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Inicio / Cuenteros Locales / alghyrak / De donde vengo nadie nos mira

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En ocasiones tomo el autobús y me dirijo al centro de la ciudad. Mientras avanzo por el tráfico miro por la ventana la cantidad de cosas que día a día cambian sin que nos demos cuenta en lo más mínimo. Por analogía, aquéllas cosas son como el tiempo que cruza la avenida de mi alma dejando imperceptiblemente una huella. El diario de la rutina va pasando frente a mis ojos de manera furtiva. Sólo cuando lo observo con cierta contemplación recuerdo que cambia rápidamente. A veces es el vagabundo que con una mano al aire sostiene la miseria de su existencia, mientras que con miradas réprobas, los transeúntes le dejan a la suerte de algunas ciertas monedas. Aquellas llegan, por supuesto, como joyas exóticas que son resguardadas con el mayor de los recelos. Tal vez haya un ademán de agradecimiento, un leve gesto tan inexacto que se desaparece con la brisa. El vacío de unas palabras, entre aquél que acaba de pasar y dejar algún dinero, y el que queda sobre la acera, rodeado de la desgracia y la indigencia, apenas nos recuerda la leyenda del rey que por no querer tender la mano a unos de sus súbditos, vivió el resto de las noches atormentado por la pesadilla de perder ambos brazos, devorados por las hienas. La profundidad queda marcada por las horas y la distancia. En algún lugar de la ciudad, aquel hombre que creyó depositar una cuota de esperanza en la mano del vagabundo, vivirá el resto de sus días con cierta molestia en la conciencia. No por dejar de dar algunas monedas más, sino por el hecho mágico de arrendar algunas palabras de alivio luego del gesto. Volver al mismo sitio, pasar por el mismo lugar dónde vio por última vez al mendingo, deja un sabor de orgullo machacado. Prefiere no hacerlo. Prefiere quedarse en la comodidad de su casa, protegido por la intemperie de la naturaleza, y acordándose, vagamente, del otro cuando la lluvia viene y desbarata las calles de la ciudad. Pero hay un arte en todo lo que llamamos vida. Es el arte del oficio. Y el del vagabundo resulta ser el de más sensibilidad artística. No es nada más un hombre que yace en el suelo rodeado de la inmundicia que día tras días vaciamos a los canales existenciales de la ciudad. Es el otro, es el yo perfecto, el siervo prodigo, que desde su mirada ecléctica transforma el mundo con la corazonada del advenimiento. Como si en él viéramos la representación de un Jesucristo apóstata, pero certero. En ese momento, bajo del autobús y estrecho sus manos. Su sonrisa no puede ser más sincera. Sí, dice algunas palabras, conversa conmigo. Habla mientras su mano urgida aprieta la mía con el calor de la vida, de la existencia diaria, la que poco atendemos por sabernos veloces y breves en un mundo sin mediadores. Agita el brazo con euforia. Percibo su energía y candidez. Yo he sido otro vagabundo que he perdido el rumbo de las decisiones.






Texto agregado el 12-04-2009, y leído por 215 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-05-2009 Un excelente texto con ingredientes filosóficos. Felicitaciones. ***** venadita
13-04-2009 a veces basta un gesto para que todo cambie repentinamente divinaluna
 
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