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La Audiencia
Levante la mirada y seguía lloviendo, la calle se veía más oscura desde la ventana, las gotas caían pausadamente, como buscando pegarse al vidrio en perfecto orden, la lluvia me tranquilizaba, siempre me tranquilizaba, me daba paz y entonces el tiempo se detenía mágicamente...
Miré una y otra vez el expediente, sabia que no estaba leyendo absolutamente nada, pero no dejaba de hojearlo, de tocar cada una de sus hojas. Sentía placer al escuchar su ruido a papel cargado de tintas, incluso hasta comencé a sentir calma. Era un expediente judicial de más de 100 fojas, con su carátula de color rozado, muy prolijamente cocido, no parecía tener un año de tramitación. Me detuve en su última hoja y volví a leer una vez más el decreto que ordenaba la audiencia, buscaba tal vez una equivocación en la fecha, en la hora, algo que me permitiera volver a casa, sacarme el traje , la corbata y llorar.
Era un lunes muy especial, recién empezaba a aclarar, era muy temprano, los mozos todavía se acomodaban sus uniformes y estiraban los últimos manteles, los de las mesas del fondo. Mi café recién servido, humeaba como recordándome lo frío que estaba el ambiente.
El mozo se me acerco y me dijo: -“Doctor, desea leer el diario, trajo el suplemento deportivo con todo sobre lo de Colón”-, no atine mas que a negar con la cabeza. Llovía más fuerte, sentí alivio, tal vez relacione el diluvio a momentos de la infancia en donde mi madre mirando a la ventana decidía que no tendría que ir a la escuela, quería por todos los medios que esa pesadumbre, ese malestar que me empezada a aterrar, terminara.
Mire la hora, era la hora, me sentí palidecer, por suerte el mozo ya estaba a mi lado cobrándome, tal vez asistiéndome, no tuve alternativa que levantarme y salir de ese bar.
Bajo el paraguas y cruzando a tribunales sentí libertad, pensé que podía seguir de largo y caminar por calle San Martín, podía tal vez parar el taxi que paso a mi lado muy despacio, es que pasó provocándome, como invitándome a subir, a huir, pero mis piernas seguían paso a paso rumbo al hall de entrada de los tribunales, como si no fuesen parte de mi cuerpo, como si no dependieran de mí voluntad, como si me llevarán forzadamente a mi temido destino.
Finalmente entré, solo el portero y un policía estaban en el inmenso hall de entrada, al unísono saludaron con un cortante: “Buenos días Doctor”, los miré y solo conteste “buenos días”, eran las primeras palabras que salían de mi boca desde hacia dos días, es que desde el viernes no hacia más que leer y releer ese expediente de 100 fojas; esas palabras de saludo me despertaron, y pensé que era tiempo de la acción, de empezar a actuar de abogado, con la cabeza bien alta, apretando firmemente el expediente contra mi pecho, caminé buscando la sala de audiencias. Mi actuación había comenzado.
Los golpes en la puerta fueron tres, constantes, firmes, pero no entendí...
La sala de audiencia estaba vacía, se podía percibir el aroma del roble de los viejos muebles de estilo que en silencio, esperaban ser testigos una vez más, de las miserias humanas que día a día se exponían buscando justicia. Me quede en penumbras, disfrutaba ese momento, me pregunté porque estaba allí si había jurado que nunca ejercería; ese septiembre que me recibí, fue el mismo mes trágico que me comunicaron la muerte de la Tatina, una abuela común, como todas, por eso tal vez la mas querida. Fue a fines de ese septiembre que me avisaron que en un intento de robo la habían matado, y yo me acababa de recibir, que paradoja, que tristeza, ¿que justicia de los hombres buscaría entonces, ante tanta injusticia de Dios?. Lo juré, lo prometí, nunca ejercería, nunca defendería derecho alguno de cualquier ser humano, no entendí al hombre, no entendí a Dios.
La puerta volvió a sonar, esta vez percibí que temblaba, los golpes eran fuertes, indudablemente alguien estaba llamando...
Entró el Sr. Juez apenas levantando sus cejas como señal de saludo, el secretario sí me saludo, incluso me extendió su mano. Sin mirarme y mientras acomodaba sus papeles me dijo: -“Doctor, su cliente está en la puerta, en cinco minutos comienza la indagatoria”-.Cuando lo conocí sentí un escalofrío, su mirada era penetrante, firme, desafiante, sus ojos eran negros, muy negros, y no parpadeaban; en el mismo instante que iba a extenderle la mano me di cuenta que estaba esposado, disimule el movimiento con una palmada en su hombro, simulación que los oficiales que lo escoltaban percibieron, creo que lo percibieron, seguro que lo percibieron, pero también disimularon.
Sabía que a pesar de estar incomunicado él tenía derecho a conversar con su abogado, pero no hablé, no sabía que decirle; fue solo un instante, cuando los oficiales se distrajeron firmando la planilla de rigor, que estuve con él a solas, le dije: -“tranquilo, todo va salir bien”-me miró y me dijo: -“ yo la maté Doctor”-, no pude más que repetir casi inconscientemente: -“tranquilo, todo va a salir bien”-.
Era mi primer audiencia, mi primer indagatoria, sabía que de mi defensa dependía la libertad de un hombre; entendía que de mi actuación derivaría la suerte y el destino de una persona, pero sus palabras me marearon, sentí náuseas, estaba defraudado, estaba confundido, estaba defendiendo a un asesino. Me esforcé y busque algún justificativo para poder seguir, recordé a mi profesor preferido de derecho penal, el Dr. Terán Lomas, el siempre nos decía, que hasta el peor de los violadores y asesinos tienen derechos y merecen una justa defensa. Las palabras del maestro me titilaban en la memoria, pero se confundían con la voz ronca del asesino que aturdía mis oídos pregonando muerte.
Una vez más busque la lluvia, esta vez a través de la única ventana que daba a un patio interior. Las gotas seguían cayendo en perfecto orden, constantes, estables, como desfilando orgullosas ante mi presencia. Debía estar preparando a mi cliente para la audiencia, sabía que debía estar tranquilizándolo, pero no podía mas que mirar y mirar esa lluvia caer. Quedamos solos en el pasillo, esperando.
Esta vez fue solo un golpe el que percibí, pero acompañados de gritos, pero seguía sin entender...
Recordé mi terapias con el sicólogo, me daba gracia la interpretación de mi relación con la lluvia; los “análisis” indicaban con llamativa solemnidad, que la tranquilidad que sentía al contemplar la lluvia por una ventana, se debía a una elaboración de mi inconsciente, que recordaba imágenes de mi infancia; más precisamente atribuidas a las vivencias compartidas con mi abuela, la Tatina. Es cierto me cuidó , me educó, me protegió, pero no recuerdo nada de la lluvia. Tal vez fue ella quién me hamacaba en su falda cuando llovía, o era ella quién me cantaba una canción sobre el Jacarandá que siempre viene misteriosamente a mi memoria, que decía: “al este y al oeste siempre lloverá” o algo por el estilo, o a lo mejor era ella quién me abrazaba cuando me asustaban los ruidos de las tormentas, no sé, nunca lo supe.
El secretario fue claro, dijo en forma tajante y fuerte, casi gritando: -“pase y cierre la puerta”-. De tan simples palabras se podían deducir innumerables circunstancias, el secretario estaba enojado, o había algún problema, de todas formas entré rápidamente pero sin entender que pasaba.
El secretario estaba parado junto a la ventana, con un expediente en sus manos, me miraba sobre sus lentes puestos, como investigándome; el Juez estaba en su escritorio concentrado en un escrito, no levantó su vista ni siquiera cuando la puerta se azotó, es que la cerré sin medir la fuerza, quería terminar todo.
Sus palabras me retumbaban, las entendía pero me molestaban, me herían, no las quería comprender, pero eran claras, demasiado claras. El secretario bajándose aún más los lentes concluyó: -“como dije este Juzgado está saturado de trabajo y si bien tenemos evidencias contra su cliente, preferimos tratar otros temas más importantes, después de todo a la que mataron nadie la reclamó,¿me entiende Doctor?.”-
Solo atiné a mirar al juez, pero seguía muy concentrado con su lectura, entonces me le acerque, como buscando su atención, no sabía como explicarle sin hablar, sin emitir ninguna palabra, que el que estaba afuera era un asesino confeso, que se estaba cometiendo una injusticia; fue entonces allí parado ante su escritorio, que reconocí en sus manos el motivo de su atenta lectura, era un semanario deportivo, sí, un suplemento que cubría el primer campeonato de fútbol que acababa de ganar su equipo. Primero me causó risa, pero la vergüenza me fue invadiendo, y finalmente un profundo dolor se me transformó en un nudo en la garganta insoportable que me impidió hablar, ni siquiera pude despedirme.
Muchas imágenes y sensaciones se me aparecían en forma desordenada, mi primer audiencia, mis obligaciones como abogado, mi primer cliente, mis miedos, la justicia, los lentes bajos del secretario, su mirada sobre ellos, el café de la mañana, el expediente, mí expediente que seguía bajo mí brazo, los ojos negros del asesino, el diario del Juez, los muebles de roble, su aroma, mi abuela la Tatina, la lluvia.
En la misma mesa que dos horas antes me contuvo un café humeante, en donde sobreviví a mis miedos, en donde el mozo me atendió, me asistió, me encontraba contando esos mil pesos, mis primeros mil pesos de honorarios. Cuando los contaba, los acomodaba, y recordaba la cara de asombro de mi cliente cuando le comunique el “falta de mérito”, que debió llamarse “falta de justicia”; recordé la risa o el llanto de su compañera cuando pudo abrazarlo sin esposas, recordé cuando recibí ese sobre con los honorarios.
Había cumplido con mis obligaciones de abogado, había pasado mi primer audiencia, había triunfado en mi primer caso, tenia en mis manos mis primeros honorarios, pero me sentía profundamente infeliz, insoportablemente infeliz; no entendía porque mi ética profesional que orgullosamente demostré al defender a un asesino, moría lastimosamente junto a mis principios, por unos miserables billetes.
Esta vez los golpes en la puerta fueron evidentes, los gritos eran de mi secretario y los repetía desesperadamente diciendo: -“Sr. Juez, Sr. Juez ¿esta bien? ábrame por favor”- Lentamente como queriendo simular absoluta normalidad, abrí la pesada puerta de mí despacho. –“¿Estaba dormitando Doctor?, disculpe que lo moleste pero es hora de la audiencia”- me dijo suavemente el secretario como queriendo sacarse la angustia-, “no”- le dije-, “solo miraba la lluvia por la ventana, y me quede recordando mi primer audiencia”-le completé con una sutil risa-, y agregué: -“dígale al imputado y a su abogado que en 10 minutos comenzamos la indagatoria”- . Me entregó el expediente de ese caso y se retiró, esta vez sin cerrar la puerta. Cientos de delincuentes transitaban periódicamente por mi despacho buscando que les dicte justicia, mí justicia, la justicia de los hombres, esta audiencia sería una más.
Miré una y otra vez el expediente, sabia que no estaba leyendo absolutamente nada, pero no dejaba de hojearlo, de tocar cada una de sus hojas. Sentía placer al escuchar su ruido a papel cargado de tintas, incluso hasta comencé a sentir calma. Era un expediente judicial de más de 100 fojas, con su carátula de color rozado, muy prolijamente cocido, no parecía tener un año de tramitación. Me detuve en su última hoja y volví a leer una vez más el decreto que ordenaba la audiencia, buscaba tal vez una equivocación en la fecha, en la hora, algo que me permitiera volver a casa, sacarme el traje, la corbata y llorar; pero levante la mirada y seguía lloviendo, la calle se veía más oscura desde la ventana, las gotas caían pausadamente, como buscando pegarse al vidrio en perfecto orden, la lluvia me tranquilizaba, siempre me tranquilizaba, me daba paz y entonces el tiempo se detenía mágicamente...
PABLO JUSTO -dedicado a las memorias de la Tata y del Dr. Terán Lomas.-

Texto agregado el 14-12-2007, y leído por 360 visitantes. (0 votos)


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