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Cap. I La casa materna

Es imprescindible un ejercicio de mutación de la memoria y de las referencias actuales para poder acercarse al personaje; pertenece, además de a un tiempo, a una época de escaseces y necesidades de todo tipo hasta el punto de que, para tener acceso a productos de primera necesidad, cada familia disponía de una cartilla de racionamiento que facilitaba el gobierno, que nunca cubría las necesidades reales ni siquiera las cantidades estipuladas por la falta de producto que, a menudo, los mismos que se ocupaban de su regulación, desviaban al mercado de estraperlo mucho más rentable y sin ningún control de precios.

Hijo natural de Mª Luisa Fernández Boto, nació un 19 de Marzo de 1942 y en honor al Santo, le pusieron el nombre de José. Nació en casa y en la misma cama donde naciera su madre 25 años antes, en una zona montañosa, agreste y con terrenos empinados y de difícil aprovechamiento rural aunque rico en caza mayor y con importantes reservas de carbón, de cuyo subsuelo se iniciaban las primeras excavaciones. A los de su casa, todos los conocían por los de Casa Boto de Ciñera, pequeña aldea de dispersas y alejadas construcciones con capacidad para albergar a la familia, sus ganados y el esfuerzo de todos, como campesinos dedicados al pastoreo y cultivo de algunas huertas y praos en un paisaje triste, frío y solitario a pesar de contar con dos importantes vías de comunicación para desplazamientos por tren y carretera hacia Madrid y a la Capital de la provincia.

El clima de Ciñera es el típico de la montaña cantábrica, con temperatura templada y agradable durante un par de meses de verano y con frío, niebla, lluvia y viento la mayor parte del año, salvo los meses más crudos del invierno, con nevadas de más de 40 centímetros de espesor, que duraban varias semanas y les impedía salir de casa, lo que aprovechaban para arreglos de herramientas, aparejos y el escaso vestuario de la familia. Realizaban estos trabajos reunidos junto al fuego y cada uno en la tarea más acorde con sus habilidades desde los abuelos cuidando de los pequeños, las mujeres tejiendo, zurciendo y remendando y los hombres con todo lo relacionado con el ganado y las faenas de la hacienda, aunque en casa Boto, estas labores más delicadas no se volvieron a realizar desde el verano de 1940, cuando los dos hermanos menores partieron de casa: Mª Luisa a servir a Madrid y Recaredo al seminario.

José Fernández Boto “pepe el de ciñera pa tol mundo” era un tipo peculiar y muy avispado, donde los hubiera y su gran obsesión: las mujeres de la comarca –todas- Parte de esa obsesión parece que le venía dada de su falta de afecto materno, que su madre pasó a mejor vida ya en el parto y siendo hijo de soltera, quedó al cargo de la abuela y de su tío Andrés. Vivían en un caserón destartalado de paredes de piedra de casi un metro de espesor y con suficiente altura para albergar, en la parte baja, el corral y las cuadras del ganado y en la primera planta, al mismo nivel del camino, la vivienda familiar dividida en 5 cuartos de los que utilizan dos para dormir, el más grande para cocina-estar-comedor, otro para una segunda cocina equipada con despensa, horno de pan y cocina de leña donde asan las castañas y ahuman los chorizos de la matanza y el quinto, para aseo y limpieza personal equipado con una pila que hacía las veces de lavabo, un espejo, una alacena con útiles de limpieza y un agujero como desagüe que conduce directamente a la cuadra en el piso inferior. La vivienda ocupa poco más de la mitad de la planta y la parte más soleada, dedicando el resto para almacén de forrajes y alimento del ganado desde donde se les suministra la comida a través de cebaderos, situados encima justo de cada res; remata con el tejado, también de piedra a modo de grandes losas sobre una armadura de madera de castaño de suficiente altura y espacio para desván y almacén de trastos y cosas inservibles, pero que guardaban por si algún día se necesitaban.

Enterraron a la abuela cuando apenas contaba con 5 años y su tío Andrés, que andaba por los 38, asumió los cargos familiares y ambos siguieron en la casa, que compartían con tres vacas, un caballo, dos ovejas, un corral con una docena de gallinas y una gocha nodriza que paría cada año entre 8 y 12 marranos, de los que engordaban dos para la matanza y el resto para vender en el mercao que se celebraba en La Pola el primer jueves de cada mes.

Al cumplir los 6 años lo apuntaron a la escuela de la parroquia, pero no hubo escuela porque no se presentó ningún maestro. Era casi una suerte, que la escuela quedaba lejos, su tío ya empezaba a trabajar en la mina y en casa, no había quien se ocupara de llevar las vacas a pastar. Había más como él y todo lo que aprendió sobre libros y lecturas, se lo enseñaron pastoreando entre unos y otros y también su tío, que fue quien le enseñó a distinguir las letras y los números y todo lo que hacía falta para que no lo engañaran en los mercados cuando fuera mayor.

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Conoció a su otro tío Recaredo cuando hizo la primera comunión, que vino vestido de fraile y aunque no pudo decir la Misa por no haber terminado los estudios, ayudó en la Iglesia al cura de la Parroquia y fue el centro de las miradas de todos; su hábito blanco y la capa negra que lo cubría, transfiguraban su imagen a un ser superior, envidiado y admirado por todos y al que podrían acudir en demanda de auxilio si en algún momento era necesario, por el simple hecho de ser de la misma tierra y vecino en otro tiempo. Comulgó en un celebración colectiva de la parroquia con otros dos chavales y tres chavalas con los que apenas volvió a tener contacto y estrenó pantalón, los primeros zapatos, la primera chaqueta, la primera camisa con cuello y botones y la primera corbata; de diario vestía pantalones y una especie de camisón con mangas que hacía de camisa y jerséis de lana hechos en casa y de calzado, zapatillas, madreñas y botas de goma para ir con el ganado.

Hasta que lo llamaron para tallarse para ir a la mili, ya cumplidos los 18 años, apenas salió de casa y como no sobraba el dinero y eran largas las distancias, tampoco tuvo comunicación con otras gentes que no fueran las de los mercaos de ganado que se celebraban en la Villa, entre los que casi nunca había mujeres. Su vida estuvo marcada por la rutina de una vida tranquila y dedicada a las labores y trabajos con el ganado, del que dependía su propia subsistencia hasta en lo más personal y privado; el ganado les proporcionaba la leche, la carne, la calefacción para calentar la casa, el abono para la siembra y con la venta de algunos terneros y cerdos, el dinero para las compras y necesidades más urgentes. No era un trabajo duro ni pesado, salvo la hierba para el invierno que recogían a principios del verano, pero los animales comían cada día y nunca había descansos y se necesitaba estar siempre al cuidado de todo, con lo que tampoco quedaba demasiado tiempo para cocinar ni para la limpieza de la casa, cuyos desechos y la basura se echaban a los cerdos y a los perros y lo que no comían, directamente al fuego. La ropa la lavaban en casa de una vecina, que también se ocupaba de planchar las camisas cuando iban de feria y para comer siempre había lo mismo: pote de berzas y carne de la matanza, sobre todo tocino.

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Se presentó para tallarse en el Puesto de la Guardia Civil, donde fue atendido por el Comandante de Puesto que le hizo preguntas sobre la familia, si sabía leer y escribir, si trabajaba en algún sitio además de cuidar del ganado e incluso, si tenía algún plan para marcharse o cambiar de vida; no supo muy bien lo que tenía que contestar y se limitó a decir que vivía con su tío Andrés, que no tenía más familia que su otro tío Recaredo, que era fraile y solo lo había visto un par de veces y a encogerse de hombros sobre lo demás; le hicieron firmar un formulario con los datos y lo único que le dio tiempo a leer fue su nombre y sus apellidos y los números recién apuntados: 1,860 mts y 79 Kgs. El Comandante, también le informó de que podía librarse de la mili si entraba a trabajar en la mina.

Tardó varias semanas en comentar con su tío Andrés lo de la mili por la mina que le habían dicho en el cuartel de la Guardia Civil; tenían el problema del ganado y también el cuidado de las fincas pero más tarde o más temprano, cuando lo llamaran al cuartel, sucedería lo mismo o peor que, estando y viviendo en casa, entre los dos, podrían atender, si no todo, por lo menos los cerdos, las gallinas y una vaca para la leche. Le pareció que a su tío no le gustó demasiado aquella idea porque lo único que comentó fue que en la mina se trabajaba mucho, se ganaba poco y a los que no los mataba un costero, enfermaban de silicosis y en casa con el ganado no había tantos peligros; lo que tenía que hacer era echarse una novia, casarse y atender la casa y el ganado y que, con una mujer en casa, las cosas podían ser muy diferentes.

Le sorprendió sobremanera el parecer de su tío y se preguntó el porqué seguía soltero y no se aplicaba el cuento, cuando era el tío quién disponía de todo como si fuera el único dueño. Las relaciones con el tío, siempre fueron buenas en un sentido jerárquico de poder por parte del tutor-responsable y de sumisión y obediencia por la parte tutelada en un trato afable, cariñoso y familiar pero sin posibilidad alguna de disposición de recursos o de tiempo para uso personal fuera del ámbito de la casa familiar, salvo en los días de mercao que le daba algún dinero para comer de fonda o algún compromiso con los tratantes, vecinos o amigos de la zona; nunca dispuso para compras personales como ropa, algún capricho o la posibilidad de realizar alguna invitación a los amigos o alguna moza, si hubiera esa posibilidad. Lo que se compraba en casa para comer, para vestir o aparejos para los animales, siempre lo hacía el tío y si se vendía algo, también se ocupaba de cobrarlo y de administrarlo. Todo esto le dio para pensar durante varios días hasta que llegó a la conclusión de que su tío, lo que de verdad le estaba proponiendo, era que se casara para tener dos criados en casa: uno para cuidar del ganado y una para la casa y el cuidado de la familia.

En la feriona de mayo, aprovechó para indagar y comentar con vecinos y tratantes su intención de vender las vacas y entrar en la mina para librarse de la mili; había más como él y con las mismas intenciones: escaseaba población en las zonas mineras y para incentivar mano de obra, Las Empresas mineras habían firmado un acuerdo marco con el Gobierno por el que se dispensaba del Servicio Militar a los trabajadores con un contrato superior a 4 años, con la única obligación de dos meses de instrucción para el acto de Juramento a la Bandera en el Campamento de Reclutas de la Región Militar a la que perteneciera el recluta. Había unos plazos para cursar la solicitud antes de ser llamado a filas y aún tenía 6 meses de plazo para tramitar el expediente y encontrar trabajo en alguna de las Empresas que empezaban a instalarse en la zona y lo haría con el consentimiento o sin el consentimiento del tío Andrés, ya que desde que estaba con este nuevo proyecto, habían cambiado muchas cosas en su cabeza.

Tuvo algunas dificultades para encontrar trabajo debido a su estatura: era muy alto para trabajar “de guaje” (ayudante de picador) en las chapas de la “rampla” por donde se arrastra el carbón hasta la galería y no tenía experiencia ni conocimientos para labores más especializadas, pero al fin lo contrataron de ayudante de caballista. Había un mula que utilizaban para carga y reparto de postes y tablas para entibar las galerías y tres más, para el arrastre de vagonetas en las que se transportaba el carbón del interior de la mina a los cargues y lavaderos exteriores y por su experiencia con el ganado, le destinaron en las labores de arrastre, dentro de la mina.

Le habían comentado que era un trabajo duro, sucio y bastante peligroso debido a los continuos descarrilamientos de los vagones, a la mala ventilación que apagaba la luz de las lámparas de carburo con que se alumbraban y a la nula colaboración de los animales, resabiados de los palos y mal trato que recibían para conseguir jornadas de 10 horas sin un descanso y en condiciones extremas por la falta de luz, ruidos extraños y en un ambiente antinatural para su especie y que, a menudo, volcaba algún vagón, otros se salían de las vías y al pararse el convoy, la mula en un intento de no recibir más palos realizaba un sobreesfuerzo saliéndose de la vía, tropezando y a menudo, pataleando contra las mampostas de la galería, apagando los carburos y poniendo a todos en peligro por derrumbe o desprendimientos; era necesario mantener quieto al animal, volver las vagonetas a la vía y cargar y limpiar los raíles para que circulara nuevamente. Todo este proceso parecía fácil a la luz del día, pero imaginaba una tarea arriesgada y de mucho trabajo pero de momento, era su única posibilidad de empezar a trabajar ganando algún dinero y de librarse de la mili.

Quizá por su aspecto, por su estatura y también por su semblante templado y una mirada clara y tan amistosa como una sonrisa, no tuvo que soportar más novatadas que la de medir las vías con una viga de hierro de tres metros y con un peso cercano a los 30 kgs; sucedió al segundo día de trabajo y antes de iniciarse con lo de ayudante de caballista. Empezaba la jornada y recibió la orden de un barrenista barrigudo, con aspecto de matón y que presumía de ganar más que nadie por los metros de avance que conseguía cada día: tenía que medir la vía de la galería principal y tomar nota de todos los ramales a pozos, ramplas y zonas de carga que se encontrara: cogió la viga y empezó por la zona de descargue, unos 20 mts de la boca mina y todos quedaron mirándolo con caras sonrientes y comentarios por lo bajo, que interpretó como que aquello tenía gato encerrado; realizó el recorrido de las vías en la parte exterior hasta la boca mina, con un resultado de 6 puestas y ahí, espetó al barrenista: ahora sigue tú que yo soy ayudante y de momento, estoy contratado solo para trabajos en el exterior, lo que provocó un jolgorio general de risas y bastantes aplausos por su valentía, lo que a partir de entonces, se convirtió en muestras de simpatía y amistad por la mayoría de compañeros.

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Su tío Andrés llevaba algunos años trabajando el la mina pero evitó hablarle de su intención y a ser posible, buscaría en otra de los 3 o 4 chamizos existentes en la zona. Se acercó a la que llamaban de Don Benito, distante de su casa 5 o 6 Km. y la que contaba con más obreros. Por carretera había mucha más distancia, que quedaba en el siguiente valle, pero desde su casa era un trayecto corto por el que, a menudo, transitaba con sus vacas para llevarlas a pastar al monte desde el que, cruzando la cumbre y la parte más alta, enseguida se encontraba un zona de arbolado y en los primeros praos se emboquillaba la primera galería. Hasta la cumbre eran terrenos de su pueblo y desde la cumbre, de otra parroquia pero había un camino que utilizaban con el ganado y no hacía falta cruzar por ninguna finca.

Dejó las vacas y las ovejas en el monte y tal como estaba de madreñas, en pantalón de mahón remendado por las rodillas y la culera, camisa y a modo de pelliza, cubriendo los hombros y la espalda, una piel de oveja curtida en casa y muy eficaz contra el frío y la lluvia, se acercó a la mina para curiosear y enterarse de la manera de conseguir trabajo. Había 4 o 5 obreros como albañiles levantando una construcción rectangular bastante grande y a varios metros, la mina y alrededor, una explanada grande con bidones de chapa, dos o tres vagonetas nuevas y varias pilas de vigas de hierro y troncos de madera como los postes que se veían a los laterales y el techo de la boca mina; por el centro de la explanada, vías para las vagonetas con diferentes ramales: hacia el monte que utilizaban como escombrera, hacia lo que estaban construyendo y hacia una tolvas en forma de embudo sobre una estructura de hierro para el mineral aprovechable. Le acompañaba su perro que, al llegar a la explanada, se le pegó como si necesitara que hiciera de escudo ante un peligro eminente, aunque ni ladró ni se le erizó el pelo del cuello como hacía cuando el oso, los lobos u otros mastines merodeaban cerca. Los obreros no le prestaron ningún interés y si les vieron, seguramente pensarían que se trataba de algún lugareño y su perro pastoreando ganado como, efectivamente, así era.

Para el perro era un territorio hostil y desconocido por su comportamiento temeroso, quizá por los olores a petróleo y aceites industriales, de los que había algunas manchas por todas partes y el aroma pétreo, húmedo y denso a dinamita, a tierra removida y a rocas recién cortadas esparcidas como desecho por la ladera del monte, cubriendo la vegetación y ahogando la arboleda de hayas, robles, abedules y algún acebo, sobre los que chocaban, rompiendo y triturando la paraza o corteza que los cubre e impidiendo el paso de la savia, como delataban las hojas secas de la mayoría, todos de gruesos y robustos troncos, que arbustos y maleza ya estaban enterrados debajo del escombro.

Con su mejor predisposición y el perro con el rabo entre las piernas, se acercaron al grupo de albañiles y levantando la “guichada de arrear el ganado” a modo de saludo y con voz suficientemente alta para que le pudieran oír, preguntó que ¿a quién tenía que dirigirse para encontrar trabajo? Pararon y todos le devolvieron la mirada, contestando el que parecía con más autoridad que, si era para trabajar en la mina, eso dependía de Don Julio, el capataz, que seguramente estaría en la ancha, segunda galería y la principal, distante como medio kilómetro hacia abajo y donde también estaban las oficinas y los vestuarios y si era para trabajar como albañil, que dependía de él pero, en aquel momento, ya tenían completa la plantilla. Eran poco más de las 10 de la mañana y contaba con tiempo suficiente, por lo que dio las gracias y a continuación volvieron al camino con dirección a la segunda galería para tratar de ver al tal Don Julio.

El capataz era tan pequeño que le pareció que no podía ser el jefe: tendría sobre 40 años pero medía poco más de la mitad que él y era tan delgado que parecía un adolescente antes del tirón cuando ya empiezan a salir los primeros pelos de la barba, a pesar de lo cual se dirigió a él, con todo el boato y sumisión como pensó que utilizarían los monaguillos con los Obispos. Trató de encogerse para no parecer tan alto e incluso buscó colocarse en el nivel más bajo que le permitió el terreno desigual donde se encontraron; el perro como que casi le imitó y también adoptó una actitud sumisa y de respeto, poco habitual en su perro, pero que le agradeció acariciándole la orejas. Le invitó a pasar al interior del barracón que hacía las veces de oficina y vestuario almacén y solo le preguntó si había tenido alguna enfermedad grave y si, como pensaba, lo que realmente buscaba era librarse de la mili; contestó que esa era la causa principal pero que también buscaba mejorar su situación, que las vacas apenas deban para comer y a continuación y sin saber muy bien porqué, le resumió su precaria y anodina existencia, sin más familia que dos tíos, uno fraile pero al que apenas conocía y Andrés, con el que vivía pero sin otra relación que lo referente a las vacas, el trabajo en las tierras y los praos con tan escasos resultados para tanto trabajo que, todo aquello, no tenía mucho sentido.

Quedó sorprendido de la buena acogida que finalmente le dispensó el capataz, después de haberle asustado al señalar que era demasiado alto para trabajar en la mina, por lo angosto de las vetas de donde se saca el carbón, la mayoría de poco más anchura que la del propio cuerpo y donde se necesita agilidad y tamaño, más propios de niños-adolescentes que de adultos y de ahí la expresión de “guaje” para los ayudantes de los picadores, que bien pensó que no habría trabajo para él. Don Julio prestó y preguntó de su relación de trabajo con los animales, incidiendo con especial hincapié sobre el comportamiento de las bestias a la hora de aparejarlos, xuncirlos, atarlos y soltarlos en el establo y especialmente en la suelta por las mañanas o después del trabajo, en el sentido de si quedaban tranquilos y mansos o salían disparados, como huyendo de la situación anterior y también, de si necesitaba arrearlos a palos para que hicieran su trabajo. Contestó que normal aunque con el tío Andrés, salvo el caballo, al que cuidaba con especial atención para sus salidas a los mercaos, los animales tenían un comportamiento algo más brusco y menos obediente y que siempre pensó que se debería al mucho tiempo que pasaba con ellos. Quedó contratado y una vez firmados los papeles, el capataz añadió que el contrato y todo lo referente a la documentación de la mili estaría antes de un mes, citándole para el día siguiente para el reconocimiento médico. No se habló del sueldo, ni de las horas y los días de trabajo semanales. Empezaría a trabajar, como ayudante de caballista, el primer lunes del mes siguiente.

El día 3 de Octubre de 1960, le hicieron entrega de una funda de mahón de color azul, unas botas de goma, un casco de protección para la cabeza y una lámpara de carburo y le asignaron la responsabilidad, cuidado y alimentación de una mula de color pardo rojizo, mediana estatura y con rozaduras y heridas en casi todas las partes del cuerpo, con los que, a partir de aquel momento, realizaría su trabajo. Las botas le quedaban grandes y el mono de mahón, suficiente a lo ancho pero escaso para un cuerpo como el suyo pero lo puso, a pesar de la opresión sobre la parte más delicada de su anatomía, que resolvió haciendo un corte en la parte interior de las perneras que une con la parte del tronco y dando por suficientes los extremos de las mangas y de las piernas, ocultando las últimas con las botas y remangando las otras hasta el codo; lo de las botas tenía fácil solución a base de más pares de calcetos y el casco contaba con posibilidades de ajuste según el tamaño de la cabeza. Estaba habituado a la lámpara de carburo, que también utilizaban en casa, pero estaba bastante contrariado de que la mula rechazara sus intentos de acariciarla, ni respondiera a ningún estímulo de los distintos nombres y llamadas de voz que le dirigió: o era sorda, o no tenía nombre o no quería más que comer y que la dejaran en paz, fruto de las condiciones de vida y de trabajo de aquellos animales a tenor de las heridas y brutalidad con que seguramente realizaban su trabajo.

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Todos hablaban del peligro y la dureza del trabajo en la mina y no había mucha más diferencia que la falta de luz: el trabajo en el campo era constante desde que amanecía hasta la noche y sin más posibilidades de descanso que algunas horas de noche o cuando estaba todo nevado y no había manera de salir de casa; tampoco se podía dormir si había alguna vaca de parto, merodean los lobos o de pronto, se levanta un temporal de truenos y viento, por el ruido de cadenas, gemidos, bramidos, patadas e impaciencia de los animales intentando soltarse para buscar acomodo y refugio más seguro. Para que las vacas tuvieran comida, además de lo que pastaban en los montes y los praos, era imprescindible la hierba seca, el maíz y la paja y también, el estiércol para la siembra de huertas y tierras, de la mezcla de excrementos y la cama seca sobre la que dormían a base de toxo, felecho y maleza del monte; siempre faltaba tiempo y nunca se llegaban a realizar todas las labores que requería aquella casa de labranza, necesitando de ayudas externas para la cosecha. Y había peligros por todas partes: de los animales, por muy mansos y tranquilos que parecieran pero había que atarlos, sujetarlos y obligarlos con tareas de carga y de tiro para transporte de carros y arado de tierras; rasguños, cortes y hasta amputaciones involuntarias, por cuchillos, hachas, guadañas y herramientas de trabajo en labores de siembra, siega y en la matanza para hacer chorizos y llenar la despensa, sin contar con picaduras y mordeduras de insectos, reptiles y alimañas que habitaban en el mismo territorio.

La mina tenía el peligro añadido de la falta de ventilación y la difícil localización de zonas de posible derrumbe por realizar todos los trabajos e inspecciones con la única ayuda de lámparas de carburo sin apenas campo visual, pero había un horario, un salario y no se trabajaba los domingos.

Pasó el primer mes en la 2ª Galería y principal, realizando trabajos de peón con los barrenistas y dinamiteros, cargando escombro, colocando vías y aprendiendo el manejo de las mulas en la mina, donde pudo entender las heridas, los roces y el estado calamitoso de los animales, que ni aceptaban la cercanía del fuego al intentar equiparlas con la lámpara de carburo para iluminar el trayecto de vía a seguir, ni manera de introducirlas en la oscuridad de la galería, que conseguían a base de palos en los primeros trayectos de la mañana y por cansancio, a partir de algunas horas de trabajo. Los animales realizaban un gran esfuerzo, sudando a borbotones por momentos y con largas paradas en los descarrilamientos, con enfriamiento rápido por las corrientes de aire y la temperatura media de aprox. 18º del interior de la mina, que añadía su aversión y rechazo hacia todo aquello. Bautizó a la mula que sería su compañera de trabajo, con el nombre de Bonita y siempre mencionaba su nombre para cualquier instrucción, caricia o acercamiento y no le ponía el capacho con la cebada hasta recibir algún gesto de aprobación amistosa; al mes, ya había relajado el nerviosismo y hostilidad del principio y cada día se ocupaba de limpiarla, cepillarla y alimentarla, que disfrutaba de unos días de descanso para restablecerse y recuperar fuerzas antes de reiniciar juntos el trabajo en la 3ª Galería

Iniciaban la jornada con un toque a modo de campana, de un rail de hierro colgado a la entrada del barracón, después de que el listero comprobara nombres y número y no se finalizaba hasta que todos salieran del interior de la mina. No había taquillas o compartimentos individuales para duchas, ropajes y enseres personales, aunque eran habituales las roturas y desgarrones de la ropa de trabajo por el esfuerzo, los desprendimientos y los roces debido a la falta de luz y habitualmente, todos salían mojados de las múltiples goteras y manantiales por todas partes del interior de la mina, para lo que disponían de un compartimento con estufas para el secado, colgando de los ganchos amarrados en el techo y sobre los que, mediante un entramado de cuerdas como en los barcos de vela, se podían desplegar cantidad de prendas. La mayoría, como él, eran campesinos y salían con prisa para poder llegar a casa y continuar con el ganado y el cuidado de las fincas, con lo que no disponían de tiempo para la ducha, sin agua caliente la mitad de las veces, limitándose a un lavado superficial de las partes más visibles, con lo que muchos llegaban a sus casas con la cara tiznada de carbón, las ropas como harapos y con olor húmedo a piedra molida, que más que trabajadores con salario, daban aspecto de mendigos harapientos, que contrastaba con los que no disponían de tierras, casa, ni ganado y sí disponían de tiempo para el aseo. Desde la primera semana, que empezó a descubrir las sensaciones de la ducha, pensó que era más importante la imagen y el bienestar personal que las prisas y el ganado.

Su primer sueldo ascendió a 2.936 Pesetas, incluyendo un extra para domingos y festivos, por desplazamiento y alimentación de la mula; no era mucho pero si comparaba, bastante más de lo que conseguiría en su casa con el ganado.

Texto agregado el 22-02-2009, y leído por 250 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
24-02-2009 PEPE EL DE LAS TEAS! marxtuein
 
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