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Estuvo observando a un hombre joven, de aspecto sobrio, vestido con ropa gastada y arrugada. Estaba inmerso en la lectura de un libro pequeño – casi un cuadernillo – arrugando el ceño, completamente aislado de todo, como si su lectura lo mantuviese en una burbuja invisible. Estuvo en la misma posición por varios minutos, cambiando la página mecánicamente casi sin mover un músculo. Sin embargo, hubo un momento en el cual no cambió de página, sus ojos se instalaron como en una sombra detrás del libro, sin leer nada pero viéndolo todo. Instantes después, cerró el libro de golpe y volteó a ver a un hombre que había estado dando vueltas por la tienda, fijándole los ojos mientras se acercaba rápidamente. “Tenga”, le dijo en seco, y le azotó el libro en su mano. En la portada, con letras grandes y blancas leía “El banquero anarquista”. “¿Para qué me da esto…?”, le preguntó, pero el otro ya se había marchado y caminaba, casi trotando, hacia la salida del centro comercial. Casi inconsciente todavía del episodio del cual había sido partícipe, se dirigió al mostrador y compró el libro que apenas sostenía en su mano, como si tuviera un pececito recién sacado del agua, todavía revoloteando en su mano. El joven hombre saldría corriendo del centro comercial y aceptaría el nuevo puesto que le había ofrecido el director del banco, renunciando al viaje que iba a emprender en unos días con sus compañeros universitarios, en el cual suponían ir a la zona sur buscando unirse a la lucha revolucionaria. Se casaría con una muchacha de orígenes españoles con la que tendría dos hijas que llamaría Lidia y Neera. Sería nombrado director ejecutivo del banco a sus cincuenta años – el más joven de la historia. Sin embargo, durante la gran ceremonia, una llamada por teléfono le anunciaría el secuestro de su hija más pequeña. Renunciaría a su trabajo y durante los siguientes ocho meses no saldría de su casa, hasta que una noche, luego de no saber de su hija, o de sus captores, por más de siete semanas, abriría un pequeño cajón en lo más alto de su armario, sacaría una única bala y un revólver, y se mataría. Su hija nunca regresaría a casa.

Texto agregado el 19-10-2008, y leído por 134 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
19-10-2008 MUY BUEN TEXTO UN ABRAZO... GRANDE sapoeta
 
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