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Hay cosas que no tienen importancia contarlas, y una de ellas es esta historia. Durante el mes de diciembre celebré no tener que trabajar el 24 de diciembre. porque festejaría la navidad con mis amigos, y como todos los años tenía la espectativa que trae la media noche, con la ropa nueva, y el baile, el licor y las travesuras que se cometen después que la mente no se inhibe y puede decir, y dejar hacer que lo trivialmente correcto. Se hizo el 24 , en el día, como cualquier día se trabajó, cada uno hizo sus deberes, y cada quien imaginaba su noche, un poco tradicional, rezando y comiendo dulce de noche buena, mientras otros pensabamos, en una perspectiva más mundana , hasta que las campanas se golpearan, y las doce marcaran el ritmo con el que no dormiriamos hasta el amanecer. Llegué a la casa de mi amigo, terminando de rezar la letanía de avemarías, y padrenuestros, mientras mis manos estrechaban la de las personas que lo acompañaban, y mientras en silencio esperaba que la ceremonia se completara , me sentaba a mi comodidad. Me imagino que muchos contarán con sobriedad esta fiesta, y dirán que hicieron lo que su sacerdote o el libro sagrado ordena, pero, finalmente como muchos, o como pocos, no sé, salieron después a compartir su ocio y ha despertar sus dormidos placeres. Cuando nos retiramos de aquella casa, eramos tres, tres buenos amigos, con planes definidos, no encontramos con el cuarto en un karaoke, e iniciamos bebiendo ron, esa bebida de color oscura, pero al mismo tiempo trasnlúcida, que empezo a correr por nuestras gargantas hasta el ávido estómago, primer paso para su digestion, y convertirnos en los disparatados de la noche. Las reflexiones hasta aquí no son si la bebida es buena, o si es mala, o si hacemos bien, si no podríamos divertirnos sin licor, ni quien iba a manejar, ni como terminamos, ni si nos arrepentimos de lo que hicimos, sino, que la pasamos muy bien, y a todos los que leen estos renglones, así no estén de acuerdo conmigo, les deseo que la hayan pasado igualmente, igual de bien, así su plan haya sido solamente familiar, de liturgia, de sexo, no sé, sólo que esa noche ví a todos felices, y si me creen un vil producto del consumismo capitalista, y que derrocho por los caprichos del mercado, no me arrepiento, mal haría en contar esta historia y terminar con una moraleja de ese tipo.

Texto agregado el 29-12-2007, y leído por 77 visitantes. (1 voto)


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