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Cartas que Nunca se Enviaron (I)
(Raymond)

Disfruten la Lectura, y manifiesten su apreciación con un comentario. Las sugerencias las pueden dejar abajo del texto o en el Libro de Visitas. Gracias.

Para Alberto:

En este momento te estarás preguntando ¿Donde andará la loca de mi mujer? La voz de tu conciencia te responderá: lejos, muy lejos. Sí, si, ya lo sé. Supones que ésta es otra más de mis locuras ¿verdad? Piensas que aún no he adquirido el valor de dejarte; de irme de ti, de salir para siempre de tu vida. Crees que pronto voy a regresar otra vez a tu lado. Te imaginas que vas a volver a convencerme, si es que te miro llorando y pidiéndome perdón… como tantas otras veces lo has hecho. Lamento desilusionarte, pero… en esta ocasión, eres tú el que se equivoca.

¿Que de donde saqué el valor para tomar tal decisión? Seguro que te lo cuestionarás. Esa es una muy buena pregunta, lo sé. Y como toda buena pregunta, también merece una buena respuesta, y te la voy a dar: fue un proceso muy largo y doloroso, pero hela aquí. Sé que no te va a gustar pero… así son las cosas, lo siento.

Regresaré un poco atrás y te haré unas preguntas. ¿Recuerdas cuando nos hicimos novios? Eras tan diferente. Siempre me gustó de ti la espontaneidad, elocuencia y tu forma de caminar, sobre todo, la seguridad que demostrabas en ti mismo, que con sólo verte me sentía contenta, alegre y, por qué no decirlo, tal vez feliz. Me sentí orgullosa a tu lado, sabiendo que mis compañeras se morían de envidia al verme contigo. Yo era una chica muy joven, cierto, pero tú eras mayor que yo, y suponía que por ello, también más maduro. Supuse mal. Y tú te encargaste de demostrármelo, una y otra vez, con tus palabras y tus hechos.

Me conquistó tu imagen; sí. Tardé algunos años en darme cuenta que sólo me enamoré de eso: de una imagen, no de ti. No te niego que me divertí, por supuesto que sí. Pasé momentos muy agradables contigo, tal vez algunos de los mejores de mi juventud. Sin embargo, cuán lejos estaba yo de imaginar que la vida no sólo era gozar, reír y disfrutar, sino también preocuparse de otras cosas, tanto, igual o más importantes.

Yo siempre fui un poco delicada de salud, pero nadie se daba cuenta de ello, constantemente traté de ocultarlo; procuraba mostrarme jovial y alegre; fue en ese entonces que nos encontramos tú y yo. Me invitabas a salir a practicar deporte, a correr y a realizar tantas cosas, y en cada ocasión lo acepté, pero tú esperabas que todo lo hiciera a la par tuya; todo a tu mismo nivel y grado de fortaleza. Te molestabas porque no caminaba al mismo ritmo, ni mantenía el mismo paso que tú y me cansaba con facilidad. Traté de explicarte muchas veces, pero nunca lo entendiste, o no quisiste entender. Somos muy diferentes físicamente; hay cosas que el cuerpo de una mujer como yo, no me permite hacer de la misma manera como lo haces tú. Te parecí inferior, y muchas veces me lo dijiste así: “yo soy mejor que tú”, y te reíste.

¿Recuerdas cuando “hicimos” por primera vez el amor? Ese día, no sólo perdí contigo mi virginidad, sino que también cayó al suelo mi dignidad de mujer; dignidad que pisoteaste con cada desdén que me hiciste a partir de ese momento. Te dije que yo no podía hacerlo. Te grité que no quería, al menos no hasta no estar segura de ti, de mí, de lo nuestro. Tampoco esperaba que las cosas sucedieran de esa manera, tan vulgar y tan simple; pero tú insististe y casi me obligaste. Me dijiste que si no confiaba en ti. Que tú me podrías “enseñar” lo que yo no sabía de la vida, que para eso eras “hombre de experiencia”. Me mal interpretaste, no me refería a eso. El deseo te nubló la razón y pasaste por encima de mis súplicas. Sólo gozaste tú y ni siquiera te preocupaste de mi sufrimiento. En la intimidad, aquellos gritos que escuchaste salir de mi boca, no eran de placer, como siempre lo presumiste ante tus amigos. Eran gritos de dolor. Del dolor que me causabas al penetrar, no sólo mi cuerpo, sino mis principios, mis sentimientos y mi juventud; mi inocencia.

Cuando me encontraste llorando, después que “hicimos el amor”, traté de explicarte y hacerte entender, una vez más, lo que me pasaba pero nunca diste oído a mis lamentos. Soy muy estrecha de caderas y matriz, me lo confirmó el ginecólogo desde la primera vez que lo visité, cuando me acompañó mi madre. Es un mal de familia. Me dijo que tal vez no iba poder tener hijos, que aún el tener relaciones sexuales me podría causar dolor y que embarazarme podría resultar peligroso. Ese dolor lo vengo arrastrando desde entonces. Pero como tú no te dignaste a querer saber por qué lloraba, siempre lo ignoraste. Nunca te interesaste en saber de esas “cosas de mujeres”. Preferiste utilizar ese tiempo en algo más interesante: como salir a buscar a tus amigos y platicar con ellos de todas “sus conquistas”.

Después, cuando me enteré de que a todos tus amigos les anduviste platicando como fue que “accedí” a ser tuya, pensé que solo era una emoción pasajera de tu parte. Me di cuenta, tal vez un poco tarde, de que no era así. En realidad, ese era tu gusto: contarle a todo el mundo sobre lo que hacías con las mujeres, tus hazañas y tus proezas. Hablar de lo irresistible que te creías, y de lo bien que te sentías de tener una mujer en la cama, de agregar un nombre más en tu larga lista de conquistas y de saber que había otras cuántas más, arrastrándose a tus pies. ¿O me equivoco? También me di cuenta que eso que hacías, sólo era una forma de mantener erguido tu “orgullo de hombre”; una forma de demostrarle tu hombría y tu virilidad a quienes te rodeaban. Pero creo que más que un gusto, era como una profunda ansiedad la que tenías; una urgencia de sacar todas esas cosas fuera de ti, porque el guardarlas dentro te quemaba, te ardía; te enfermaba. Necesariamente tenías que exteriorizarlas delante de alguien que estuviese dispuesto a escucharlas, sin importar que fueran íntimas. Para ti eso era ya una costumbre; por cierto, muy mala y arraigada. Eso era para ti más que un alimento, casi un vicio; un vicio malévolo y destructor. ¿Que cómo lo supe? ¡Fácil! Bueno, en realidad “fácil” se dice fácil, pero no lo es, créeme que no lo es. Tuve que dilapidar algunos años de mi vida viviendo contigo, conociéndote, soportándote. Hubo que pasar incontables horas de amargura y sufrimiento para que, finalmente, pudiera darme cuenta de ello. ¿Cómo no me di cuenta antes? Aún me lo sigo preguntando, y todavía es la hora en que no consigo encontrar la respuesta. Pero, volviendo al punto, pues no pretendo hacer de esta carta una novela, quiero decirte algunas cosas a ese respecto.

¿Sabías tú, cuán indignante es para una mujer que se precia de ser honrada, que su pareja ande contando por ahí sus intimidades como si fueran chistes de cantina? No, tal vez no lo sabes. Y no creo que sea por falta de intelecto, sino porque te sobra estupidez. Es cierto que a ti “no se te cae nada” por andarlo contando, pero parece que tampoco te interesaste en saber si algo se me caía a mí, o a la novia de alguno de tus amigos. Pasaste por alto una vez más que somos diferentes. Se te olvidó, o nunca aprendiste, que las cosas que pasan debajo de las sábanas, se quedan ahí, debajo de las sábanas. Nadie tiene por qué enterarse de nuestras intimidades, porque eso es lo que son: intimidades. Y eso no es algo que deba llenarte la boca de orgullo, cuando decidas contárselas a los demás. ¿Acaso pensabas con ello ganar más admiración y respeto? Pues déjame decirte esto: tal vez ganaste la admiración entre tus amigos, pero el respeto lo perdiste en mí. ¿Cómo fue que me enteré de ello? Tarde, creo que demasiado tarde, pues siempre creí que lo que pasaba entre nosotros, entre nosotros se quedaba. Pero no fue así, a mis oídos llegaron, primeramente, rumores, después los chismes y al final supe por boca tuya, el concepto en que me tenías. Analizando las cosas, la verdad yo no sé si alguna vez te parecí digna de ti.

¿Te acuerdas cuando nos casamos? Qué bien, me alegro por ti, y trata de recordar ese momento para siempre. Yo no creo poder hacerlo por mucho tiempo más. De hecho, tal vez nunca debí de hacerlo. Prefiero mejor empezar a olvidarlo. ¿Por qué? Lo pensé muchas veces y traté de decírtelo poco después de que nos casarnos, pero nunca me atreví a hacerlo. Y bueno, creo si hubiese seguido contigo más tiempo, tampoco nunca te lo hubiera dicho: cuando me casé contigo, lo hice… sin amor. Sí, así como lo escuchas: sin amor.

¿Que si no fue por amor, entonces por qué lo hice? Eso también me lo sigo preguntando, y tampoco consigo encontrarle respuesta. Tal vez fue la ilusión cegadora de llegar a ese momento tan especial, que no me di cuenta que contigo, todo eso podría ser tan efímero como pasajero. Tal vez fue por temor; pero no por temor a ti, sino por temor a enfrentarme a mi misma y encarar la duda sobre mi propia capacidad de ser feliz sin tu presencia. Tal vez fue la inseguridad, esa que nace de la falta de confianza en sí misma y que pensé que podría encontrarla en mi pareja: en ti. O peor aún, tal vez fue la presión y la insistencia por parte tuya de querer ver consumado en un papel aquello que tú llamabas: “mi amor por ti”, o sea, por mí. No sé a ciencia cierta lo que fue, pero la verdad es que ya no pude retractarme. Acepté. Como si con ello se me garantizara la felicidad eterna. En todo caso, tú parecías estar tan absorto en tu propia felicidad, que se te olvidó pensar en la mía.

¿Y de La Luna de Miel…te recuerdas? Pues te diré que, aunque tú no lo creas, me pareció de lo más mediocre. No necesariamente por tu desempeño en la intimidad, sino por tu desconsideración, tu falta de atención y delicadeza para conmigo. ¿A qué estúpido se le ocurre dejar a la esposa encerrada en su habitación, para irse a jugar cartas al casino del hotel? Sólo a ti, a nadie más pudo habérsele ocurrido tal cosa. Pensaste que yo me iba a quedar encerrada esperándote, mientras tú te divertías solo ¿no es verdad? Pues no, no me iba a pasar encerrada todo el tiempo, así es que me salí a buscar cómo divertirme… sola, por supuesto, porque mi esposo… brillaba por su ausencia. Y como tú lo debes saber muy bien, una mujer sola, en un lugar de esos, no es para desaprovechar la oportunidad dejándola ir “viva”. ¿Verdad?
Dicen que no hay ladrón que no sueñe que lo están robando. En cuánto me viste platicando con un joven apuesto en el bar de la piscina del hotel, inmediatamente reaccionaste, es decir, te hicieron reaccionar los celos. Te abalanzaste contra él, como una fiera rabiosa para “defenderme” del depredador. Cualquiera pudo haber pensado que me protegías por el amor tan profundo que sentías por mí. Cuán lejos estaban ellos de imaginar que lo que te impulsó como un resorte, no fueron los celos que nacen del amor, sino de los celos que nacen de la inseguridad y que ponían en duda tu hombría y minaban tu orgullo y egoísmo. En fin, tuviste oportunidad de corregir sin embargo, no lo hiciste. Se te hizo más fácil pedirme perdón. ¿Y todo para qué? Para volver a caer a lo mismo, una y otra vez.

¿Cuántas veces te perdoné? Ya ni lo recuerdo. ¿Y cuántas veces me hiciste creer que de verdad habías cambiado? Ya perdí la cuenta, y dudo que tú también lo recuerdes. Pero ahora vas a tener tiempo de sobra para reflexionarlo...


Fabiola.

Texto agregado el 03-04-2004, y leído por 502 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
28-06-2009 execelente, pense que esos cosas le pasaban a ciertas personas nada más, ya veo que no es así.... elimar
25-07-2005 Muy bueno, pienso que muchas personas deberian hacer lo mismo, descargar su enojo con la persona causante del enojo. Digno de admiración, porque "Fabila" fue muy fuerte al dejar a su esposo... Naty15
10-04-2004 wow!! Que forma tienes de expresar ,no tu fruastracion y tu odio ,sino que el de esta mujer,Fabiola,me encantó mis estrellas para ti LucreciaBorgia
10-04-2004 La carta me tuvo en vilo desde el comienzo al fin. Además de una excelente narrativa, ingreso en la psicología profunda de la pareja (tarea ciclópea) y has puesto sobre la mesa un hecho cotidiano: amor, sexualidad y alienación. Como un maestro. Mis 5 estrellas y sigo leyendo. islero
08-04-2004 Género difícil el de esta entrega estimado, el epistolar es complejo, porque asume que la contracara de la historia conoce de qu 0 se habla, por lo tanto los detalles huelgan, y el riesgo de dejar fuera al lector es muy alto. Lo ha logrado aqui. Si se toma distancia del texto, lo que en una primera mirada pareciera maniqueo comienza a soltar su jugo, y reparte las cargas. Me parece un hallazgo el "que nunca se enviaron", un espacio más abierto a la inclusión del lector. Bien hecho. Voy por más hache
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