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REBELION



Hoy mi pareja y yo no vamos a hacer nuestro trabajo. Nos vamos a esconder debajo del edredón y haremos el amor sin descanso durante todo el día. El cabrón del Jefe no podrá servirse hoy de nosotros como lo hace todos los días. Nos explota, nos pisa sin compasión, sin una sola palabra de ánimo, como si nuestro trabajo no tuviera importancia. Hoy, cuando nos eche de menos, se va a llevar una tremenda sorpresa al no encontrarnos, pero sobre todo se va a joder un montón.
¡Que le den por culo!
Yo, que tanto observo, había observado hoy algo extraño en mi entorno. El Jefe se dirigía hacia mí arrastrando los pies, desangelado, casi tiritando y mascullando imprecaciones. Al verlo de esa manera, tan indefenso, me apercibí de que era mi gran oportunidad para darle un susto.
¡Quién cojones se creía que era!
Todos los días me mira sin verme, como si yo no existiera. Me ningunea, no aprecia en mí cara la huella del paso del tiempo, no tiene conmigo una palabra de aliento. No me pregunta por esas manchas negras que contempla en mi rostro, adelanto de una muerte presentida (¿o anunciada, mejor?), que me devolverá a mis orígenes.
Algo raro sucedía porque el Jefe no venía silbando su canción preferida (“Aquellos ojos verdes…”). Era como si se hubiera quedado ciego porque yo estaba en el mismo sitio de siempre. Mi compañero de trabajo me hizo un guiño de complicidad y rápidamente me di cuenta de que hoy era nuestro día.
¡Se va a enterar el cabrón!
Desde luego no estaba la habitación iluminada como todos los días; sólo una pequeña claridad, la que precede al amanecer, se podía atisbar.
Noté como todas las mañanas sus muslos peludos sobe mí, su peso a plomo sobre mis curvas. Oí los sonidos del interior de su cuerpo que, al abandonarlo, se convertían en una ráfaga de metralleta como las que se oyen en las películas. Por fin sentí un golpe suave sobre mí de algo untoso como la manteca que se deslizaba poco a poco hasta mis adentros. Y todos los días lo mismo. ¿Es que hay algo más humillante que, una y otra vez, casi siempre con intervalos de veinticuatro horas, te echen la mierda encima? Pero hoy ¡ so cabrón! no me la voy a tragar; la vas a estar oliendo todo el puto día y te la voy a escupir para que se te pegue en las nalgas como una pella de cemento.
Oímos el ruido de la puerta corredera de nuestro habitáculo, señal inequívoca de que el Jefe volvería a elegir a uno entre todos para que le diera calor, obligándolo a pegarse a su cuerpo grasiento, desagradable, abrazarlo y sobarlo durante todo el día. No preguntaba si el elegido estaba arrugado del frío de la noche o descoyuntado por su hierática posición colgante mantenida durante tanto tiempo. Eso para él no tenía importancia. Verdaderamente nuestro trabajo era como el de las concubinas de un harén, esperando siempre la decisión de su amo y señor. Siempre preparadas, guapas, dispuestas a ser utilizadas sin más y devueltas a sus dependencias. Pero hoy ya habíamos acordado todos que el abrazo del nominado del día iba a ser un abrazo especial.
Hoy después del habitual portazo no se había encendido la luz del foco que me rescataba de mi descanso nocturno. Algo extraño pasaba. Después de tantos años de trabajo mi maquinaria desgastada estaba empezando a fallar y cada vez tenía que hacer un esfuerzo más intenso para responder a las llamadas. Sentía una fatiga enorme al empezar mi jornada laboral que iba superando poco a poco a lo largo de la mañana. Pero hoy no estaba dispuesto a seguir, no podía más.
¡Que se las arreglen sin mí!
Como todos los días antes de que amaneciera yo estaba preparado para rendir a tope en mi trabajo. Mi trabajo es rutinario, repetitivo, apenas apreciado, pero imprescindible para que funcione todo el engranaje. Puedo decir con orgullo que salvo vidas como los del Samur. Si no fuera por mis permanentes avisos, mucha gente vería truncada su existencia de una manera trágica e imprevista. Pero hoy, de toda la legión de hormiguitas que me mira y obedece mis órdenes sin rechistar, voy a dedicar una especial atención a ese ser orondo y negro que ni siquiera levanta la cabeza cuando se cruza conmigo.
¿No se da cuenta que en ese corto espacio, en ese escaso minuto diario, está en mis manos? En ese momento soy un Dios para él. Puedo ser Providente y salvarlo de los peligros que lo acechan o Castigador y Cruel y arrancarlo de un plumazo de este mundo por el que tanto apego tiene.
¡Hoy se va a enterar!
Era de noche todavía cuando ya estaba recargando las pilas, lavándome y preparándome para atender a todos los que se servía a lo largo del día. Realmente, casi podríamos paralizar la ciudad, el país y el mundo entero si nos declaráramos en huelga. En verdad nuestro poder era inmenso.
La gente, estúpida, sólo se da cuenta de nuestra importancia cuando por cualquier circunstancia ajena a nosotros mismos dejamos de trabajar. Entonces hasta los políticos se preocupan de nosotros y salimos en la tele y en los periódicos.
¡Hoy, hoy va a ser nuestro día!



¿Dónde coño estaban las zapatillas?
Seguro que las había dejado sobre la alfombrilla de al lado de la cama como todas las noches. Las colocaba apenas separadas un palmo entre sí, mirando hacia el cuarto de baño al que inmediatamente se dirigía. Sólo con girarse y sentarse en el lateral de la cama podía alcanzarlas al echar los pies al suelo (no quería hacer ruido al buscarlas para que Carmen no se despertara. Ella podía quedarse durmiendo unas horas más). Se tiró al suelo mirando debajo de la cama por si al levantarse a media noche a orinar, casi dormido, las hubiera desplazado de su posición habitual (algunas noches la próstata le obligada a mear más de una vez). Pero no, no las encontraba por más que tanteaba a ciegas, palpando el suelo, con medio cuerpo introducido ya debajo de la cama, el culo en pompa, a gatas, y con el pijama que se le había bajado hasta la misma raja de las nalgas. Empezaba a sentir frío y Carmen comenzaba a dar vueltas en la cama. La iba a despertar; así es que se puso en pie y se encaminó descalzo hacia el cuarto de baño. Qué helor despedía el suelo por la mañana al levantarse, aunque hasta ahora no se había dado cuenta. Aquellas zapatillas baratas que Carmen le había comprado en el mercadillo, gastadas ya por el uso, mullidas y abrigas, lo aislaban de aquel congelador que tenía bajo sus pies.
¡Hachis! El estornudo estridente, casi desgarrador, resonó en el cuarto de baño y en el dormitorio. Carmen se dio otra vuelta en la cama. Definitivamente, si no tenía cuidado, la iba a despertar.
¡Clik! Joder no había luz. Menos mal que siempre dormían con la persiana abierta. El, hombre cumplidor donde los hubiese, no podía dejar de ir al trabajo por quedarse dormido. No ponía el despertador para no molestar a Carmen y confiaba totalmente en los hábitos horarios que a lo largo de los años su cuerpo había interiorizado, pero la persiana abierta reforzaba su seguridad de que algo así no le ocurriría. La luz de las farolas de la calle se filtraba hasta el cuarto de baño creando una atmósfera de penumbra que le permitía apenas vislumbrar los objetos y los contornos de la habitación.
Tanteaba en el cajón del mueble que Carmen le había reservado para sus cosas de arreglo y, por fin, dio con la brocha, el jabón y la maquinilla de afeitar. Se enjabonó la barba con parsimonia haciendo que la espuma penetrara cada poro de su piel (ya se sabe, un buen afeitado requiere un buen enjabonado). Cogió la maquinilla y al oprimir el botón comenzó a vibrar en sus manos como si tuviera vida propia (algunos días que se levantaba empalmado, mientras se afeitaba, aquel ruido le hacía imaginar una sesión amatoria con su mujer utilizando un artilugio cosquilleante como aquella maquinilla).
No veía bien y el primer tajo se lo dio a la altura de la patilla derecha. Siguió intentando deslizar la maquinilla, pero no sabia porqué se resistía a descender hasta el mentón. Apretó nervioso y enfadado y un manantial de sangre le brotó de la barbilla. Dejó la herramienta y con papel del váter presionó hasta que casi consiguió cortar la hemorragia.
¡Las tiritas, las tiritas! Las encontró finalmente y se las colocó en los cortes que se había hecho. No tuvo más remedio que dejar el afeitado a medias.
Abrió el armario lentamente tratando de hacer el menor ruido posible. Cogió el traje negro, el primero a la derecha de los que tenia colgados con la corbata azul. Sabía que era el negro, no porque viera su color, sino por su situación. El era ordenado y los trajes los colocaba siempre de derecha a izquierda según los tonos que iban desde el negro al beige, y la corbata, que según le había indicado Carmen hacía juego con el traje, la ponía en la misma percha para no equivocarse. Empezó a vestirse y, al calzarse los calzoncillos, se dio cuenta que había cogido unos nuevos que parecían que le iban a estrangular los testículos. Había engordado desde la última vez que se puso ese traje y los pantalones no le cerraban bien, apretando su cintura como una cincha alrededor de la panza de un caballo; la chaqueta no le abotonaba y la barriga se le caía por encima del pantalón dejando a la vista su figura de Sancho Panza. Con los nervios se apretó la corbata con tal fuerza que más parecía la soga de un ahorcado.
Aquel desastre de hombre entornó la puerta del dormitorio, cruzó a tientas la casa y cerró la puerta que daba al descansillo de la escalera dando un ligero portazo. Ahora no veía nada. Ni las manchas de la pared del descansillo, ni los circulitos rojos que como dos ojos de felino le indicaban que el ascensor estaba disponible.
¡ Cojones. Si no hay luz, no funciona el ascensor!
Salió a las escaleras y comenzó el descenso de los nueve pisos que lo separaban de la calle. Iba bajando lentamente cogido a la barandilla pero no pudo evitar tropezar con las bolsas de basura que indolentemente los vecinos habían ido dejando en los descansillos de la escalera, pasada la hora en que la portera las recogía tal como establecían las ordenanzas de la comunidad. El último tropezón lo disparó contra la pared del portal y empezó a notar como un bulto crecía en su frente intentando perforar su piel.
Salió a la calle y una bocanada de aire fresco le reconfortó. Ya podía ver con los primeros claros del día y continuó andando, ensimismado, sin ver a los transeúntes que giraban la cabeza al cruzarse con él.
¡!Piiii…..! ¡ Cabron!
Había estado a punto de perder la vida. No había visto el color rojo del semáforo ni oído el pío pío de los pajaritos que avisaban a los ciegos de que ya podían cruzar. Dios, estaba vivo de milagro.
Llegó a la parada del autobús donde hoy extrañamente no había nadie. Sólo se veían circular coches particulares. Había pasado ya media hora y el autobús casi siempre puntual no llegaba. Iba a llegar tarde al trabajo. Decidió ir a la oficina a paso ligero, pensando que, con un poco de esfuerzo, hoy tampoco llegaría tarde al trabajo, a pesar del calvario en que se había convertido aquella aciaga mañana. Eran unos cinco quilómetros aproximadamente los que tenía que hacer. A veces se encontraba casi corriendo, resoplando, sudando, notaba una ligera presión en el pecho que poco a poco se hacía mas intensa. No se daba cuenta siquiera de que la gente se apartaba cuando lo veían acercarse, haciéndole un pasillo a veces estrecho como cuando los ciclistas llegaban a la cima del Tourmalet.
Ya había logrado alcanzar la puerta del moderno edificio de oficinas.
¡ Sr. Martinez, no funciona el ascensor!
Apenas oyó al portero pero ya se lo imaginaba. Subió hasta el décimo piso, con la fatiga instalada en el pecho y en el cerebro. Por fin, por fin abrió la puerta de su oficina.
JA, JA, JA , JA , JA, JA, JA, JA , JA , JA ,JA ,JA , JA ,JA , JA , JA , JA, JA, JA, JA.
Un montón de cosas, de objetos , de productos , de artefactos dispuestos en circulo en la amplia estancia, apilados, hacinados, superpuestos hasta alcanzar el techo y girando como en un tío vivo, se reían , no, se carcajeaban como una orquesta sinfónica que generara millones de decibelios que le dañaban los oídos y agujereaban su cerebro.
Y él, en el centro, se tapaba el rostro con las manos y doblaba las rodillas mientras lloraba desconsoladamente.
De repente, se hizo un silencio mortal, se abrió como por arte de magia, un corredor entre aquella materia inanimada que poco antes reía, y apareció el SUPER JEFE.
¡ Martínez. Como puede venir a trabajar usted de esa guisa. Usted, el empleado ejemplar, el trabajador modélico, el alma de esta empresa entre los de su clase!
El dedo índice del SUPER JEFE , que sobresalía de su mano enorme, rosa, como las de un payaso de circo pero a lo bestia, apuntaba desde la altura de aquella figura gigantesca directamente a su cabeza .
¡!!! ESTA USTED DESPEDIDO ¡!!!
¡!!! NO, NO, ………………………………………….!!!!




De un salto se incorporó en la cama. Apenas podía respirar, el aire no lograba encontrar el camino hacia sus habitáculos, tenía mojado el pijama , el pelo chorreando de sudor, la boca seca, le estallaba la cabeza.
¿Qué te pasa cariño? Me estás asustando.
No te preocupes. Ha debido ser un sueño horrible del que no recuerdo nada. Pero ya estoy bien.
Se giró hacia el lateral de la cama, se calzó las viejas zapatillas, tras dar la luz se afeitó con destreza………………. Había hecho lo que hacía rutinariamente todos los días.
--Buenos días, Sr. Martínez.
--- Buenos días, Berta.
Tras tocar la puerta del despacho del Director General, y con la confianza que da el sentirse imprescindible, entró tranquilamente.
--Buenos días, don Juan.
--- Buenos días, Martínez. Hoy se ha retrasado usted un poco y además tiene muy mala cara. ¿Es que está enfermo? A ver si lo vamos a tener que prejubilar.
--Don Juan, no diga eso. Sólo ha sido una mala noche. Estoy para lo que usted mande.
Al dirigirse a su despacho, no pudo evitar que se le vinieran a la cabeza todas las cosas que cada día nos hacen la vida más cómoda y agradable.

Texto agregado el 10-11-2007, y leído por 267 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
16-11-2007 Tu estilo coloquial, vivo, engancha. Muy buen relato. margarita-zamudio
15-11-2007 Me gustan las descripciones que haces, se "ven". La imagen del hombre buscando las zapatillas con el culo en pompa es impagable. m_a_g_d_a2000
13-11-2007 Pues sí, a menudo infravaloramos las comodidades por estar demasiado mal/bienacostumbrados, pero un golpe de estado de esta guisa le hace replantearse la situación a cualquiera. Lejos de propugnar el materialismo, el texto es un llamado a reflexionar sobre la suerte que tenemos las personas que, por ejemplo, podemos permitirnos leer una historia en internet, en vez de encender un fuego para calentar una chabola. Estrellas para usted!! xung0
12-11-2007 Me gustó tu estilo directo, crudo, descriptivo, exacto. Gran imaginación. 5* zepol
11-11-2007 Soy poeta, me cuesta la narrativa pero le diré, escribe con el alma y se nota, tiene unas pinceladas de humor muy certera, me encantó el modo y lo frontal para explicar y narrar.5 on-line
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