imprescindibles, ecuménicos, en perfecto estado de conservación, y por un módico precio que me provoca una singular congoja, al saber tan pobremente amonedadas, antiguas y valiosísimas obras de arte literario. Pero para no regresar muy temprano a casa, bajé hasta la costa, y fui bordeando el mar, caminando incluso, un tramo por la arena. Estaba bravo el mar, con altas olas de agua turbia y espuma amarronada, propias de un tormentoso día como aquel, en un mar que es más bien estuario, hermoso paisaje que tocaba en sus confines, a un cielo melancólicamente gris y fatídico.

Buscando sobre las mesas, y entre los anaqueles de las paredes, encontré la exquisita obra de Ibsen, "Casa de muñecas", que se me antojo llevar para regalarte, luego, seleccione tres obras clásicas para mis tardes y mi biblioteca. Justo cuándo, satisfecho, me decido por pagar y retirarme, observo, mas precisamente sobre una de las mesas próximas a la caja, un cancionero infantil, que antes no había visto. Contenía partituras y letras, para tocar y cantar, acompañado de una guitarra, abarcaba villancicos, canciones de interpretación, con animales, con las estaciones, objetos propios de la ciudad, elementos vivos del campo, y cosas así. Tomé el cancionero, y casi instantáneamente, me poseyó fugazmente, la ficción de ser un padre, mi imaginación recreo esta misma silueta, con una guitarra en el regazo, una dulce y profunda voz, y recostada en su breve cama, una hermosa niña, atenta, complacida, expectante.
Cerré el cancionero, lo incluí en la compra, y volví nuevamente por la costa, hacia mi casa.
El resto de la tarde lo dediqué a ver caer la llovizna, que supo también ser algo mas severa de a ratos, en la intemperie. Así estube un buen rato, recostado en la cama, y observando a través del ventanal, a medias, dormitando, hasta que logró agobiarme la monotonía, o tal vez la carencia de cuestiones interesantes en que meditar, entonces, como un resorte descomprimido, recobré energías, y fui al baño por una ducha, para luego irte a buscar.

Eran ya las 19:47, cuando sentí a unísono, el arribo de un viento y un frío glacial, que redoblaban sus fuerzas, multiplicando sus intensidades, recibí entonces, en las extremidades y en la espalda, el penetrante y riguroso látigo de esta dura noche, de este insobornable clima. Al compás mandibular, mis dientes comenzaron a repicar, provocándome el deseo de verte salir más pronto aún, por esa doble puerta.



En un instante en que mi cuerpo todo ya casi temblaba, mi memoria evocó súbitamente aquel personaje de Hesse, "Siddhartha", quien en un fragmento de su dura y hermosa vida, decide abandonar su hogar, para irse a peregrinar con los samanas. Entregado en este lapso al ascetismo, aprende, entre otras cosas, a soportar la inclemencia del tiempo en la intemperie, a padecer las lluvias y el frío, a mantenerse pasivo ante el temblor de sus hombros y piernas, hasta que al fin, sometido a la voluntad, su cuerpo dejaba de temblar.

Me sobresaltó la ruidosa aparición de un motociclista, que circulaba por la mitad de la avenida correspondiente a mi acera, lo seguí inconcientemente con la mirada; llegó hasta la esquina, cruzó hacia la acera de enfrente, subió con moto incluida a la vereda, se estaciono y la apago, allí se quedo, sentado, limpiando con un trapo los marcadores de velocidad y combustible, y posteriormente, el frente todo del vehículo.

Miré el reloj nuevamente, eran las 19:59, bostecé, estirándome lo mas hacia arriba posible, me puse de pié, y sentí con dolor el entumecimiento de mis piernas, así que camine por mi vereda, hacia la esquina en dirección contraria a la del motociclista, sin descuidar con la mirada, la puerta por donde definitivamente te vería salir. Observe el cielo, y supuse que afortunadamente, si para mañana el clima seguía igual, no me vería obligado a ir a trabajar. Di vuelta al llegar a la esquina, camine quince pasos en retroceso, cuando favorablemente, te ví salir. Diste tres lentos pasos mientras abrochabas tu abrigo, te observe en silencio, sonriendo cándidamente, habían ya transcurrido varias noches desde la última vez, terminaste de abrocharte, y te quedaste parada, de brazos cruzados, miraste con signos de preocupación a ambos lados, algo en tu actitud me despabiló de un letargo, entonces comprendí en un instante, mi sino nefasto.

Diste tres pasos mas hacia adelante, volviste a mirar en ambas direcciones, el motociclista, también impaciente y de brazos cruzados, te vió y se sonrió, guardando silencio, tú lo viste enseguida, enarcaste las cejas, y brilló para él tu sonrisa fatal, marcándonos a los dos un destino, insobornable como la muerte.

Sentí un pulso en mi corazón, uno solo, en extremo más fuerte de lo habitual, luego ya nada volvió a la normalidad.


En tu trayecto hacia sus brazos, quise obstinadamente negar la realidad, pero sepulcralmente te le aferraste. Me supe entonces, abrazado por un duro sentido de la vida, mi amor tendió un lazo de humo, y tube ante mí, la atroz inexistencia de un retorno.



Comenzó a lloviznar, ambos de subieron a la moto, y te fuiste con él, para siempre. Tú nunca me viste, ya estaba yo sepultado por el frío velo del pasado.











Un frío otoño del ´09




Texto agregado el 19-05-2009, y leído por 126 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
08-12-2009 Hay algo maravilloso en los párrafos de comienzo y en los cinco ultimos que lo terminan, es algo armonioso que envuelve y encaja en ese dolor, en esa cortina de humo fatalista; no entendí bien lo del medio, como una transición o una narración hacia lo que pudo haber sido, pero muy bueno igualmente chikara
26-05-2009 Haz recreado todo el sentir de las horas previas a un encuentro fallido , ya se vive en ellas la incertidumbre manifiesta y es la resignación consabida la que lo acompaña y se puede sentir el dolor de lo vivido , muy bueno ---Tú nunca me viste, ya estaba yo sepultado por el frío velo del pasado---me conmovió =D mis cariños dulce-quimera
22-05-2009 wow...sin palabras me quede... sensacion extrania...dura.... Imaginaba cada paso que dabas, como si estuvieras enfrente mio y recordaba poniendote las botas...tomando tu cafe...por la manana.... Tu historia...triste, asi son slash los dos lo sabemos. A veces no abrimos los ojos a tiempo, necesitamos que la realidad nos pise....asi te sentiste....como nos sentimos todos alguna vez. Ella tambien lo va a sentir, EL CARRUSEL de la vida.....nunca para. Todos nos reponemos corazon, y volvemos a sentir y a querer. Y yo te quiero mucho, y te mando un beso gigante de aca a Uruguay! _poly_
19-05-2009 "mi amor tendió un lazo de humo"me gustó como resumiste todo en esa frase divinaluna
 
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