- Tenes razón - dijo Carlos - mientras encendía un último cigarrillo desde su oscura habitación: - Muero por ti, por tu inteligencia que me ha arrastrado hacia tu vida nuevamente.
El diálogo había enmudecido, mientras la ilusión recorría todo mi semblante. Dejé que los instantes avanzaran hacia la verdad, apreté mis labios una y otra vez deseando estar frente a esos enormes ojos verdes, a su respiración pegada a mi alma hurgando los momentos de la tarde. Después su voz sobre el silencio susurrando la belleza, los poetas y las flores, la risa cayendo entre las letras, su amor, el mío denotando la certeza de las pieles padeciendo sin el roce. Morí y resucité bajo sus frases, bajo el aroma tallando lo imposible en la penumbra, junto al declinar del sol bajo mi falda y las fantasías tejidas por los dos, para sólo atinar a responder:
- Yo también muero por ti, mi hombre...
Ahora ya nada importa, ni los sueños, el sol, la lluvia o el universo, sólo esa manía de dar tu amor como nunca nadie lo había hecho.
En el cementerio, esa noche, sólo dos lápidas brillaron bajo el influjo de una luna llena.
Ana Cecilia.
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