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Mis tatas siempre se preocuparon por evitar a la gente del pueblo. Decían que era gente sucia y pecadora, y que sólo en la fe y en la obediencia de dios se podían alcanzar la gloria y la vida eterna. Quien vive para pecar –repetían– muere para sufrir. Su dios era diferente al nuestro y por eso nos rechazaban. Por eso siempre permanecimos lejos de los demás. Por eso la gente no nos quería. Les molestaba la forma en que vivíamos: nuestros pensamientos, nuestras oraciones, nuestros cantos.

En el pueblo, acompañando a mis tatas, descubrí la sensación que produce el filo pesado de una mirada. Muchas de ellas se posaron en nosotros; miradas curiosas, temerosas primero, agresivas después. En cada visita la gente se mostraba cada vez más molesta. Poco a poco, el tono de sus ofensas fue subiendo hasta convertirse en insultos y provocaciones. Un día alguien empujó a mi Tata y le gritó que era un servidor del diablo, y que por el bien de todos debía mantenerse alejado de la aldea.

Después de ese día, nuestras visitas al pueblo fueron espaciándose, y cuando las hacíamos, procurábamos evitar a la gente para no tener problemas.

A él lo descubrí una tarde de mayo.

Mientras me bañaba sentí en la piel el calor de su mirada. El silencio vibrante del río, la suavidad de la arena, el brillo de la luna reflejado en el agua y él, me provocaron un gran desconcierto. Su mirada avanzó, se filtró delicadamente y me abrasó por dentro, destruyendo todo recato –toda duda–, y un temblor incontrolable me recorrió desde el cuello hasta los pies.

No sabía aún quien era, pero sabía ya que había sido concebido en una noche de luna. Mamá Celia decía que para que los afanes del cuerpo se volvieran vida, era necesario que la luna estuviera de acuerdo. Sabía muy poco de él, como sabía muy poco de la gente del pueblo. No son gente buena, decía mi Tata. Ahora ya no se que creer.

Una noche entre sueños lo encontré y la impresión me sacudió violentamente. Abrí lo ojos y él seguía allí, frente a mí. Nos miramos...

Salió y salí tras él. Ya en el campo nos tomamos de la mano. Al llegar al recodo delicadamente descubrió mis hombros, posó apenas sus labios en ellos, me miró a los ojos y se fue. Aunque no podía verlo sentía su mirada acomodándose dentro de mí. Incapaz de comprender lo que pasaba, me desvestí lentamente. Observé en el cielo a la luna, elevé hacia ella mis brazos, murmuré una súplica, y en medio de una incontrolable ansiedad, de mágicas y deliciosas sensaciones, me sumergí en el agua lustral, fresca y profunda del venero nocturno.

Ayer en el pueblo la gente nos volvió a maltratar, sólo que esta vez sus gritos y ofensas eran más fuertes que antes.

–¡Brujo! –escupió un hombre mientras nos golpeaba con su bastón–. Si quieres púdrete en tus desenfrenos pero deja en paz a nuestros hijos.

–Ya no te queremos cerca de nosotros –gritó una vieja con voz chillona como la de los chanates–.

A empujones nos llevaron hasta el álamo que marca le entrada al pueblo y nos advirtieron que si queríamos seguir con vida más nos valía alejarnos para siempre.

Allí, entre la multitud, en medio de golpes e insultos, lo encontré. Todo desapareció de repente y sólo él y sus ojos permanecieron. Nada más había...

Como todas las noches desperté, corrí a su encuentro y comencé a desvestirme para deleitarme con su mirada, pero en esa ocasión fue diferente. Se acercó. Pude verlo: su brillo, su temblor. Sentí la tibia humedad de su aliento cerca de mí. Después sus labios, su lengua, sus manos... Inesperadamente nos asaltó la luna –aguda y penetrante– y gozosa también disfrutó de nuestro encuentro.

¡Joto! –graznó la voz chillona de la vieja del pueblo–. ¡Hijo de la chingada!..., y la gente apareció por entre la maleza, furiosa, enardecida. Arrastraban y golpeaban sin piedad a mis Tatas. El me abrazó y pude ver en sus ojos una terrible advertencia. Mis Tatas ya no se movían, ya no se quejaban. Inertes recibían el desprecio y el horror de los aldeanos.

Al llegar, profiriendo gritos bestiales, incomprensibles, descargaron brutalmente su miedo. ¡Joto! ¡Maricón! –me gritaban–. No me dolían sus golpes, no los sentía, me dolía él.
¡Déjenlo! Déjenlo en paz, no ven que es hijo de la luna...

El tiempo empezó a detenerse. Las cosas se sucedieron lenta, pausadamente. Ya todo era silencio, ya nada tenía forma ni color. Sólo alcancé a distinguir su mirada.
Alcancé a ver como le arrancaban los ojos para que –eso dijeron– no lo volvieran a embrujar.

Busqué a la luna, para reclamarle, y la encontré sangrante, ardiente...

Texto agregado el 02-03-2004, y leído por 280 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
02-03-2004 el final estuve bien ,suerte . maovelex
02-03-2004 Hermoso y sorprendente relato yoria
 
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