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TRES SUEÑOS




Son las once y once de la noche. Es la perfecta oportunidad para comenzar con el confuso relato mental que enmarcó mi indudable proceso de catarsis, o tal vez, mi primer indicio de desequilibrio mental absoluto.

No recuerdo bien cómo sucedió, ni la manera en que cambió exactamente el curso de mi vida. Bien se sabe que la negación y el olvido son los mecanismos de defensa más eficaces con los que cuenta el subconsciente para ocultar el dolor. Por eso, la mayoría de los episodios que rodean el margen de los acontecimientos de los últimos seis meses son sólo débiles trazos de un lápiz sobre una hoja de papel. Son tan borrosos e incoherentes que si intentara estructurar un argumento a partir de estos, el resultado sería una tonta fábula multiforme llena de sentimentalismos metalingüísticos. Por eso, lo que pueda significar aquello que vi a través de tres sueños que me visitaron anoche, será sólo el producto de quien los interprete. Lo primero que hice hoy al despertar fue anotar cuidadosamente cada uno de ellos, buscando de la mejor manera no omitir detalle alguno, para poder buscar entre los rincones de mi mente las respuestas que no encuentro en el mundo material. Al menos sé que existe algo en mi alma.


* * * * *


Hace cuatro meses la preciosa Annabel Lee decidió morir repentinamente, o lo que es peor, me abandonó sin argumento alguno en este magro e insípido mundo de insensatez. Bueno, no fue Annabel Lee (as we all know, in this kingdom by the sea), fue más bien la mujer que ama la soledad. Me hizo tanto daño con su partida, que no creo conveniente incluir su nombre en estas líneas. Y si a alguien le interesa saber el verdadero nombre de aquella mujer, diré entonces que ya lo olvidé... ¿Cómo la llamaré? Pues digamos que... Ana. Sí, Ana está bien. Fue ella la protagonista de mi vida por un largo periodo, el objeto de mis suspiros y la fuente de mis anhelos. Oh sí, mi dulce Ana. Sin embargo debo aclarar que fue ella quien me enseñó por qué Dante buscó a Beatriz primero en el Infierno, antes que en el Cielo.

Anoche, en el momento en el que debía haberla olvidado casi del todo, apareció en mis sueños... tres veces. ¿Y qué pueden significar tres miserables relatos construidos por mi mente mientras se encontraba indefensa? Creo que jamás lo sabré. Pero, por algún extraño motivo, no logro guardar la calma cada vez que pienso algo al respecto. Tal vez es por realismo de las imágenes y por la coherencia de la narración, que claro, guardaban una estrecha y mágica relación entre los personajes y las locaciones. Puede ser también, porque me produce un profundo temor que es equivalente al que siente cualquier persona al encontrarse frente a frente con su pasado.

Lo que voy a contar a continuación nada se asemeja al discurso inconsistente de una persona que se encuentra dormida. Parece, por el contrario, la más verosímil de las revelaciones, y es precisamente por eso que hoy siento la necesidad de escribirlo. Es probable que tenga un significado, como el que tienen todos los sueños. No quiero caer en preceptos esotéricos, ni tampoco quiero atribuirle ningún tipo de relación mágica. Siempre he creído que el único tipo de magia que existe, es la que habita en el corazón. Sin embargo, me niego a creer que fue una simple casualidad que rondó mi cabeza en el lapso de una noche.

Es difícil hablar sobre un sueño con precisión. Primero, porque se es protagonista y espectador al mismo tiempo. Segundo, la subjetividad de las emociones hace que se confundan los deseos con los temores. Por eso, haré mi mejor esfuerzo, y contaré de la manera más concreta lo que viví a través de estos sueños.


* * * * *

Fue este el primero de ellos.


Estoy de pie, en medio de una multitud. Parece un lugar público porque nadie tiene su atención fijada en ningún suceso específico. Cada cual recorre su camino con indiferencia del medio que lo rodea, sin modificar de ninguna manera el medio circundante. Hay muchas voces, las puedo sentir claramente, ninguna se dirige hacia mí. De hecho, mi presencia no altera trascendentalmente la atmósfera, todos parecen ignorarme, y me hacen dudar si realmente estoy allí. Quizás, ni siquiera esté, o sea yo invisible, (como me he sentido una infinidad de veces en esta sociedad). Ahí permanezco, quieto, en espera de algo.

El lugar donde me encuentro es muy amplio. Parece una bodega, o un centro comercial lleno de luces y de artículos que no logro diferenciar. A pesar de que veo muchas personas, ningún rostro se muestra familiar. Sólo encuentro una gran masa monocromática que se mueve sin sentido al ritmo que imponen los latidos de mi corazón.

El aire se hace más denso con cada segundo que pasa. Mis músculos se tensionan inevitablemente; algo no está bien. Tengo miedo porque no me veo, y porque sé que esa masa pretende absorberme y consumirme. Aún así, opto por guardar quietud.

La monotonía de la escena se rompe cuando todos aquellos que me rodean emprenden una repentina carrera bajo el desespero. Todos corren y gritan en todas las direcciones cubiertos por la angustia y la incertidumbre. Yo no puedo moverme; mejor, no quiero moverme. Mi elevado ego me dice que nada puede pasarme; es simplemente la costumbre de que los protagonistas rara vez mueren. Tras un corto momento de espera, veo caer escombros de las paredes y del techo. ¿Me pregunto, cuántas vidas sacrifiqué en mi sueño?

Grandes piedras caen en todos los rincones, y la gente no se detiene en ningún momento. Todos buscan abrirse camino para salvar sus vidas. Yo sólo espero con paciencia a que todo termine. Sé que la tierra se sacude fuertemente, pero no puedo sentir las vibraciones en mi cuerpo. No siento nada.

Luego de un rato veo al único rostro reconocible, la hermosa Ana. La veo permanecer quieta, confundida, indefensa; completamente vulnerable. Por primera vez fluyen mis sentimientos. La ira que he cultivado por meses se torna en confusión, angustia, preocupación... amor. Decido hacer algo, debo salvarle la vida; soy yo el único que puede rescatarla y el único a quien le importa. Siento que el destino de esa hermosa criatura yace en mis manos y no puedo abandonarla.

Corro hacia ella y la tomo de la mano con mucho cuidado. Ella confía ciegamente en mí, y es por eso que no duda en seguirme. Avanzamos desesperadamente, pero la gente, en medio de una profunda angustia, se encarga de obstruir nuestro camino. Los escombros no dejan de caer, por eso la llevo hacia una esquina en donde hay un mesón de concreto y le pido que se esconda allí. Verifico que nadie más se acerque y que estemos fuera de peligro, y me siento junto a Ana. La abrazo muy fuerte, cierro los ojos y espero en silencio.

El derrumbe se detiene y la multitud desaparece. No existe nada más; sólo el molesto ruido del reloj, y el amargo sabor que dejan las más profundas ilusiones. Estoy despierto.


* * * * *

Transcurrieron pocos minutos para que el cansancio lograra vencerme de nuevo. El primer sueño me había lanzado a un gran abismo de confusión, sin embargo no tuve que esforzarme para dormir de nuevo. Sólo fue cuestión de cerrar mis ojos para que Ana volviera a aparecer. La mujer que vi era la misma, esta vez quien cambió fui yo.


Fue este mi segundo sueño.


Estoy caminando en una calle de piedra blanca, muy bonita. Miro al cielo y veo al Sol resplandecer sobre mi cabeza. Hay una brisa suave que lleva un perfume que asemeja al olor de un desinfectante. A mi derecha, una hermosísima mujer, y a mi izquierda, dos divas más. ¿Las conozco? Son los ángeles que quisieron cuidarme desde el día que Ana decidió llevarse mi vida. Las quiero a las tres. Ellas me protegen y cuidan mis pasos. Caminamos al mismo ritmo, lento y sin preocupación. El viento sopla y eleva mi espíritu hacia un mundo de indescifrable tranquilidad. Caminamos muy tranquilos, como si nuestros pies pudieran desprenderse del suelo sin esfuerzo.

El camino es lo suficientemente amplio para que lo recorramos los cuatro sin problema. A los costados del sendero de piedra se extiende una gran planicie de verdes pastos que delimita con el infinito. Siento que el universo se reduce a esa trascendental atmósfera de etérea tranquilidad que cubre nuestras cabezas. Caminamos los cuatro, tomados de las manos.

El ritmo de nuestras pisadas comienza a acelerar progresivamente. Siento que los tres ángeles que me guían esconden algo, pero no logro entender qué. El camino de piedra blanca comienza a fusionarse con el gris oscuro del asfalto de una calle en mal estado. La profunda escena que me rodeaba es ahora el reflejo de una paupérrima cuidad tropical. El sol es cada vez más intenso y sofocante, y nuestro andar cada vez más veloz.

Miro hacia atrás porque sé lo que sucede, los presentimientos que me rodeaban comienzan a revelarse. Siento miedo y aversión. Pues bien, es cierto; la hermosísima Ana sigue mis pasos. Me sigue y no quiero eso. Tal vez no quiero verla nunca y debo huir.

Acelero el paso y le pido a mis tres ángeles que no la dejen acercar y que me cubran completamente la espalda. Las tres buscan la manera de cerrar el paso, y su modo de hacerlo es detenerse en medio del camino. Puedo escuchar la voz de Ana suplicar desesperadamente, pero no quiero nada de ella. No siento remordimiento, sólo ganas de salir corriendo.

Sigo mi camino rectilíneo a través del asfalto hasta llegar a un edificio muy alto hecho de concreto. La fachada está cubierta con pintura blanca y tiene amplios ventanales. La forma de la construcción es completamente asimétrica y desequilibrada. Creo, por un momento, que es el portal hacia lo perpetuo, lugar al que ella nunca llegaría. Atrás quedan los gritos de angustia y la cálida esencia de mis ángeles.

Entro con mucha seguridad esperando en lo más profundo de mi corazón escapar por siempre. Veo en el fondo unas escaleras de madera muy fina que llevan hacia los pisos de arriba. Emprendo una carrera y comienzo a subir muy rápido y con mayor afán que el que me agobiaba anteriormente.

Subo sin cansarme, los niveles van y vienen como si no quisiesen existir. No puedo detenerme hasta alcanzar el lugar de mi destino: un amplio corredor con unas cuantas puertas que se encuentran cerradas; una sola, la que está al fondo de aquel pasillo se encuentra abierta. Ese es el lugar. Camino hacia aquella habitación...

Cruzo el marco y entro a un cuarto pequeño decorado con muebles muy antiguos, en un evidente estado de decadencia. En el medio de esta pequeña habitación encuentro una cama, y sobre ésta, una mujer sentada que me observa detenidamente. No la conozco… nunca antes la he visto, pero es hermosa. Su piel es muy blanca y limpia. Sus ojos son negros, al igual que su largo y lacio cabello. Su contextura es delgada y viste de blanco. Nuestras miradas se sobreponen prolongadamente. Sólo puedo contemplarla, al igual que ella a mí. Mi corazón se acelera. Silencio.


Abrí mis pesados párpados lentamente. ¿Quién era esa mujer que acababa de ver?

Tenía la necesidad de volver a ese sueño y continuarlo; quería saber quién era ella. Por qué había escapado de Ana si mi subconsciente me había revelado que el sentimiento no había muerto.

Amanecía, pero mi cuerpo aún estaba exhausto y caí a la profundidad del sueño nuevamente.


* * * * *


Las emociones seguían cambiando, la catarsis era cada vez más evidente. Las primeras dos veces que vi a Ana me sorprendí, pero nunca tanto como la tercera. Este último sueño fue el que más me transformó.


Fue este el sueño.


Veo mis pies descalzos sobre el césped húmedo. Probablemente llovió durante el día, porque la humedad que se condensa en el aire es casi asfixiante. Es una noche de perfumes en donde se mezcla la pureza de la claridad de la luna con las fugaces expresiones de los reflectores que iluminan la secuencia. No estoy solo, nunca lo he estado. Siento las gotas de rocío deslizarse entre mis dedos, son frías. El ambiente, cuasinebuloso, da la impresión de ser una helada, característica a las madrugadas de las temporadas de sequía en la sabana. Sin embargo, mi sangre hierve, tal vez envuelta en ira. Mi cabello, un tanto desordenado, tiende a moverse con el tenue recorrido del viento, mas no fácilmente debido a que está completamente húmedo.

Es esa humedad y ese frío rumor lo que equilibra mi temperatura, que parece aumentar cada segundo. Me pongo en marcha hacia la algarabía que surge del horizonte, con pasos acelerados de angustia. Camino sintiendo el cosquilleo del pasto en la planta de mis pies; las partículas de agua se adhieren a mi piel y a mis vestidos, y el vacío que siento en el abdomen impulsa los latidos de mi corazón.

Hay una multitud que se sumerge entre sonrisas de plástico y comentarios que se hacen vanos ante mis oídos. Todos los hombres lucen trajes oscuros muy formales, y las mujeres, vestidos largos y brillantes. Levantan copas de champaña y brindan por un motivo desconocido. Todos se odian… pero sonríen. Las luces satinadas de los reflectores encierran las palabras mudas de una sociedad vacía de protocolos absurdos, tan pulcra que lograría deslumbrar a cualquiera que se acercase.

Nadie parece percatarse de mi presencia, no por ahora. Mi vestir no corresponde al de aquel ostentoso festín. Mi cuerpo está cubierto con la marca del tiempo. Mi ropa, aunque es oscura, está desgastada, y mis pies, envueltos en la viscosidad del pasto, se arrastran en la desnudez. No pasa mucho tiempo para que comience a llamar la atención. Todos murmuran al verme pasar.

Acelero el ritmo de mis pasos gracias al efecto de la angustia. Es inminente romperme en llanto, no por el dolor sino por la ira que me invade. Todos esos individuos, tan bien presentados, sólo me producen repulsión. Quiero deshacerme de todos ellos, quiero verlos desangrar, quiero acabar con ellos… los quiero fuera. Pero nada puedo hacer contra esa maquinaria social, ni siquiera llorar solucionaría algo. Comienzo a abrirme paso entre los asistentes, con violencia, con discordia, pero mis actos parecen no tener efecto. Mientras más me adentro al corazón de la reunión más gracia parezco causarles.

Algunos hombres, en simples actos de cobardía, intentan obstruir mi camino. Pero mi ira es mucho mayor que su afán por detenerme. Una mujer adulta se interpone al paso. Nada puedo hacer. Es la mamá de Ana que tal vez quiere reprocharme. Sonrío, pues sé que se llevaría una gran sorpresa al decirle que quien tiene algo que reprochar soy yo. Comienzo a gritar desesperadamente. - ¡Dónde está Ana!

No encuentro respuesta. La mujer sólo me dice que ese no es mi lugar, que abandone cualquier esperanza. Que ella estaba perdida para siempre.

La miro a los ojos para desafiarla. Busco el temor en su corazón. No quiero hacerle daño a nadie, menos a ella. Tampoco quiero detenerme. Prosigo mi ruta con pasos firmes, pues sé que nadie puede conmigo; además, lo único que podía perder lo había perdido ya hace tiempo.

Creo estar cerca de ella, siento su dulce olor. Unos pasos adelante encuentro un gran arco de metal. Es el momento ideal para llorar, pues el más profundo temor comienza a invadir mi corazón. No puedo cruzar aquel umbral, es una utopía, una frontera. Ella está tras ese límite, no puedo verla, pero tengo la certeza de que ahí está.

Por un momento creo haber perdido la atención de todos los asistentes. Actúan con cierta normalidad, como si hubiese salido ya de la escena. Comienzo a mirar a los ojos de todas esas personas en busca de alguien a quien conozca. Cientos de rostros… nadie… nadie me es familiar. Tras un momento de incertidumbre siento que alguien toca mi espalda con mucho cuidado. Es mi hermano. Es mi única esperanza… Le pido el favor de que cruce el arco que disocia mi destino, y que le diga a Ana que aquí, solo y desilusionado la espero.

Lo veo desaparecer en la oscuridad, como lo habría hecho una sombra. Estoy seguro de que cumplirá lo que le he pedido. De nuevo estoy solo.

Sale Ana. Es preciosa, como siempre lo ha sido. Parece una princesa y no dudo en acercarme. No cruzamos palabra alguna. Doy media vuelta y comienzo a caminar, ella me sigue. Cruzo a través de la multitud, quiero llevarla a un lugar apartado, donde nadie pueda vernos o escucharnos. Nadie nos determina ni hace el esfuerzo de detenernos. Salgo triunfalmente, como si hubiese ganado un trofeo, sin embargo la ira no se aparta de mi carne.

Todos desaparecen, estamos solos los dos. En ese momento la tomo del brazo con violencia y comienzo a gritarle: - ¿Por qué me hiciste eso?

Estalla toda mi ira y se dirige completamente hacia ella. No la golpeo. No puedo golpearla. Simplemente le halo los brazos y le hablo de manera fuerte, le alego, la cuestiono, le reclamo por haber acabado con mi vida. La ira que venía acumulando se convierte finalmente en llanto. La tomo de la cintura con fuerza para no dejarla ir… jamás. Caemos los dos a la infinita planicie de pastos húmedos y comenzamos a revolcarnos con fuerza. Quiero devolverle el dolor que me causó; todos mis días de sufrimiento, uno a uno. Pero también quiero amarla; amarla como no pude haberla amado en la historia. Los empujones, los tirones y los mordiscos se convierten en gozo… La tengo en mis manos y bajo mi control, como lo había deseado siempre. Mi alma está llena de ira, de gozo… Es mía, completamente mía.


Desperté con todos los músculos de mi cuerpo tensos, y con una extraña satisfacción que no se ajustaba a ninguna instancia de mi vida. Abrazaba mi almohada con desespero, como si buscara algo que había perdido. No podía creer que había sucedido algo que nunca ocurrió. Deseé que Freud hubiera estado equivocado y que los sueños tuvieran un significado mágico… algo así como revelaciones. En silencio y algo frustrado intenté destilar el universo de significaciones que se acumulaba en mi cabeza. La realidad tenía otro color… un único sentimiento que se manifestaba con diferentes matices. Fue ese día cuando lamente haber descubierto el profundo abismo que separa el mundo onírico de todo intento de realización. Nada cambió. Sólo fue un simple impacto del inconsciente en un esfuerzo casi sobrenatural por defenderse. Fueron tres sueños… ¡Oh Dios! Tres sueños…



©2005 David Escandón V.

Texto agregado el 10-04-2004, y leído por 370 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
18-06-2004 que bien escribes , cada vez me dejas mas sorprendida, besitos y esta de mas decir lo bueno que eres! lorenap
19-05-2004 la verdad es que luego de leerte atentamente... solo puedo decir que si fue un sueño en realidad, me alegro mucho por ti, en este texto senti que eres capaz como pocos que conosco de gestar, masticar, digerir y procesar los dolores, no importa si es ficcion, sale del interior igual. te felicito por ello. gracias por la recomendacion. janine
10-04-2004 "...la protagonista de mi vida por un largo periodo, el objeto de mis suspiros y la fuente de mis anhelos." ~No me da la impresión de que haya sido verdaderamente parte de tu vida en alguna otra dimensión más que en tu propia mente. Creo que tus sueños la ponen en un lugar inalcanzable, en ninguno se encuentran tu y ella en el mismo plano mental... Ha sido un placer el entrar por esta puerta abierta a tu mente, o por lo menos, a una de sus galerías. Saludos, Tejedor
 
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