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La llave del recuerdo

No puedo detallar el mecanismo, la memoria no funciona como tal, supongo que el comportamiento que nos abarca es lo más parecido al de un insecto, como el escorpión de la fábula. Funciona, para que negarlo, y el poder atrapar un momento lo es todo. Ninguna otra cosa tiene sentido, lo tuvo, lo tendrá.
El hallazgo se produjo mientras caminaba, el pulso me alejó del espanto. Como quedarse dormido, como despertar, como entrar en un sueño, en otra realidad, en la realidad, la de ellos, la mía. Solo una fracción, sentir el segundo, volver a creer que siento. Desde el otro, no tenemos más. Sí, no soy el único, aunque uso el género sólo por costumbre ya que acá no existe tal, podría haber dicho «la única» lo mismo da. Lo utilizo para apresar el recuerdo del que fue. Aquel en cuyo cuerpo era yo, era hombre, desconozco el resto. Contra este presente constante de olvido es contra quien lucho. Cada recuerdo es un tesoro, y hay millones. Una orquesta de masas, un arco iris alienante, un murmullo ensordecedor, voraz. Seleccionar, recordar, ordenar. El sabor de una nuez, el olor a transpiración de un bebe, la frescura salada de una lágrima, el dolor de un entuerto, el frío de los pies sobre las baldosas. Orden, repetición, fijación. Con la disciplina de un instrumentista, con la fugacidad de un rayo. Sólo un instante, un chispazo. El resto solo pasa, se borra, deja de existir en el preciso momento en el cual sucede, sin tiempo. ¿Cómo registrarlo? De la estafa nace la impotencia, y todo se escurre junto con el cuerpo de aquel que no nos pertenece. La incapacidad nos devuelve a la soledad, a la carencia, a lo estéril. Desde allí sólo el recuerdo nos instala nuevamente en el otro.
Seleccionar, invocar el gesto exacto, no cometer el error que nos deposita en la misma mirada, en el anterior; el reflejo ilusorio del cristal lo confirma con toda su vanidad, doblado por ese actor que nos mira, nos imita, lo imita a él o a ella. Yo, no soy dueño, no hay yo. Funciona como un boleto cuyo destino esta fijado. Diferentes recuerdos, diferentes cuerpos.
He descubierto que el cuerpo de la mujer es más generoso, todo en ella es inclusión, no aprendí a amarlo en vida, a disfrutarlo, a entenderlo; en este estado de constante exilio, de navegante desvelado, de pasajero egoísta, me devora el ansia de permanecer en el amparo de aquel nido de abrazadores senos, de vientre suave, de vulva noble; un hogar, un regalo cálido, plástico, del cual enamorarse hasta el llanto, hasta el próximo.
No es igual el de este a quien le estoy dictando estas páginas, a quien regreso por periodos, evocando un recuerdo que él ya no recuerda. Me tiene paciencia, me escucha sin preguntarse porque su voz repite historias que no conoce. No lo juzgo, la soledad y el deseo no se hacen planteos. Quizás no se de cuenta del delicioso sabor que tiene cigarrillo que fuma, pero acepta este pacto intangible. No hay trance, ni exorcismo; me resigno a mi condición de inquilino, de prestado, de sombra de la sombra, en vida no fui audaz, porque habría de serlo en muerte. ¿Qué ya nada me puede pasar? No es así, no lo sé; prefiero esta comodidad, esta gota de rocío, a la ausencia.
Ya les dije, no soy el único, ¿por qué habría de serlo? Da lo mismo. Una vez de este lado ya nadie se somete a las leyes de la sociedad, no existe tal, sólo la codicia, la nostalgia del tiempo, la del dolor físico, la del instante de amor, de felicidad, esa que creíamos inexistente; la casualidad nos regala la operación del recuerdo, desde este la búsqueda de un presente; asfixiante sí, pero es lo más parecido a la vida. La multitud no me acompaña, me cruzo solo con su indiferencia, y me repito en ellos, sin tener siquiera la posibilidad de disputarnos la presa. El desorden es inexplicable, inimaginable. Hay cuerpos que están colmados, de transito fluido, en los cuales se puede entrar y salir; otros que son inalcanzables, habitados por animales poderosos que los protegen de cualquier intruso. Están quienes hablan con nuestra voz, aquellos que nos buscan tratando de explicarse la sinrazón, la infamia arbitraria. Los que nos recuerdan, y nos llaman. Los que nos imaginan con alas, con instrumentos de cuerda, con armas de oro. Todas las realidades son posibles pues la máscara, el disfraz, nos es impuesto desde fuera, un camino legítimo pues ya no hay un quien al que representar, con suerte sólo nos queda una memoria de otro, del que no volveremos a ver, a sentir.
Además de nuestro estado, si es propio llamarlo así, nos vincula algo muy parecido a la locura, una condición inevitable en la cual se puede permanecer hasta la idiotez, una adicción, una muerte dentro de la muerte; se trata de la capacidad de poseer completamente al que vive, vivir por un momento, no desde el recuerdo sino desde la realidad, contagiándole inevitablemente nuestra condición, matándolo por nuestra necesidad, con nuestra codicia. Hay quienes se acomodan en un lugar intermedio, el de la enfermedad, a veces se resignan y se van, otras no soportan la tentación y regresan a un mundo que sólo les concede un instante teñido de agonía; y aunque ésta es mucho más de lo que tenemos acá, carece de belleza. No existe el diálogo entre nosotros, la muerte es injusticia y avaricia; representada por el capricho de sus agentes que solo persiguen ese instante de vida que les otorga el último respiro; su estupidez y su ansia insaciable. No estoy seguro de no haber sido uno de ellos, lo niego, por el asco que me dan; pero no desconozco sus manejos, sus necesidades. Decidí que yo nunca fui uno de ellos. La mentira funciona.
Imagino que en algún instante ajeno me encontraré con quien alguna vez me amó. Eso me sostiene. Alguien alguna vez me amó. No lo recuerdo, pero necesito creerlo. Mientras, permanezco muerto, navegando en este exilio, atravesando la carne, disputándome un segundo; esperando que me convoquen aquellas que lo saben hacer, ellas, las que me atrapan y me permiten recordarlo todo, mis amadas. Sí, existen ciertas mujeres que se apoderan de esto que soy, me dominan e inmovilizan, no sé como lo hacen, pero sé que las anhelo, que las disfruto, que vuelvo a ellas cuando me dejan. Gozo de su perfume en la más infinita calma y le cuento la historia, lo que recuerdo de la historia; él la escribe.

Texto agregado el 09-05-2009, y leído por 114 visitantes. (0 votos)


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