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¿DONDE VA EL AMOR CUANDO LLUEVE?
(Cuento corto)
Por: DANIEL JOBBEL.



En eso pensaba. Sí, en eso. En la lluvia. Claro, los detalles son importantes a veces, incluso desovillar aquellos hilos de la trama con cierta intriga. Pero, ¿no será demasiado tedioso? Dejar todo bien atado, quizás sea intolerable para usted lector. Pero no puedo pasar por alto: fusionar la materia prima de los recuerdos. Atar cabos. La memoria lo pasa todo por su tamiz mágico. En eso pensaba yo, en ocasiones, cuando llovía. ¿Escribir qué cosa?. ¿Como describirla? ¿Interesaba al fin? Bueno no sé. Lejos del resultado aquello de llover me fascinaba. La mesa estaba puesta igual que hoy. La lluvia golpea la hojalata de un viejo toldo de aluminio, todo está húmedo, la ropa de cama, la ropa interior, los libros despiden un olor hediondo, a viejo; los cigarrillos, el pan. Todo pegajoso. Estás sentado en tu casa. La radio despacito. La mujer que escogiste está inmóvil, en un retrato, sentada, mirándote. Te pone nervioso el informe de situación, pero eso no cuenta. Tiene ojos claros, color almendra, grandes, muy grandes y te miran inquisidores, y vayas por donde vayas sientes la mirada como si te estuviera persiguiendo, incluso atravesando las paredes. En esa imaginaria, es insidioso saber que una mirada penetra como la lluvia. Quieres leer, pero no puedes, mal de sueños, la lluvia moja la página del libro, no de una manera literal, pero sí casi real, no eres capaz de seguir los renglones, solo de escuchar el ruido del agua cayendo. Quieres escuchar una melodía, pero ella te lo impide, la lluvia se sienta a tu lado, y esa mujer te mira y también te toca. Uno envejece siglos, quizás, pero te acuerdas de aquello.

Alguna vez me escribió ella:"Tú tiras de mi vida, la encajas en las piezas del mecano tuyo y simulas el juego infantil, precario, más allá del tiempo exclusivo, juego medio gris que tú, sí tu tapizas de esquina a esquina, todo, todas las calles, los muros, los cielos, los interiores y sin respirar ya el humo, neblinas de amor, de todos los remolinos de placer sobre la almohada, va haciendo de mi cuerpo un recipiente entre abrazos partidos de cónyuges, con sus codos gastados de ternura y de trabajo, para soportar la cabeza de los sueños míos... ". La arrimaba mucho a lo que era. Había sido una época de locura para mí. Se me daba por componer alguna piecita, algún loco poema. Rascaba el orgullo de las curdas con algún poema mío aderezado con el rasgueo de una vieja guitarra. Todo un papelón para estos tiempos.
Apenas sumaba treinta, mi estilo de vida fue llenando los casilleros básicos de un hombre duro. Seco de sentimientos. Un tipo expuesto masivamente a la soledad de una redacción por su rol de simple corrector nocturno en diversos diarios y revistas de medio pelo, me sentí exitoso, pero con los bolsillos siempre al borde del desmayo... Una noche, hace diecisiete años, había juntado unos mangos y decidí pasarme a la costa bonaerense. La encontré comiendo una hamburguesa y papas fritas, nada más. Allá quedan bodegones, cafés y esos que aquí llaman carritos. Es otro mundo, único lugar donde los gatos son amigos de los perros y corren las ratas juntos, los jóvenes toman cerveza y escuchan a Calamaro, al que le atribuyen el inventor del ‘rockpop’ y esos informativos dichos a los gritos en las propaladoras musicales como en pueblo de antaño. Aspirar toda esa paz de un paisaje natural que tiene Santa Clara del Mar, es sentirse realmente libre.

Mientras a veces el locutor cuenta un crimen con lenguaje duro y uno siente que el tipo goza más que el criminal, al fin y al cabo alguna rara razón ha de mover al que mata, aunque sea su enfermedad. Así con el tiro del final, así, nos conocimos con Verónica. Mujer de cosas importantes por dentro: ideas, planes y ganas. Pero disecada como un gliptodonte embalsamado por fuera: Falta de caricias y de amor, quizás por su historia llena de misterio.
Primero nos mostramos despacito, con recelo de animal, ella un poco antes. Después empezamos a reírnos y no paramos. Alguien me dijo que ella era como un espasmo de felicidad frente a mi ventana para saber que estaba ahí esperándome, sin chistar, agazapada como fiera nocturna, como el viento que no se ve, solo vemos lo que arrastra consigo, lo que doblega. Como el amor: solo prestamos atención a eso que flota, pero no vemos la fuerza que lo arrastra hasta que se detiene y acaba como todo
lo que vuela desafiando las leyes de la física hecho pelota contra el piso. Ahí estaba Verónica. Olmedo era su apellido. Y era todo alegría en ella. Alguien también me dijo que ella contó otra historia, que me culpó de haberla abandonado. No creo, era una mujer muy derecha y altiva.
Por cierto nos atacaba la risa, simulando las beodeces que unos tiene cuando está encamotado. Cuando todo parecía perderse en un abrazo lleno de besos y caricias. Pedíamos un café y al pagar le decíamos al mozo que nos fíe que no teníamos un mango. Verónica le contaba una historia pasada y el moreno aflojaba y terminábamos riéndonos a magno poder. O parábamos a un dúo de gitanas. Aunque no lo crea en Santa Clara las hay. Y me decía "andá con ellas que te van a dar suerte. Andá con una de ellas y después me contás..." Vero siempre me recordaba eso. "Déjeme que te lea las manos, precioso, luego me das lo que puedas", es lo que dicen. Y la Sra. suerte pasaba de lado y las gitanas maldiciendo en su lenguaje. "Más de veinte pesos, no ", aclaraba Verónica, y al final la gitana le decía todo a ella, que iba marcándole lo que quería oír, un viaje lejos, el buen amor, una casa con jardín. Porque la valija de planes de Verónica tenía doble fondo, como esas de 'misión imposible'." Imaginá a ésta diciéndole a su maridote: ¿y si nos largamos a cambiar el auto, papi?, haciendo horas extras vos y yo...", decía la Vero, le abrazaba y le echaba el billete por el escote de la gitana.

Una tarde, ya en Rosario, nos metimos en una librería de Córdoba casi esquina Corrientes. "Uno de Marcel Proust, es para regalo", estaba pidiendo un Sr. uruguayo de camisa moteada. "¿No es lo mismo Artaud o Herman Hesse? ", dijo la Vero. "No es lo mismo parece". "Como se fue este año", arrancaba Verónica. "Dígamelo a mí", decía el otro... "Mejor dicho, estos 60 años", aceleraba Vero, "parece que fue ayer lo del Graf Spee", le contó además los casos de un médico psiquiatra que se encerró con locos para saber si tenían razón. Un sabiondo y suicida que supo tomar sopa para darle la razón a Mafalda, y así suicidarse a punta de cuchara. Un holandés, resfriado y errante que se ahogó en una cucharada de mocos. Inventa la Olmedo su filosofía barata, convence. Ah... un psicólogo que estudio el caso de Marilyn Manson y terminó dándole la diestra a Juan Sasturain, para un próximo cuento. El Sr. de camisa moteada se quedó mudo, sin aliento, y sin corte, cuando le dice lo del marinero bengalí que por no tener barco en que alistarse terminó caminando por el Sahara y penando por los abuelos de la nada....Caso por caso, la Vero detalla al Sr. de camisa moteada. Vero le cambio la diagonal del discurso como loca y salió con el título de La Razón, el horóscopo y que ocho cuartos de luna llena y en ese momento se ponía a lloriquear como chiquilina: y me decía "comprame Humor o la revista Fierro, la Corin Tellado o el Anteojito". Dale papi... vos podes"... Tenés veintiocho años, "te voy a comprar el libro del Kama Sutra", le decía yo. La señora que estaba con el de camisa moteada quería pagar para irse de una vez, y no volver a encontrarnos, quizás. "¿Dónde va el amor cuando llueve?", cantaba Verónica presagiando. La Vero se le prendía al de camisa moteada como para bailar un bolero. Y la mina se quería esfumar, forcejeaba y la miraba fulera. Verónica la tironeaba y se agarraba más fuerte. No le permitía apartarse. "De felpa, blanco", decía Vero, "un osito sucio y roñoso que me acepte como soy". "Me gustaría comprar seiscientos metros de tela para vestirme como ud., señora." Y la fulana la miraba extraña y maldecía. Se enojaba Verónica. Hacía que se enojaba. Hasta que la dichosa mengana se iba corriendo y nosotros nos sentábamos en alguna mesa de café a reírnos de su parodia...

En esos bancos marrones de vieja madera de la plaza López, me fue contando todo y no aceptaba que fuéramos a vivir juntos. Se va a ensuciar todo esto; sucio y aburrido va a terminar antes. Con simpleza la 'empuje' a vencer los miedos para saltar en la concreción de la materialidad a la existencia, es decir, lo que instaura 'el otro' cuando, tras el estallido de sus corazones arcillosos, florecen la pureza, la transparencia y la profundidad de los mensajes. Al fin la convencí a esa Verónica del comienzo degradada pero divertida. Alquilamos una pieza en una pensión por unos días. Y empezó a cambiar. Se puso hosca, casi no hablaba y reíamos menos, mucho menos.

Entre un cenicero roto, dos cigarrillos maltrechos, un gotero de sertal, dos genioles, una birome y una parva de clips y gomitas por doquier. Todo esparcido sobre una mesa encontré una libreta amarilla toda ajeada con una lista de gente. Figuraban unas veinticuatro personas. Un clavadista checheno que quiso batir el record de profundidad arrojándose quizás a una palangana. Un budista ruso antihéroe de la revolución bolchevique devenido a menos. Un neonazi santiagueño, carnicero del barrio, para más dato, que siempre hacia su agosto en su balanza. Un inglés de los huesos, alcahuete de Churchill hasta el cuadril. Un 'insurrecto' boliviano que se acordó tarde de la ideología del Che. Otro, un adelantado croata, almacenero de la cuadra que robaba gramos de azúcar a sus clientes. Un espía somalí. Un cajero gallego del Golfo de Vizcaya. Un tal Ricardo, un poliládron. Verónica tenía un hijo de otro matrimonio. Andaban en líos y el la amenazaba. Vero habló con el tipo, que terminó exigiéndole que le entregara dinero todos los meses. Citarlo en la placita detrás de Bellas Artes, decía al costado. Figuraba un vecino hijo de la mala leche. Un charlatán de zaguán también, aparentemente un tipo normal, que los domingos se transformaba y recorría las canchas de fútbol con cadenas, era de una barra siniestra, elegían a un grupo de hinchas al azar del otro equipo, los provocaban y al final los reventaban a cadenazos. Otro mala leche bárbaro. Verónica lo había parado en el ascensor y le dijo que no lo hiciera más. El otro se negó. Al costado había puesto: 'asesino' ¿?. Luego figuraba un tal Paez, abogado, que cobraba no sé cuanto por arreglar lo del divorcio y obligó a quedarse a ese tipo y decirle que le pagaba sus 'honorarios' con sexo.... Ah, dos mujeres que pedían dinero para chicos ciegos y se lo guardaban. Sanguijuelas, había escrito. Una tal Giselle. Y un vendedor de globos, un opa que paraba en la galería y les vendía globos fallados a los chicos. Luego, otros fulanos, algún empresario y el banquero estafador. Le pregunté por la lista y dijo: ¿vos no tenés gente para nominar y suprimir? En la imaginaria de mi lista dije que fantaseaba con algunos nominados que asemejaban monstruos de pacotilla como políticos y otros fulanos. "¿Todos tiene una lista? ¿Vos no? ". Y dije no. "¿Para qué?", pregunté. Me llamo la atención lo de supresión. El libro de los Proverbios de la Biblia nos enseña:"La soberbia antecede a la destrucción y un espíritu arrogante a la caída", le dije. Era tiempo que se trague su orgullo y ponga fin a los continuos fracasos individuales. "Yo hablo de matarlos dijo Verónica..." Y me atraganté como cuando te atragantás con un caramelo de menta. Quede mudo...

Una noche volvió con un pedazo de queso, aceitunas y un 'cinzano'. Tomábamos bastante. Y me contó que había viajado en colectivo y el chofer no paraba cuando le hacían señas, le echaba el coche encima a todo el mundo, daba órdenes por el espejo como si todos los pasajeros fuesen monos amaestrados. Cuando fue a bajar Verónica, le gritó porqué tocó varias veces el timbre. "Yo toque no más de dos veces, y no me tutee", le dijo ella. Pero el otro siguió gritando y la insultó, todo sin abrirle la puerta. Eso la 'puso' fuera de sí. Entonces Verónica sacó de su cartera un revolver y le disparó dos balazos. Uno pegó en el espejo retrovisor y el segundo dió en el techo. Por suerte sin desgracias personales. Estaba 'sacada' como dicen los pibes. El chofer azorado le abrió la puerta, ella se bajó y se perdió en la oscuridad de Pichincha. ¿Se da cuenta? Me había enamorado de otra mujer y ahora la veía a Verónica como un muchachote buscando venganza. Una actriz del bacanal desde la platea entre balas y claveles."Se dice de mí", imitaba a la Merelo. Y se decían muchas cosas.
Nos seguimos viendo por un tiempo. Le explique lo de mi ex mujer. Lo registre con su voz una hora más tarde en mi memoria, para no olvidarme. "Uds. no hacen nada. Uds. los hombres. Me cansé de explicarle a mi ex marido. Tanto insistí que se animó a comprar un revólver, pero lo dejo en el cajón, envuelto en un pañuelo de seda. Un día lo agarré, lo apreté fuerte, y sentí algo extraño. Sentí que engañaba a mi marido. Que lo engañaba con el revólver. Me tranquiliza tener un arma cerca. Es como antes, de chica, con el cuaderno de clase. Hacía borrón y arrancaba la hoja. Las balas son como las hojas, las arrancás y chau... Todo vuelve a estar bien, el guardapolvo blanco, una flor para la maestra, y la niña Verónica que va a recitar un poema de Benedetti..."El amor, después del amor, por fin... Hay gritos asfixiados en Vero, un candado en el alma de los que nunca encontrarán la llave ni soñaran con buscarla. Hay gritos mal nacidos esperando el silencio donde busca otro silencio: el que Verónica misma es. "Me deben muchas cosas. No sé quienes, casi todos, Uds. los hombres..."

Estábamos parados junto al cuerpo tapado. Llovía en el centro rosarino. El otro era un simple empleado, quería liquidar rápido el trámite. Le pedí que no levantara todavía el lienzo negro. Un segundo más. La había querido mucho. Me pregunté, ¿dónde va el amor cuando llueve? Y después de un año de no vernos me llegue hasta la pensión, pues era a la única persona a la que había recomendado que le avisaran si sucedía algo. El otro me dijo que era la dos menos cuarto. No podía cargar con la culpa y la angustia de un querer.
Sí era ella. Si hubiera sido loca o perversa, hubiera usado las uñas largas color negras o violáceas. Ella no, cortitas y sin esmalte. Nada de rouge, nada de sombras, anillos, pulseras, nada. Solo el pelo mojado de una mujer limpia con pañuelo de seda y un revólver en su mano. Sí era Verónica: la que asomó a mi ventana buscando la alegría, quizás. -®


Texto agregado el 28-01-2008, y leído por 419 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
15-03-2016 Cuánto hay de verdad y de ficción? Pequeña historia de un amor desdichado. Excelente cuento! ***** criterion
 
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