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Algo le Pasa a Nicolasa

Hay algo extraño en Nicolasa. Su carácter sombrío parece haber cambiado radicalmente en los últimos días. Su vida parecía haberse estancado en una rutina insípida y aburrida. Sin embargo, ahora se le mira muy bien vestida y arreglada cuando sale a la calle. Sus ojos, que entonces lucían caídos y tristes, de pronto han recobrado gran parte de esa chispa que con los años habían perdido. Es notable reconocer que, desde hace unas semanas, su aspecto ha sufrido una interesante transformación. Y es que desde hacía algunos años no se le miraba así de contenta. Sí, algo raro le ha sucedido. Su cambio de carácter tan repentino, no puede ser solamente producto del cambio de estación.

Las antiguas y opacadas blusas de algodón, que en otro tiempo cubrían por completo sus brazos, han sido remplazadas por las de moda, con colores más brillantes y atractivos. Ahora muestra delicadamente la tersura de sus hombros, siempre ávidos de caricias. Los vestidos largos y anticuados, que anteriormente ocupaban la mayor parte de su guardarropa, han sido relevados por faldas cortas de piel color oscuro, mismas que dejan entrever la parte interna de sus piernas cuando camina. Las zapatillas de tacones altos con los dedos descubiertos, de pronto han desplazado a los viejos botines cerrados hasta el tobillo que antes calzaba. Las gruesas calcetas de lana que utilizaba, han sido substituidas por medias de nylon, dejando al descubierto sus hermosas pantorrillas. Sus pies menudos y delicados muestran, orgullosamente, sus graciosas curvaturas y contrastan con el color vivo del esmalte de las uñas.

Un viento fresco se abre paso, alegre y placentero, entre el tejido de las medias para acariciar nuevamente, y hasta ahora, sus bien conservadas piernas; esas que desde hace tiempo no conocen la sensación electrizante que provoca el pausado recorrer de una mano masculina. Una mano que sabe de verdad como acariciar: con maestría, sin prisas.

Sus vecinos la han visto varias veces muy temprano, haciendo ejercicios en el parque. Se le mira fuerte y vigorosa. La belleza que caracteriza a la mujer madura, por fin se ha manifestado en ella con todos sus encantos, y no parece tener recato alguno en exhibirlos. Su sentido del humor parece hacer recibido una transfusión de renovados ánimos. La vida comienza a sonreírle, y ella, por su parte, también parece corresponderle con otra sonrisa igual; tan amplia como contagiosa.

La ciudad también ha despertado y cobrado una nueva vida. Desde que la región donde ella vive ha comenzado a crecer, también ha traído consigo otras caras; gente nueva. El lugar se ha convertido tanto en afluente de personas distinguidas, como de otras de dudoso origen e intenciones. A Nicolasa se le ha visto entrar y salir muy seguido del edificio donde está la nueva clínica; ese que está cerca de la plaza y que alberga profesionistas de diversas ramas. Los varones que trabajan allí, lucen ostentosamente sus autos nuevos; y las chicas sus atrevidos atuendos. Ella ha creado lazos de amistad con algunos de ellos. Incluso se le ha escuchado reír a carcajada abierta; cosa que antes no hacía.

Con todo, su repentina felicidad no parece ser del agrado de todos los que la conocen. Los vecinos de Nicolasa la espían siempre, quieren saber qué es lo que ella ha estado haciendo y el porqué de su cambio tan sustancial. Se escuchan varios rumores en el vecindario. Las lenguas viperinas han comenzado a destilar poco a poco su veneno. Esa sonrisa que florece en sus labios, ha sido la causa constante de envidias y ácidos comentarios sin sentido. La insolencia de sus atrevimientos, ha ocasionado el alejamiento de los pocos conocidos que tenía. Cuando la miran pasar pretenden no reconocerla, pero bien sabe que si se alejan, es para no cruzarse con ella de frente. Al saludarles, ellos la ignoran. Pero al darse la vuelta, se da cuenta perfectamente que, de quien hablan, no es de ninguna otra persona más, sino que de ella misma.

Su risa, lejos de parecer agradable y contagiosa, a ellos se les antoja molesta, ofensiva y burlona. La siguen discretamente con la mirada y alertan el oído a sus pláticas. Al pasar cerca de ella, le han escuchado de sus labios un sinnúmero de alocadas expresiones: “lo he visitado mucho últimamente”, “creo que me he desnudado delante de él, más veces de lo que me desnude con mi propio esposo”, “tiene unos dedos muy gruesos, y en ocasiones me lastima”. ¡Seguramente que ellos han de ser sus cómplices en reuniones impúdicas! ¡Qué horror! Sólo son frases cortadas, pero tan insensatas y escandalosas como sus propias conjeturas. Sin embargo, eso es, tristemente, lo que los vecinos piensan de la pobre Nicolasa.

Ella, no obstante, los ignora. Al aproximarse a sus cuarenta años de edad, ha decidido prepararse para comenzar a disfrutar, a plenitud, la segunda parte de su vida. Ella ha preferido, por tanto, hacer caso omiso de los comentarios y las habladurías de la gente.

Por cierto, aunque le resulte desagradable, también va a seguir visitando regularmente, sin importarle lo que ellos digan… a su ginecólogo.

Texto agregado el 23-05-2004, y leído por 214 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
23-05-2004 un manejo impecable de la descripción. te felicito sduv31
23-05-2004 Muy bien texto, cuidadosamente escrito... Un buen ejemplo para quienes tienen miedo a violar sus propios principios por una moral vacía... Feicitaciones. ***** Saludos. Suriplanta
23-05-2004 Jajja buena sátira, un besito AnaCecilia
 
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