Me despierto otra vez con un insoportable dolor de cabeza. No sé cuantas veces me habré despertado ya a lo largo de la noche. O quizá sea ésta la primera vez. Quizá las anteriores veces no fueran sino pesadillas. Pesadillas recurrentes en esta noche de pesadilla Me duele tanto la cabeza que no soy capaz de distinguir lo que es real de lo que no lo es. Me entra incluso la duda de si ahora mismo no estaré soñando. Por unos instantes cruza mi mente la idea de pellizcarme para salir de dudas, pero la descarto inmediatamente por infantil y absurda. Tanto si estuviera despierto como si no, un pellizco no dejaría de ser un pellizco, y, si bien es cierto que un pellizco soñado no hace ningún efecto a una persona despierta, ese mismo pellizco le puede hacer ver las estrellas a la persona que lo está soñando.
Le doy vueltas obsesivamente al asunto, pero no logro dar con una prueba concluyente, una prueba que me aclarare definitivamente si estoy despierto o soñando. Quizá esa prueba no exista. O quizá no exista una sino dos pruebas: una para el caso de que estuviera despierto y otra para el caso de que estuviera soñando. Habría que efectuar entonces las dos pruebas y cruzar los dedos para que ambas nos dieran el mismo resultado, ya que, si no, estaríamos perdidos. Nunca llegaríamos a saber quienes somos en realidad, cual es la consistencia de nuestro ser más profundo. O, mejor dicho, como de profundo es nuestro ser. Milan Kundera hablaba de la insoportable levedad del ser y quizá tuviera razón, pero si el ser es insoportablemente leve, el no ser ya ni te cuento. Y el estado del sueño está a caballo entre el ser y el no ser, pero, tengo para mi, que quizá esté más cerca de este último.
Hace un calor asfixiante. Voy al lavabo y me refresco con agua fría. A continuación, pongo la radio. En el aire, uno de esos programas para corazones solitarios: “Pálpitos en la noche”. A continuación, empiezo a disolver una aspirina. Mientras lo hago, caigo en la cuenta de que todos estos sucesos ya han ocurrido antes esta misma noche: el agua fría, los pálpitos en la noche, el ácido acetilsalicílico…….., todo. Consulto el reloj: las cinco de la mañana. Recuerdo que todas las veces anteriores también eran las cinco de la mañana. Ello parece indicar que me hallo inmerso en una pesadilla. No obstante, tras un análisis concienzudo de la situación, concluyo que se trata de una deducción precipitada. No sé si estoy despierto o soñando, pero esto empieza a parecerse a la película esa de Bill Murray, ¿cómo se llama?...., ah sí: “El día de la marmota”. Aunque no os creáis, hay gente que le encuentra la gracia a eso. Nietzsche, como era ateo el pobre, se inventó aquello del eterno retorno como sustituto del paraíso, pero a mí, por muy orgulloso que esté de mis acciones, eso de repetirlas una y otra vez (“ad nauseam”, que se dice), pues como que no. No le veo la chispa, la verdad.
Necesito pensar que estoy despierto para creer que la solución está en mis manos, aunque ya digo que eso no está nada claro. Trataré de autoinducirme un sueño feliz y relajado para no tener más pesadillas, en el caso de que lo fueran, que tampoco está nada claro. Adopto la posición del loto y me concentro en pensamientos positivos. De repente, a pesar de mi alto grado de concentración, no puedo dejar de advertir que la lámpara de araña del techo se me viene encima. Recuerdo que pasó igual en las veces anteriores. Entonces despertaba. Espero que todo esto sea una terrible pesadilla.
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