Me persiguen. Quieren matarme. No sé la razón, sé que quieren matarme. Cada paso que doy es seguido por los suyos, sigilosos, sutiles al extremo, analizando cada movimiento para buscar la oportunidad de capturarme y llevarme a algún lugar en el que cometer su crimen, un crimen sin motivo en el que sólo puedo ser la víctima.
Podrían actuar a plena luz del día, pero no quieren ser vistos. Justamente por eso no sé quiénes son, se ocultan a mi mirada, se ocultan a la mirada de todos, y lo hacen con gran habilidad.
Nadie los vio, nadie los escuchó, nadie puede decir cómo son. Nadie los conoce, nadie sabe que me siguen, excepto yo, que sé que están ahí.
Se lo comenté a un amigo y me dio una tarjeta, licenciado Ángel Dios, psicólogo. Me recomendó que lo visitara en su consultorio, que lo había ayudado. Me negué cortesmente e insistió, poco. "Pensalo", terminó, y siguió su camino.
Seguí así varios días, y cada regreso a mi casa implicaba el paso forzoso por la ferretería para comprar un nuevo pestillo para la puerta, por temor a que ellos hubieran entrado en mi ausencia.
La puerta de casa ya tenía 18 pestillos y como no había lugar para más comencé a colocarlos en las ventanas. Dos semanas después no había lugar para más pestillos en las ventanas y el tiempo que demoraba en salir de casa comenzó a incomodarme.
Seguía sin verlos, sin saber de ellos nada más que su intención, quitarme la vida.
Cada vez que regresaba a casa me asustaba notar que la puerta se abría solamente con la llave y tardaba unos segundos en comprender que no podía dejar los pestillos cerrados cuando salía. Eso me tranquilizaba, pero poco.
No podía seguir así.
Comencé a dudar de mí y fui a ver al licenciado Dios.
Me recibió con amabilidad, pero sin sonrisa.
Hizo seña para que me recueste en el diván y cuando me eché cerró la puerta con llave.
- Me decía su amigo que lo persiguen.
- Sí
- ¿Quiénes?
- No lo sé. Ellos, no sé quiénes son.
- ¿No lo sabe?
- No, nunca los vi.
- Mejor así.
- ¿Cómo?
- Soy uno de ellos.
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