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El Colorado Pirsin... / CAP. 2


Quien diría que una mañana Lucas Pirsin, el colorado para muchos, cobraría tal fama en el pueblo. En las escuelas, en la iglesia, en sobre el final de cada misa, en la puerta misma del cielo abierto frente a la plaza.
Durante mucho tiempo se hablo de manera única y exclusiva del tonto, el bobo, y por ultimo, del desaparecido. Sobre lo sucedido aquella tarde, como de su persona y tan repentina desaparición, se tejieron las versiones más disparatadas y graciosas.
El suceso aquel dibujó un surco en el pueblo separando a quienes lo creían inocente de los que no.
A los que oraban todos los días de los que no. Nada había sido robado, ni un pertrecho, ni una lámpara. Hubo días en los que el parador se transformo en un verdadero infierno de conjeturas y veredictos inobjetables, algunas viudas se lamentaban en una mesa, mientras alguno las miraba y sonreía para si.

El camionero que bebía de un vaso el vino tinto de la casa, masculló entre dientes, sobre el trozo de carne cruda que se retorcía en el plato, que al tipo ese lo vio ruta al norte, unos kilómetros antes de Vicuña Mackena.
Al mismo tiempo, otro, sentado frente al mostrador, parloteaba sobre una supuesta pelea con el mismo personaje pero en La Maruja, otros tantos kilómetros de ahí hacia el este. El de la mesa siguiente se reía por lo bajo mencionando que aquel en realidad estuvo por Serrano.
-Ese!... ese anda por La Zanja! - gritaba un tanto mareado un cuarto hombre. Este se encontraba perdido y completamente borracho, mas tarde lo abandonarían a un costado de la ruta que apunta a Vickuña.

Todos aseguraron haberlo visto en la misma noche, sobre la misma hora.

Al igual que todos los vecinos, a la mañana siguiente los camioneros desaparecieron cual Colorado Pirsin, cada uno hacia el destino de sus cargas.

Los estallidos en la madrugada deformaron más que la inmortal y pacifica vida en Huinca Renanco.

El cura del pueblo se preocupo un poco, pero muy poco. De tanto en tanto lanzaba una oración por el alma de aquella oveja perdida, para él, completamente descarriada.
El rastrillaje en las aguas del lago distante unos kilómetros del pueblo corrió por cuenta de unos chicos acalorados y aburridos que aquel diciembre del año 95 no tenían mejor cosa que hacer. A orillas del lago se hincaban unas cruces de troncos secos de las que colgaban unos paños blancos, secos.

Las estrellas junto a la sombra / Cap. 3

Lucas pauso su maratónica huida al ver que su figura era dibujada sombría y aletargada sobre el asfalto y que apenas era visible debajo de unas constelaciones graciosas e inquietas. Su sombra se camuflaba con la de los eucaliptos longuilineos y fantasmales junto a la ruta. Para ese tiempo, poco le importaba la dirección que había tomado, en el espacio La Osa Menor corría de un lado a otro bajo la atenta mirada de la Mayor.
Lucas siguió cautivado por el circo celestial desatado en el silencio; jamás pensó que unos kilómetros atrás, las luces anunciaban el principio de su leyenda.

Mientras, dentro del inmenso cuadrado de Pegaso, florecían millones de pequeñas estrellas, para entonces, la Osa mayor había logrado capturar a su traviesa hermana que en sus correrías desviaba cometas apuntándolas directamente al patio interior de Pegaso.
Luego de un profundo suspiro, Lucas lanzo una pequeña carcajada, haciéndose así cómplice de la pequeña Osa. Observo que todo a su alrededor era admirablemente pacifico. su respiración se mezcló con los sonidos que se desataban detrás la línea desde donde emergía el campo. Devolvió su mirada a la vasto del cielo, sintiéndose pequeño. Aquí, era parte de todo y de nada a la vez. Unas luces violetas surcaban las colinas que había logrado atravesar.

Decidió que aun no era tiempo de facilidades arrojándose sobre unos pastizales. Sobre ellos, esperaría a que el camión desvencijado y somnoliento navegara sobre la próxima elevación para marchar nuevamente bajo la noche que lo cobijaría por otro buen tramo.

Recostado entre los matorrales observó que la menor de las osas se había escapado, esta vez, la veía enredando la cabellera de Berenice. Sonreía, el viento se enredaba sobre su rostro mientras el camión lo sobrepasaba lentamente. De los esteros rayanos surgía una variada gama de sobrecogedores sonidos, pero a esa hora, ya nada podría asustarlo, un rato antes estuvo conversando amigablemente con la muerte y esta lo había dejado partir con la promesa de una próxima cita.

Recordó el momento en que las llaves comenzaron a hurgar en el cerrojo y el picaporte se torcía espaciosamente hasta darle paso a una brisa transpirada. Recordó los ojos abiertos y brillantes en la oscuridad de la mujer arrodillada frente a el. Surcó el tiempo para sus adentros y encontró que nada de lo vivido lo ligaba al pueblo.

De pronto, la mayor de las osas le guiño un ojo, la menor le lanzo una mirada tierna, esta se encontraba retozando boca abajo, y las dos al mismo tiempo extendieron sus brillantes garras invitándolo a subir hasta ellas para jugar. Despertó sobre el amanecer.

Luego de un buen par de bostezos reconoció el camino que había tomado en su huida. Este lo encaminaba hacia el pueblo de Vicuña Mackena, desde ahí podría desviarse hacia cualquier punto. Al entrar al pueblo, una jauría de perros, liderada por un viejo ovejero alemán, comenzó un discurso de gruñidos amenazantes bastante cerca de sus tobillos.

Ante la inminencia del ataque, se dispuso a la lucha. Sorteó al primero, otros dos, más pequeños, lo acechaban por detrás, el cuarto logró arrancarle un trozo de zapato, los restantes se le arrimaban por los lados. La lucha era despareja, luego de varios tarascones, calzó de una patada en las costillas al ovejero quien era el más osado, los demás recularon automática e instintivamente. Así se gano el derecho a cruzar aquel pueblo desarmado entre los vientos de una pampa seca. Los ladridos que precedieron su próximo paso por el pueblo anunciaban con cierta ira y resentimiento quien reinaba en esa madrugada. A los habitantes de aquello tan silencioso la lucha no había logrado sacarlos de su letargo.

Llegó al cruce de rutas donde habitualmente se estacionaban camioneros novatos, en general perdidos. Caminó hasta los que se encontraban alrededor de una fogata contenida entre unas piedras, sobre el fuego colgaba una diminuta pava oscura. Estos rodeaban al fuego, susurrantes; como la pequeña radio a pilas que colgaba del inmenso espejo retrovisor de uno de los camiones.

Texto agregado el 15-02-2009, y leído por 167 visitantes. (0 votos)


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