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María.


María lo miraba, con los ojos vidriosos, descalza a los pies de la cama de hierro enlozado y descascarado por los años y el mal trato, sus labios temblaban como su cuerpo, lo miraba como si fuera la última vez, sentía su respiración y el olor a alcohol inundaba el cuarto levantado sobre el piso de tierra, con cuatro chapas que dejaban entrever algunas rendijas por donde el frío pasaba en suaves ráfagas. Los agujeros del techo dejaban entrar el sol en las mañana o las gotas de lluvia en esos días infernales donde todo se tornaba húmedo…frío.
Sus ojos no se separaban de ese cuerpo desparramado en la cama, semidesnudo, sucio, que hacía muy poco la había vuelto a ultrajar, con sus manos torpes y su aliento hediondo, temblaba como una hoja, como una niña asustada, pero el odio se apoderó de su alma, su cuerpo lleno de moretones, de mordiscones, aun con olor a su semen, la llenaba de rencor y asco, de un sentimiento reprimido durante años, pero ya no, ya no quería más de eso, no lo toleraría más, su boca sentía el gusto amargo de la venganza, ya nada tenía sentido, lo único que la ataba a él ya se había ido, los había abandonado.
Su único hijo se había marchado, harto, hastiado de la pobreza, de la desidia, de la mugre de la villa, había conseguido un cuarto en el centro, cerca de su trabajo, le había costado noches de levantar cartones, latas, basura, poder terminar su escuela nocturna, poder hacer su curso de computación, poder pagarlo a fuerza de noches con la panza vacía al igual que sus pocos libros, él ya no estaba, seguro no volvería por esos lados, seguro la olvidaría por su culpa, por la culpa de ese borracho fracasado, que los había enterrado por años en esa situación miserable… por orgullo, por no haber querido empezar de nuevo.
Lo miraba intensamente, y más lo miraba, el rencor más la ganaba, la sublevaba. Las lágrimas empañaban sus ojos pero los recuerdos la asaltaban y como una vieja película en blanco y negro iban pasando por su mente atormentada. Lo veía el día que la sacó de su casa, con su vestido blanco bordado de sueños, lo veía con su sonrisa ganadora, lo veía con sus ojos negros profundos abrazándola y besándola con ese amor que se sueña en la adolescencia. Se veía esperándolo cada tarde con todo preparado cada vez que llegaba de su oficina, con una sonrisa, con las manos llenas de caricias y la boca desbordada de besos, ¡ay… Dios cuanto hacía ya de eso!
Sintió un fuerte dolor en su pecho, cerró los ojos, quiso correr, sacarse de la cabeza esa horrible idea, pero no pudo, su cuerpo le recordaba el dolor de otro noche de golpes, de fuerza bruta forzándola, y las imágenes repiqueteando en su recuerdo, el primer día de la escuela de Ramiro, y los dos llevándolo de la mano, el primer 10 en el cuaderno y las risas y los globos de los cumpleaños, las miradas cómplices que presagiaban otra noche de amor compartido, hasta que se quedó sin trabajo, hasta que empezó a caminar días y días en busca de otro puesto como el que tenía, desechando algunos de menor importancia, hasta que fueron perdiendo todo, auto, casa, y ella tuvo que terminar limpiando por hora mientras Arnaldo se fue encerrando en una botella, hasta terminar en esa villa hacía mas o menos seis años, y la impotencia de no poder darle a Ramiro todo lo que había deseado, impotencia por haberle robado el futuro, impotencia por haberlo perdido, por no haber dejado antes a este hombre que por orgullo se había dejado arrastrar a ese estado de abandono. Cuantas veces Ramiro le había pedido que lo dejara, que lo abandonara, pero nunca había querido hacerlo, creía amarlo aún, o ¿realmente lo amaba? No era hora de preguntas, por él había perdido a su hijo, por él había perdido hasta la dignidad, el respeto por ella misma y se había dejado ultrajar, había sentido los goles de la vida en cada uno de los golpes que Arnaldo le había dado cada noche obnubilado por el alcohol, por la amargura de verse reducido a esa piltrafa humana, por esa situación al que el país lo había arrastrado como a muchos hombres que hoy formaban parte de la fila de piqueteros, y que vivían de un mísero subsidio, mientras los dirigentes ocupaban cargos por los que cobraban fortunas para destruir la economía del país, y convertirlos en esclavos, y míserables mendigos de una bolsa de mercadería que apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas.
María, miraba y lloraba, recordaba y moría cada segundo con cada uno de los recuerdos, el odio, la angustia y el dolor la atormentaba, y esa gran soledad que sentía su alma, esa sensación de haber sido abandonada por Dios, sin motivos, porque ¿qué mal había hecho para merecer tanto castigo?
La idea volvió a cruzar su mente como un rayo, la sacudió y no dudó, tomó de la mesa la cuchilla aún sucia de la grasa de ese pedazo de carne dura y fría, empinó el resto de vino que quedaba en el vaso como si eso le fuera a dar fuerzas, coraje, y cerrando los ojos hundió el cuchillo en el cuerpo de Arnaldo, no sintió nada, ni supo si había gritado, lo volvió a sacar de la vaina de carne y lo volvió a clavar dejándolo allí, y sin pensarlo más con sus manos manchadas de sangre y en su cara un gesto indefinible salió del rancho camino hacia el río.

Nadie supo nada más de María. Nunca encontraron su cuerpo, en las orillas un vestido raído manchado de sangre se encontraba entre unas piedras. En el rancho Arnaldo fue auxiliado por unos vecinos y dicen que en su delirio lo único que repetía era el nombre de María hasta que su corazón dijo basta.

Anngiels simplemente mujer.

Texto agregado el 31-03-2003, y leído por 264 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
31-03-2003 Ta lindo, aunque tema trillado, bien escrito, saludos, Ana C. AnaCecilia
31-03-2003 Tienes unas frases muy bien construidas que le dan mucha dinàmica a la lectura. Lgras un buen ritmo y eso conjugado con las imàgenes hacen un texto delicioso. Muy logrado. Como siempre tus letras me encantan. A veces no comento pero leo casi todo. Un abrazo gammboa
 
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