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-La puta, tan machazo que era el padre, que como semental cubría a quien se le pusiera enfrente. Y no era tanto que él las buscara, ya la voz se había corrido y eran las mismas féminas las que llamaban a su puerta. No vayan a pensar que sólo las casquivanas; también lo perseguían para inaugurarse con él las chùcaras, las que no habían sido tocadas por nadie, tanto era pues su fama. Claro que en parte era la curiosidad, pero que se sepa nadie se lamentaba después, todo lo contrario. Era un verdadero semental de pelo en pecho- continuó el viejo Matías apurando la copa de pisco- Se llamaba Seriardo Gomes y el pueblo se fue llenando poco a poco de Gomencitos no reconocidos. Cuentan que una vez un grupo de mataperros jugaba al fútbol en la calle y uno de los jovenzuelos atropelló involuntariamente a Seriardo, quien agarrándose la pierna por el dolor le gritaba: ¡No te pego carajo, porque no sé si eres mi hijo!
Guitarrista, jugador, bebedor de tragos fuertes sin que el licor le hiciera estragos, se fue ganando a la gente por su carisma y fue elegido sin proponérselo Alcalde, derrotando a curtidos políticos que pese a repartir butifarras por doquier, tuvieron que aceptar el vendaval de votos y morder el polvo de la derrota. Cuando ingresó a la oficina de su primer cargo público, empezó a revisar documentos, hacer comparaciones de precios, ver obras informadas en los papeles como realizadas sin que siquiera se hubiese puesto la primera piedra y un sinnúmero de irregularidades. Se sintió por primera vez descorazonado. Se pasó varias noches investigando, moviendo negativamente la cabeza y esbozando una sonrisa incrédula cada vez que descubría algo nuevo que tenía que ver con los malos manejos.
¡Qué tales pendejos!- expresó en la soledad de su oficina-¡Con razón tanta huevada para llegar al puesto!
El podía ser un garañón -narraba el viejo- borracho social y tal vez a veces pendenciero, pero ladrón jamás. Es más, era algo que le removía las tripas cuando alguien se apropiaba de lo ajeno. Salvo las mujeres, claro. Pero eso era otra cosa, eso era una conquista, un préstamo temporal que el devolvía al despistado marido o partener incluso algunas veces con su respectiva yapa.
-Fue esa vez que me llamó. Habíamos conversado largamente en alguna ocasión, acompañados por supuesto de un buen aguardiente de caña. Matías-me dijo - me he dado cuenta que eres un buen hombre y no por lo que me dices o me cuentas, es por esa maldita mirada transparente que tienes.
Le agradecí y en ese momento pensé que el nivel del trago estaba rebasando la ecuanimidad de mi circunstancial amigo. Nos dejamos de ver, pero eso sí, siempre llegaban a mis oídos sus historias.
Ahora estaba frente a él, sentado detrás del amplio escritorio lleno de papeles.
-Para que soy bueno Don Seriardo.
-Seriardo, a secas- corrigió.- Tú eres mayor que yo y para mí eres Matías, desde hoy la única persona de mi confianza. Mi asesor. Sé que no se te ocurrirá embarrarla. Te lo digo sólo una vez, no creo en la necesidad de repetirlo. Pero vamos al grano. Esto mi querido amigo, es un burdel. Por donde lo mires salpica la porquería. Están metidos todos, incluso los mismos regidores que me apoyaron y que repitieron el plato.
-¿Y qué piensas hacer? Le pregunté con dificultad de tutearlo sin las bebidas espirituosas.
-Voy a cambiar toda esta cojudez.
-Conozco este pueblo más que tú, Seriardo, es mucho peor de lo que imaginas, pero cuenta conmigo para todo.
Salvo el hecho de ser un mujeriego empedernido, el flamante Alcalde distaba mucho de tener rabo de paja. Su poca vulnerabilidad le iba a permitir emprender el largo camino del cambio. Matías era también reconocido por el pueblo por su impoluta honradez
-Somos un dúo de polendas- me dijo Seriardo- palmoteándome la espalda.
Tomamos un pisco para celebrar.
Por la mañana empezó el trabajo. Aquí no podía haber borrón ni cuenta nueva. Nos propusimos denunciar a todo aquel que haya usufructuado los fondos públicos, sea quien sea, caiga quien caiga. Denunciamos a funcionarios y empleados corruptos, rotamos a la gente que estaba entornillada en un puesto, cambiamos los comités de adquisiciones participando personalmente para que todo sea transparente. En fin, no sé cuantas cosas hicimos. Para nuestro desconcierto las cosas demoraban más de la cuenta en las instancias policiales y judiciales. Descubrimos que los niveles de corrupción estaba muy por encima del municipio y había carcomido las entrañas de los encargados de poner orden y hacer justicia. Sin embargo seguimos insistiendo y nuestro trabajo empezó a dar algunos frutos. Ordenamiento, disciplina y ya el dinero bien administrado alcanzaba para hacer algunas obras. La cosa empezó a caminar, a regañadientes por parte de aquellos a quienes se les había cortado las alas y las uñas. Seriardo evitó por ética profesional de servidor público enredarse con casadas, por lo menos hasta que dure su gestión como funcionario del Estado, lo que no hizo mucha gracia a las desposadas, no a todas por supuesto, ya que algunas se las ingeniaban para un encuentro sin huellas.
La troupe, con casi cuarenta artistas llegó de la capital un jueves por la tarde. El fin de semana el vodevil actuaría en el viejo teatro con motivo de celebrarse un aniversario más de la fundación del pueblo. No muy acostumbrados a estos espectáculos, la presencia de los artistas estaba en la boca de los pobladores quienes entusiastas hacían largas colas para comprar las entradas.
-El diablo siempre se las ingenia para aguar la fiesta-dijo triste Matías alzándose otra copa de pisco. Fue tal vez el nombre raro de mi jefe y ese apellido sin zeta ni acento lo que llamó la curiosidad del policía que revisó la relación de pasajeros de la compañía. Seriardo Gomes, demasiada coincidencia. Lo buscó la noche del estreno en el camerino. Todos lo confirmaron sin darle mucha importancia al asunto. Allí estaba la estrella de la noche, con el rimel y el sombreado azul en los párpados, con sus pequeñas prendas que cubrían su cuerpo joven, casi femenino, el espectacular travesti, la atracción principal del vodevil. Por supuesto que la noticia se desparramó en menos de lo que canta un gallo.
La puta, tan machazo que era el padre-dijo Matías con pena-apurando otra copa de pisco.

Texto agregado el 28-06-2008, y leído por 215 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
29-06-2008 Los prietitos en el arroz ya es una costumbre en ti, las buenas historia, bien narradas! EMIHDEZ
29-06-2008 La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Estas cosas pasan. Lo de la corrupción, cuidado con eso, no sea que te silencien. Buen escrito pues. jaimitoelt
28-06-2008 hubieras continuado el asunto de la corrupcion, el personaje era bastante bueno, me decepsiono un tanto que no se tratara de rocky 3* joseph2
 
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