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Los vi por primera vez en un almacén de ropa. Caminaban entre las miradas suspicaces de la gente con sus pintas de hippie desterrados. El hombre podría tener unos treinta años de edad, delgado, de rostro enjuto y estatura media; sobre su cabeza reposaba un excéntrico sombrero de mago y al final de su cara pendía una barba de chivo mal cuidada. La mujer que lo escoltaba no difería mucho de su aspecto. Escuálida, de pelo corto, un poco mas joven que él. Tenía en sus brazos una docena de manillas y una misma cantidad de carlancas en su cuello, todas deslucidas y deterioradas por el tiempo. También había una niña de unos cinco años y parecía ser la hija de los dos. Estaba vestida con una camisa azul mar y un pantalón corto que le dejaba ver sus famélicas piernas. Algunas personas los miraban con actitud despectiva, otros los ignoraban y algunos hacían comentarios ofensivos; pero a ellos no parecía importarles.

Yo veía desde lejos como sus sucios rostros reflejaban una alegría sobrenatural que permanecía ajena a su condición. Observaban con vehemencia su alrededor como si tuvieran el dinero suficiente para comprarlo todo.

El hombre quien era el más entusiasmado, se detuvo en los vestidos de niña y comenzó examinarlos con curiosidad. Después de tanto buscar consiguió uno que le gustaba y que se convenía a su presupuesto pero cuando quiso mostrarle el hallazgo a su mujer fue detenido por un hombre corpulento, de tez morena, ojos vivaces y voz de cañon; era un fornido vigilante que no les había quitado la mirada de encima durante su recorrido en el almacén.

-Es necesarios que salgan- les dijo

-¿porque?- le pregunto el hombre sorprendido

-Por solicitud de nuestros clientes, dicen que ustedes los perturban en sus compras-

El hombre no le contesto nada, acomodo su sombrero, y trato de buscar a su mujer.

-Le dije que se fueran- le volvió a repetir el vigilante indicandole con su dedo índice la salida.

-ya le entendí, déjeme buscar a mi mujer y a mi hija para cancelar el vestido.

El vigilante lo siguió, tenía un radio que vociferaba órdenes ilegibles, que tal vez se relacionaban con lo que estaba sucediendo.

El hombre halló a su mujer y a su hija y se dispuso a pagar el vestido para irse. Llegó a la caja y saco algunos billetes viejos de su bolsillo. Una cajera delgada y palida los contó con reparo.

-Hace falta dinero- le dijo

El hombre busco de nuevo en sus bolsillos y halló algunas monedas.

-creo que con esto completo-. Le contesto él con una sonrisa.

La cajera sin mirarlo contó las monedas y registró el vestido. Él le dio las gracia pero ella ni lo determinó. La pareja salio nuevamente a la calle expulsados por el prejuicio de algunos, pero aun así parecian felices; tal vez porque habian logrado, a pesar de todo, comprarle un vestido nuevo a su hija.

Una mujer que estaba a mi lado celebro la acción del vigilante y me dijo en tono displicente, que en almacén debería ser selectivo al momento de dejar entrar a la personas. Yo no le conteste nada porque aun tenia en mi mente la imagen de lo sucedido, sentí lastima por ellos sobre todo por la niña quien era inocente de lo que ocurría.

Los volvería ver unos días después en una esquina errante de la ciudad, estaban rodeados por una muchedumbre que veían de manera jovial como el hombre hacia malabares con fuego; la mujer estaba sentada en la calle tratando de vender alguna artesanía y junto a ella una hermosa niña engalanada con un vestido de color amarillo. Era el vestido que le había comprado su papa en el almacén.

Comprendí entonces que la dignidad no es cuestión de dinero sino de pensamiento, y que aquellos tres fantasmas de la vida la poseían como su unica riqueza.

12 de julio 2007.

Texto agregado el 13-01-2008, y leído por 122 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-02-2008 Hermoso relato. Siempre dejas alguna enseñanza. La dignidad y hasta la felicidad son riquezas interiores, que no todos pueden adquirir por mucho dinero que posean. Lo ideal sería que existiera algún cierto equilibrio entre nuestras necesidades básicas satisfechas y nuestra riqueza interior plena. 5* Susana compromiso
14-01-2008 Sinceramente lograste emcionarme a cada momento durante todo el relato, describiste tan detalladamente la situación, que es como si estuviera yo también en ese almacén, viéndolos de frente, viendo a su niñita observar cómo la gente maltrataba a sus papás sin motivos. Y lamentablemente he visto ese tipo de situaciones en mi propia ciudad, y creo que el papá aún acorralado por esa notoria discriminación, supo darle una excelente lección de vida a su hija, de que siempre debemos luchar por nuestros sueños, pese a los obstáculos, pues solo así cumpliremos nuestras metas. Y evidentemente el exterior de una persona no determina en absoluto su valor como ser humano, pues esta familia tan delgada, de aspecto "sucio" por fuera, demostró tener su alma más limpia que cualquiera de las demás personas que tanto "asco" sintieron de ellos. Demostraron tener su corazón en paz, carente de todo resentimiento, y lleno de alegría por el solo hecho de estar vivos. Excelente reflexión, amigo. Me llegaste muy profundo con este relato. Te felicito.***** dulceamiga
 
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