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"Del Otro Lado"

No sé con qué tropecé, pero puedo sentirme caer al suelo como la piedra de una catapulta, y sé que el golpe será terrible. Las manos no pueden protegerme. El suelo desgarra la piel de mi rostro en un punzante ardor mientras el olor a sangre tibia inunda mis sentidos. No tengo tiempo de sentir dolor, están detrás de nosotros.

- ¡Cuidado Teniente! - el grito reverbera en mi cabeza. Alzo la vista y bajo el marco de un cielo anaranjado parece cruzar volando un soldado sobre mí, me incorporo con furia y pavor arrancándome el guardapolvo que queda hecho jirones enganchado en el piso, ahora la sangre gotea espesa sobre mi uniforme e insignias, la cabeza aún me da vueltas pero corro tambaleante hacia la oscura puerta metálica que se está cerrando.

- ¡Alto Soldado! - grito aterrado pero como un rugido.

Pesadamente se detiene y vuelve la vida a mi cuerpo mientras la cruzo a su interior. Recién ahora me atrevo a mirar atrás. No puedo soportar lo que veo. Mi enorme sargento parece un gigante de pie en medio de una marea de seres cadavéricos y harapientos que trepan sobre él descarnándolo vivo con sus huesudas manos. No conozco a nadie tan fuerte como él, toma uno con sus manos y lo quiebra como si fuera de madera, pero son cientos. Los soldados junto a mí siguen desesperadamente empujando la puerta. No los detengo. Ya es tarde. Lo último que alcanzo a ver es la expresión de dolor y pánico en su rostro mientras se hunde en esa asquerosa maraña de muerte. La puerta se cierra y con ella cierro mis ojos. No puedo evitar que vengan a mi mente recuerdos de la ternura en los ojos del “Gigante” sosteniendo en sus brazos a su bebé junto a su esposa.

Los terribles golpes en la puerta me traen de regreso ¡Malditas bestias! Pero solo una oleada de gritos en su primitivo idioma que no comprendo se filtra por el lintel. No podrán entrar.

Miro frente a mí y veo los ojos aterrados de la obesa doctora que, sobre su acalorada y regordeta cara, parecen desorbitarse saltones tras sus gruesos lentes. A “Manzanita” la conozco desde hace dos años y no puedo entender como la pobre gorda a logrado llegar y entrar primero.
Con los dos soldados solo quedamos cuatro.
¡Mierda! Mi arma no está. También la perdí en la caída. Solo uno de mis soldados tiene la suya. Los tres me miran expectantes. Tengo que tomar el control.

- ¡Rápido, Todos! ¡No hay tiempo que perder, debemos llegar al Sector Este antes de que sea demasiado tarde. Tú, con el arma, irás al frente, y tú a la retaguardia. Usted doctora no se despegue de mi espalda.

Los oscuros corredores vacíos cubiertos de vidrios rotos muestran a sus lados salas desiertas inmersas en un silencio espectral. Me es difícil reconocer los laboratorios en los que llevamos trabajando estos últimos dos años, solo sigo deprisa la opaca figura que zigzaguea veloz entre este laberinto de pasillos. A mis espaldas siento el jadeo entrecortado y los constantes manotazos que Manzanita me lanza tratando de no perderme. En esta oscuridad y tras esos gruesos lentes debe estar ciega como un topo.
Delante de mí la sombra salta sobre unos bultos en el suelo, yo también, pero piso sobre un charco viscoso mientras siento como la doctora se cuelga de mi uniforme y me jala hacia abajo. Ella no los vio, y recién ahora me doy cuenta que estamos revolcados entre los aún tibios cadáveres de nuestros colegas destrozados. Los reconozco. Son mis amigos. Y esa grotesca mezcla de gemidos repulsivos que estas bestias utilizan como idioma inunda el corredor. Trozos de vidrio destellan en sus asquerosas manos mientras se lanzan sobre nosotros como una marea de muerte.

El arma de mi soldado desprende estruendosos flashes que iluminan y enceguecen el horror de la masacre. Formo parte del caos. Aterradores y pequeños ojos brillan agazapados dentro de enormes cuencas en sus grises rostros casi sin carne en un frenesí salvaje. Me abro paso con furia entre lo que parece un voraz enjambre de destellantes luciérnagas que al chocar conmigo en la oscuridad filosas cortan mi uniforme y carne, pero no me detienen, logro ganar la bifurcación libre del pasillo y corro desesperado.
Los desgarradores alaridos de dolor de Manzanita parecen perseguirme por detrás, pero no puedo ayudarla. Son demasiados. El pánico me vuelve veloz como un rayo atravesando pasillos y corredores. Los gritos se van desvaneciendo a mis espaldas. El corazón está por estallarme y me desoriento. Ya no sé donde estoy. Me detengo y entro en una de las salas. En vano trato de cerrar la puerta, ya ha sido forzada.

- ¡Dios mío! ¡Han muerto todos! - no puedo evitar decirlo en voz alta y llevarme las manos ensangrentadas al rostro. Las piernas se me aflojan y caigo de rodillas sollozando.

Eran mi gente. En estos años de arduo trabajo, codo a codo, compartimos metas y logros, y mucho más que eso, compartimos nuestros sueños y anhelos, al punto de sentirnos una familia, y ahora sus cuerpos mutilados vienen a mi mente torturándome.

Un áspero gemido incomprensible brota a mis espaldas helándome la sangre. Ya no tengo fuerzas para luchar. Soy el último. Solo me entrego inmóvil a la muerte. ¡Por favor Dios que sea rápido!
El gemido se repite más fuerte, pero… nada sucede. Tembloroso, giro lentamente escudriñando aterrado las penumbras de la habitación. Debajo de la camilla, con el guardapolvo blanco oscurecido de sangre, un enfermero estira su mano hacia mí tratando de articular palabras que no logran escapar de su garganta. Se desmaya.

Ya no sé cuanto tiempo llevo sosteniéndolo en mis brazos. Pero no estoy solo.
Lo conozco. Él me ha asistido en muchos de mis estudios. Está muy herido. Ajusto el vendaje en su pierna y deja de sangrar. Débilmente abre los ojos y lentamente los dirige a los míos.

- Hola teniente - suspira mientras una sonrisa ilumina su cara.

No me daba cuenta pero también estoy sonriendo.
Me sereno.
- ¿Qué pasó? - le pregunto susurrando. Las bestias están cerca y no quiero alertarlas.
Aspira profundamente y con voz apenas perceptible me dice:

- Cuando sonó la alarma quisimos escapar pero ya era demasiado tarde. Nos interceptaron en el pasillo. Estábamos desarmados. - su voz es apenas un hilo - Fue una carnicería. Esos malditos engendros salían por doquier despedazándonos con saña como una jauría de lobos hambrientos. - tiembla tartamudeando. Siento pena por él y trato de reconfortarlo.

- No te preocupes. Yo voy a llevarte al Sector Este. Allí estaremos a salvo.-

Sus ojos se abren enormes mirándome asombrado.
- Ya estamos en el Sector Este. Ellos tomaron todo el complejo.-

Sus palabras son como una ola helada que me obliga a entrar en razón, me enfrenta a lo inevitable y una vez más la muerte inminente resigna mi alma.

- Entonces es solo cuestión de tiempo para que nos encuentren.- le digo con una paz que ni yo mismo comprendo. Él entorna sus ojos mirándome como quien recuerda algo.

- Sobre… En el depósito de la cocina hay una tapa trampa sobre el techo con una escalera que comunica al exterior. Se usaba para bajar combustible aunque ya hace años que no se utiliza.-

Mi corazón se desboca. La sangre hincha mis venas y una fuerza nueva fluye por mi cuerpo.

- ¿Por dónde? - le pregunto entusiasmado mientras lo ayudo a levantarse sujetándole un brazo sobre mi hombro y tomándolo con mi otro brazo de la cintura. Uso todas mis fuerzas para sostenerlo a mi lado. Él apenas toca el piso rengueando en una pierna.

El silencio es espectral en estos tétricos pasillos que parecen reinventarse infinitos.

- Es aquí.- me susurra. Pero la sólida puerta está cerrada, a su lado una pequeña ventana interna deja ver una gran cocina iluminada solo por reflejos de sus blancas paredes. Guiando mis ojos con su mano me señala en su interior.

- Detrás de esas estanterías está el depósito.-

Me afirmo y abalanzo con todas mis fuerzas sobre la puerta para romperla. Ella ni se inmuta, pero yo siento a mis huesos descalabrarse y reacomodarse en mi interior.

- No va a ceder… Tendremos que romper la ventana - me dice señalando un extinguidor sobre la pared que en solo unos segundos esta cruzando por el centro del grueso vidrio sellado que se resquebraja en un estruendo, quedando solo puntiagudos trozos sujetos en todo su contorno.

Este sonido es un llamado irresistible para las bestias. Ya puedo escuchar sus gritos que se acercan. No hay tiempo. Apoyo mi mano y salto ágil a su interior. El profundo corte en mi palma es solo una gota más de dolor que se funde en el torbellino de agonía que es mi cuerpo.
La horda de seres inmundos comienza a fluir de la oscura profundidad del pasillo. El enfermero se desespera y mete medio cuerpo dentro de la cocina apoyando el estómago sobre los filosos cristales. Trato de alzarlo para ayudarlo a entrar, pero una docena de asquerosas manos lo jalan hacia fuera. Los vidrios clavados en su abdomen le están desgarrando las entrañas. Aullando de dolor me suplica.

- ¡Suélteme! - y ya sin resistencia la horda parece tragarlo.

Giro desesperado y corro hacia el depósito. Veo la escalera contra la pared que se pierde en un negro hueco en el techo. Me aferro a ella y trepo (Ellos están tras de mí). El hueco se vuelve tan oscuro que ya no veo. Un terrible golpe en la cabeza hace cimbrar mis sesos. Todo me es confuso. Mierda, golpeé contra la enorme tapa metálica que cierra el pasaje. La empujo. No abre. Me desespero y la golpeo, resuena como un gigantesco tambor pero aun así no abre. Tanteo a ciegas sus bordes y reconozco algo. Un enorme pasador. No tiene candado pero está durísimo y se patina pegajoso de mi mano. Me duele como un demonio, debe estar sangrando a chorros (Ellos están tras de mí). Las palabras del enfermero vienen a mi mente.

- (-…ya hace años que no se utiliza.)-

¡Mierda! No corre. Debe estar oxidado. Lo golpeo. Mi mano destrozada ya es inmune al dolor. Al fin se desliza. Empujo la gran tapa pero igual no abre. Parece sellada por el oxido (Los oigo debajo de mí. Están subiendo).

- ¡No, no puedo morir así!... ¡Tan cerca!... ¡Tan cerca!-

Esta vez no me resigno, sigo golpeando frenético la tapa metálica. El ensordecedor ruido parece enardecerlos aún más, y ya puedo sentir sus gélidas manos jalarme hacia abajo.

- ¡Dios ayúdame!-

En un estampido metálico se levanta la tapa sobre mi cabeza, y de la blanca claridad que me ciega, una mano se aferra a la mía y me jala al exterior.
Los gritos cesan y las bestias quedan enmudecidas observando inmóviles al final del hueco. Mi visión se aclara y miro eufórico a quien me ha salvado.

Por su uniforme puedo reconocer que es un oficial enemigo, pero eso no opaca mi felicidad, él es un soldado como yo. Conozco su idioma desde antes de la guerra, y quiero agradecerle hablándole en su lengua.

- ¡Gracias! ¡Gracias! Le agradezco haberme salvado. Estas malditas bestias masacraron a todos dentro del complejo.-

El oficial estira el cuello y mira dentro del hueco a las bestias que comienzan a gritar al verlo. Levanta la vista y me observa frunciendo el ceño. Parece no entender. Yo creo estar hablando correctamente en su idioma. Trataré de ser más claro.

- Aquí estaba emplazado un centro de estudios científicos donde se realizaban todo tipo de investigaciones médicas con el fin de enriquecer los conocimientos de la humanidad. Pero cuando ustedes atacaron el campo hubo una rebelión en masa de los individuos en estudio. - (Me doy cuenta de que no me he presentado).
- Discúlpeme - le digo pegando mis talones, sacando pecho e irguiéndome firme como corresponde - Soy el Teniente Hofmann, segundo a cargo del Instituto de Experimentación de este campo de concentración dirigido por el Doctor Josef Mengele. -
Los malditos judíos siguen gritando dentro del foso a mis espaldas, y no entiendo porqué la expresión de desconcierto del oficial americano se endurece y con un veloz manotazo me empuja hacia atrás (¿Por qué?).Trato de sostenerme de él pero los botones del cuello de su uniforme se desprenden y me desplomo hacia la muerte (¿Por qué?).
Mis ojos incrédulos se enfocan en un pequeño reflejo que en este último segundo veo oscilar brillando fuera de su uniforme abierto. Una estrella de seis puntas… ¿Una estrella David?



Texto agregado el 23-07-2008, y leído por 499 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
16-05-2014 Aaaaah!!! Qué giro más bestial. Qué manera de jugar con las emociones. Estás en vilo, deseando que se salve, te zambulles en las escenas, vives su pánico, quisieras darle parte de tus fuerzas para que pueda salir adelante y escapar de esos monstruos (zombies, piensas...), y de repente... consigues con sólo mencionar un nombre que todo se vaya al garete. Simplemente un relato fabuloso y estremecedor. Ikalinen
08-07-2013 Hola! Me ha parecido una narrativa espectacular, cautivadora. Pensé que derivaría en ciencia ficcion (por un momento sentí que era una descripción de Resident Evil) pero te decantaste por la cuestión histórica. Me hubiera gustado que profundizaras en los rasgos de la miserable condición humana, ya que se presta este relato muy bien para ello. Te felicito. dromedario81
11-01-2010 Está muy bueno. estuve pegadísimo al relato todo el tiempo. Gracias por leer el mío.BUENISIMO GoNzALOST
20-12-2008 No lo leí. Me lo tragué, y conforme lo iba leyendo me pareció ver una película. Te ganarías muy bien la vida como guinista en Holliwood. Genial margarita-zamudio
18-12-2008 100 * ejercitodelaverdad
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