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Si hay alguien a quien culpar es a mi jefe. Superior jerárquico, director, alto mando. En fin , como se le quiera nombrar, pero para que se entienda fácil, el tipo que por circunstancias ajenas a la capacidad intelectual y por otras que no vienen al caso, come y viste mejor que yo, trabaja menos y disfruta más, mucho más del ocio en horas de oficina.
Es el caso que el susodicho “chief” tiene la costumbre de desquitar el sueldo navegando en las plácidas aguas del Internet. Él, como buen mariscal siempre atento a la salud mental y buen ánimo de sus vasallos, no duda en compartir vía correo electrónico alguna buena presa que haya caído en su voraz red. Y fue precisamente ese maldito hábito el que me tiene en la ruina, con un pie en la cárcel.

“Aguas xxx insospechado origen del...” rezaba el asunto en Outlook. También era inesperado el contenido del archivo, que una vez descargado me mostró el culo monumental de una muchacha leonada en posición llamémosle cúbico dorsal. En la base de las tersas y doradas nalgas un mejillón carnoso, sonrosado, lampiño, en suma, salutífero, como para abrir el apetito. Corona del gran molusco era un tímido esfínter, que conforme transcurría la animación dejaba ver todo su esplendor y descubría sin lugar a dudas el origen del símbolo conocido como asterisco. La última lámina era un icono límpido del ano, conmovedoramente dorado, no precisamente con las cinco líneas que se ramifican del foco ciego, como el signo de marras, sino siete u ocho surcos bien definidos y otros tantos delgadísimos, pero exquisitamente perceptibles.

Y sucedió que esa imagen se apoderó de mi mente. Una obsesión que creció, de la consulta una y otra vez al archivo electrónico, hasta las muchas y costosas visitas a las más renombradas mancebías.

Caso raro porque mi idea, llámese instinto o educación sexual, otrora repudiaba el conducto excretor, quizás por esta denominación escatológica, subrayada por la cultura occidental de post guerra que privilegió a la higiene como bandera del puritanismo.

El hecho es que las dos únicas mujeres con las que he tenido relaciones sexuales, en sendos matrimonios, tan distintas ellas, tenían en común la aversión al sexo anal. Vamos, nunca accedieron siquiera a mostrarme su insignia aunque fuera furtivamente. Mucho menos iban a dejarse palpar la zona sagrada.
De ahí la extrañeza por esta mi obsesión en ese asterisco dorado, que me llevó a lo inimaginable. Primero merodeé a una empleada de la oficina, de quien las malas lenguas decían no tenía sexo por la vía convencional debido a una extraña mal formación, circunstancia que la obligaba a disfrutar la penetración anal, si a disfrutar, a juzgar por la cara de satisfacción que presentaba en las mañanas. Jacarandosa, exuberante y con un aire de mulata que me hacía jurar que tenía el paladar negro, la compañera candente accedió a una cita. Ya se sabe, cena, tragos, baile y una vuelta al motel. El asunto iba sobre ruedas hasta que ya todo listo, las copas no pudieron ocultar la diferencia entre el fantástico asterisco dorado y aquella muesca negra y vellosa. Y como se dice vulgar, pero sabiamente, me fruncí.

Después de un tiempo, breve por cierto, comprendí que lo mejor para cumplir mi fantasía era buscar en el mercado. Y sí, el Internet me llevó a una esplendida página donde encontré una pléyade de trigueñas culatotas. Me puse en contacto con Kenya, impulsado por los atractivos datos curriculares y media docena de fotografías para quitar el sueño. Estatura: 1.65, Ojos: verdes, Cabello: platino. Atiendo en hoteles y domicilio, disponibilidad: full time –qué bueno que me defiendo en inglés- servicio completo, parejas, hombres y fantasías; pero oiga usted lo mejor, Medidas: 90-62- ¡108!

No es el caso entrar en honduras, pero esa oquedad tampoco respondió a mis expectativas, solamente digamos que abajo del par de férreas murallas que la protegían se encontraba agazapada una grieta de carne distendida, de un color amarillento insano y una docena de púas amenazantes a su alrededor.

Otra decepción, a la que siguieron muchas más, ahora en lugares non santos, donde conocí todo tipo de oquedades, incluso por características étnicas. Los pozos orientales, siempre con huellas de haber recién excretado e inconfundible olor a camarón seco. Los violáceos, apenas distinguibles en la negrura de regias nalgas de negra y los pálidos, laxos, de hembra blanca.
Nada señores, nada que se pareciera al asterisco dorado y si en cambio, una plétora de gastos que me tenía al borde de la quiebra.

Y ya decía que si hay que culpar a alguien sobre mi triste situación es a mi jefe.

Hábil para la negociación y convencimiento, mi superior jerárquico, como gustaba autonombrarse el regordete cabecilla, se inventó una comisión a una ciudad fronteriza, con el no expreso, pero evidente propósito de cruzar la frontera para hacer compras navideñas, y desde luego las correspondientes a su jefe inmediato. A su regreso convocó a una junta de trabajo urgente, donde nos deslumbró por más de cuatro horas con la picante narración de su periplo por tierras americanas, sus tiendas y establecimientos de putas. ¿Se acuerdan del correo que les mandé del asterisco? Pues yo creo que era la misma vieja, si no, pues igualita. Y que me hace un baile y luego otro, y ahhh, que belleza. Ahí cerca, apenas cruzando la frontera, el lugar se llama Ramada o algo así. Si pueden vayan un día.
Yo, subordinado obediente, tomé el comentario como orden y apenas iniciado el periodo vacacional y con el aguinaldo completo en la bolsa, pues también ingenié en casa una comisión extraordinaria, y me fui en busca del Baranda o algo así.

Decenas de mujeres rubias, de espléndidos cuerpos y frías como la decoración art noveau del lugar. La diosa del asterisco dorado no era una, sino que parecía reproducirse, clonarse que se dice en estos tiempos hasta en tres o cuatro versiones.
Ella se hacía llamar Kandy, en la pasarela bailó con sensualidad salvaje, digamos que para mi gusto algo tosca, pero su belleza era un argumento muy superior a mi estúpida objeción. Si, era ella, ¡la rubia del correo electrónico, la dueña del mejillón supremo, la del asterisco dorado! Entonces no dudé. Apenas acabó su rutina me le acerque y le pedí al oído me apartara lugar para que me hiciera un baile. Y así fue. Uno y la gloria, y de nuevo otra danza y yo en estado de excitación incontrolable. Fue entonces que se dio el arrebato ominoso. Ella terminó su contoneo sobre mis pernas completamente desnuda. Se incorporó dándome la espalda, y luego de un par de pasos se agachó para levantar su tanga. En ese preciso momento se me reveló el asterisco dorado como la más hermosa puesta de sol. Solamente fue un impulso, no puedo decir más. Me bajé los pantalones y la penetré. Fue una inserción aceitada pues mi miembro estaba listo para cumplir su función. Firme y profunda. Ella trató de huir pero la abracé férreamente de la breve cintura. Sólo fue un instante. Uno, dos y tres movimientos pélvicos fueron suficientes para hacer historia; eyacular como lama tibetano. Sidartha que se funde en el nirvana dorado.

Lo demás, señores, es lo de menos, pero lo que más me importa e impresiona. Un rostro descompuesto vociferando: ¡violación, violación!. Un par de negros enormes que me sacan a rastras del lugar a un patio trasero y mi grito repetido: ¡human rights, human rights! evitando una golpiza.
Las noches en la celda fría e higiénica, la Corte, el abogado defensor que fija la reparación del daño en 100 mil dólares, porque la parte acusadora no cuenta con una reputación como para sostener la indemnización inicial de 500 mil, y yo, triste, preocupado, vamos desmoronado. Aquí, sentado en el filo de la navaja y rogando que si voy a la cárcel por culpa del asterisco por favor pasen a visitarme, y si no, pues por lo menos tomen nota de mi triste acaecer.

Texto agregado el 12-09-2007, y leído por 1377 visitantes. (46 votos)


Lectores Opinan
30-09-2012 si así es el jefe? como serán los que apenas le llegan a las rodillas kalazum
30-09-2012 gay kalazum
23-02-2010 excelente historia, muy bizarra, lo invito a leer "el hombre sin destino" de mi autoria, saludos godalhi
08-02-2009 Muy divertido. Confirmo mi hipòtesis de que eres màs humorista que escritor, pero bah, que importa. No sòlo el cuento es divertido, irreverente y pervertido, también de pasada y muy de pasada hace un poco de crìtica social, que el lector medio y mas bajo del medio toma como manifiesto y pasa a escandalizarse y tomarlo como confesiòn de parte y relevo de pruebas. Es aùn mas divertido ese ambiente que desatan tus cuentos y como todavía hoy en el siglo XXI hay quien se escandaliza con un cuento que hasta podría pasar por literatura para jóvenes. meaney
01-04-2008 Ysolbet, es muy amable, vamos en ocasiones se pasa. Pero para mí nuevamente, después del primer párrafo: zzzzzzzzzzzzzzzzz.Un corte de manga, puto de mierda. soyelquequieroser
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