Secuencias del vivir.
Como el viento que mueve la avena, la vida transcurría tranquila, apacible y en una atmósfera cálida y de prometedora cosecha.
No se avecinaban tempestades ni, tan siquiera, se hubiera imaginado alguien, que aquel hermoso vergel de felices proyectos, pudiera impedir los frutos que brotaban de cada espiga en aquel mar de miradas y vibraciones.
Una inesperada e imprevista plaga de invasores, hijos de la propia tierra, como los pájaros y las langostas, pero esta vez bajo el disfraz de “lo correcto y el que dirán” y seguramente también, por un poquito de nostalgias y convencionalismos morales que protegen y vigilan la vida de la pradera, convirtió aquel remanso de dorados encuentros y conversaciones, en un descampado desierto de soledad y tristeza, castigado por tórridos calores en las horas del día y gélidos fantasmas en el tiempo del descanso.
Y nadie supo, ni se sabrá, de cómo hubiera sido la cosecha de haber azuzado al viento, para que espantara a tiempo, al invasor.
César Álvarez.
2007
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