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EN LAS AFUERAS DEL SUEÑO
por Ramiro R. Romero


Y así era cuando en el horizonte se formaron ventanas, cuando Eduardo buscó la mano de Amelia sin encontrarla, cuando también Amelia lo buscó a él y ya no estaba ahí, y, de a poco, un murmullo lejano fue tomando forma, como de aplausos leves, pero de un sinfín de manos. Eduardo entreabrió los ojos y vio que el televisor había quedado encendido. Se escuchaba la lluvia. Se levantó a cerrar las persianas,
apagó el televisor y se acostó otra vez, al tiempo que Amelia, en su casa, se volvió a dormir después de haber levantado la sábana, que había caído al suelo, y así quedaron, cada uno en su sitio, para volver a encontrarse al día siguiente, en el mismo lugar.

El que estaba detrás del mostrador solía entretenerse contando los minutos en que Amelia revolvía su café mientras miraba por la ventana con la mandíbula tensa, A qué hora va a aparecer éste, siempre llega tarde, me deja esperando como una boba, es como una creatura, no tiene madurez, ya son las ocho menos cuarto. No había más que dos personas en el café aparte de ella, en la calle se notaba que la oscuridad iba ganado terreno; además, estaba nublado.

Esquivando los charcos, pisando algunos a propósito, Eduardo iba por la vereda, hablando entre dientes, recreando en su imaginación un diálogo que todavía no había tenido, Fijate vos lo que hizo el tipo ese, Amelia. Al doblar la esquina y ver que la ventana, ya luminosa en contraste con el afuera, era como un cuadro en cuyo centro estaba Amelia mirándolo fijamente, cesó su diálogo y caminó más de prisa.

Amelia lo mira entrar, dejar su maletín cargadísimo en la butaca frente a ella, Chivito malo, piensa y no sabe por qué lo de chivito, pero si sabe lo que significa, Eduardo siempre un niño terrible, difícil de domar, Pero por qué chivito, se pregunta. Eduardo, en el mostrador, hace su pedido y luego vuelve hasta donde está Amelia, Decile que me recaliente el café que se enfrió por esperarte a vos.
Eduardo obedece y se sienta, al volver, frente a Amelia y está a punto de abrir la boca, Siempre el tiene que ser él primero, cuando Amelia inicia el discurso que estaba preparando mientras lo esperaba, Ya van a ser las nueve y vos recién estás llegando, siempre hacés lo mismo, no ves que se puede largar a llover y ya veo que no tenés paraguas, voy a tener que estar esperando el colectivo bajo el agua por tu
culpa. Eduardo no la miraba.

Eduardo paseaba la mirada de la ventana a las manos de Amelia sobre la mesa, de las manos a su maletín, luego a su reloj, pero no por el rostro de Amelia, Le miro a los ojos y es para peor, Miráme cuando te hablo, le dice, pero él pasea la mirada de la ventana a las manos de ella, luego a su maletín y así. Esperar un poquito es todo el secreto, piensa Eduardo, esperar a que se calle y ahí sí le puedo contar lo del
tipo que venía con las carpetas. De reojo vio la mirada de Amelia encendida y fija en él, mientras ella, Habla y habla no sé de qué. Un suspiro marcó el final del discurso de Amelia y Eduardo se apresuró a introducir por ese hueco su anécdota, Fijate vos lo que hizo el tipo, venía con las carpetas y no vio el cable de la fotocopiadora...

Hubo un momento de silencio, en el que Amelia tomaba su café recalentado mientras por sobre la taza miraba a Eduardo comer las dos empanadas con menos de cuatro o cinco bocados en total, ella solía fijarse en eso, Este tipo no mastica, parece un pato, primero un chivito ahora un pato, piensa. Piensa también otras cosas, que se notan en el modo en que mira a Eduardo, pero no las dice, las traga
junto con el café. Decí que el mozo nos avisó que estaba el pedido, porque o si no Eduardo no paraba más con esa pavada. El silencio entre los dos seguía incluso después que ambos terminaban sus meriendas y se iban del café en dirección a la parada de colectivo y en el trayecto terminó el silencio porque Eduardo quiso retomar la anécdota, pero no llegaron las carpetas del tipo a tocar el suelo, cuando Amelia le interrumpió preguntándole por la salud de su madre, No me digas que no
la llamaste hoy, le dice, no le das bola a tu mamá ni cuando recién sale de una operación, tenés que llamarle, no seas ingrato. En la parada solo se quedaron treinta segundos, porque ya vieron aparecer al colectivo que tomaría Amelia y se despidieron con un beso seco, mientras Amelia de reojo vigilaba que no se le escape el colectivo.

Eduardo, camino a su departamento, a unas pocas cuadras del café, pensó en su madre, Está bien, Amelia es una exagerada, siempre lo mismo, ayer hablé con papá por teléfono y me dijo que mamá estaba bien, Amelia es a veces tan asficciante, como una nube de humo al rededor mío, un humo que tiene brazos y manos y con ellos me rodea el cuello. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón, luego en el maletín, y de ahí sacó un paquete de cigarrillos, quitó uno y lo
encendió. Vio que en el cielo iban apareciendo algunos relámpagos lejanos, sordos. Llegó a su casa y subió los tres pisos por la escalera, el ascensor no funcionaba desde antes que él se mudara a ese edificio. Entró a su casa y dejó tirados su saco y su maletín en el sofá, pensó si bañarse o no y decidió que sí, Hoy hizo calor, hubo una humedad terrible a la mañana y a la siesta. Recordó que le habían recomendado una película en el trabajo, daba esa noche a las nueve, por el Sistema Nacional. Después de bañarse llevó el televisor del living-comedor a su pieza. Fue a buscar media pizza fría que tenía en la heladera y una botella de gaseosa con un tercio de su contenido. Esperó, haciendo zapping, unos quince minutos hasta que empezó la película, era norteamericana, Medio barata, pensó. No supo cuál era el nombre, se le perdió entre los actores principales y el director y
demás. Una fábrica en los suburbios de alguna ciudad norteameticana, un par de hombres con trajes negros, corbatas negras y camisas blancas, cada uno con un arma diferente, buscaban a unos rehenes que al parecer querían rescatar, Si así empieza, cómo va a terminar, se preguntó Eduardo. La película lo aburría y bostezó unas cuantas veces, dejó la caja que tenía la pizza en una silla junto a su cama y la
botella vacía en el suelo, y se acomodó mejor en la cama, los ojos se le cerraban, en la pantalla apareció un hombre con traje negro y camisa blanca en primer plano. Eduardo se durmió. Tengo que rescatar a los rehenes, piensa, se mira el cuerpo y no le gusta como le queda el traje negro a él, sacó del bolsillo del traje unos lentes oscuros, se los puso, pero con ellos no podía ver nada, escuchó las balas enemigas
que pasaban muy cerca de él y corrió a ocultarse tras una máquina grande y extraña, tenía un arma en la mano, intentó disparar, pero las balas salían lentas y se caían a unos pocos metros de él.

Amelia llevó unas cuantas carpetas de distintos colores, después de cenar, a su pieza, las puso sobre la cama y se sentó frente a ellas, tomó una y la abrió, era un currículum. Tenía que revisar todas esas carpetas, buscar la que más se pareciera a lo que la empresa estaba buscando, Alguna de estas mujeres tiene que cumplir con los requisitos, pensó, eso me dijo la gerente, algún día voy a ser gerente de recursos humanos y voy a poder tener una secretaria que revise las carpetas. No terminó de revisar esa primera carpeta, de color celeste, llevó todas las carpetas a la cómoda que tenía cerca y se acostó en la cama, Estoy muy cansada, espero que esta vez no tenga problemas para dormir. Dio vueltas en la cama, pensó en las carpetas de distintos colores, Cada una tiene una foto, un pedazo de historia que no dice nada de la verdadera identidad de esas personas, será que cuando
revisaron mi currículum, era una carpeta verde, supieron realmente quién era yo, piensa, haber estudiado psicología para quedarme en cosas tan superficiales, los estudios, los trabajos, los certificados, una linda fotito donde ponen todos sus mejor cara, la mía no tenía mi mejor cara. Dio vueltas en la cama, trataba de dormirse, Este Eduardo, siempre lo mismo, nunca me escucha, bosteza, nunca me escucha, siempre tan difícil de domesticar, chivito malo, otra vez lo de chivito, pero
esa palabra, civilizar, le pareció rara en ese contexto, Quiero civilizar a Eduardo, se preguntó, convertirlo en un currículum, no, no quiero eso, pero es tan pesado a veces. Dio otra vuelta en la cama, los pensamientos de a poco iban perdiendo coherencia, las carpetas de colores se le mezclaban con Eduardo y con su mamá, Cómo no le va a llamar éste ingrato, bostezó, en alguna carpeta de color verde vio la foto de Eduardo, de Eduardo con su mamá, quiso leer la primera página,
pero las letras se le mezclaban, no se quedaban quietas, dejó esa carpeta, de dio cuenta que estaba en un lugar oscuro y quiso salir de ahí, vio un hilo de luz cerca, era una puerta que ella abrió y pudo salir a un campo verde, resplandeciente y fresco, se dio cuenta también que estaba desnuda y miró en toda dirección, pero no encontró a nadie, igual corrió hacia un matorral para esconderse, miró sus
pies, los vio medio borrosos, casi no se apoyaban en el suelo, ella iba como flotando, impulsada más por sus deseo que por sus pies. Se sentó bajo un árbol, se escuchaban muchos pajaritos, al mirar hacia arriba ve una guayaba, la toma y se la come, Acá no me ve nadie, solo los pajaritos, que no dicen nada, pero miran atentos mientras que cantan. Escuchó un ruido entre los arbustos y las enredaderas, algo se movía por ahí, se levantó para poder ver y se sintió muy alta para ese lugar, O los árboles son muy chicos, pensó.

Los disparos seguían y el sentía que estaba perdiendo el tiempo escondido tras esa máquina, vio cerca una puerta, parecía difícil de abrir, se fue hasta ahí agachado, pudo ver cómo las balas atravesaban el aire dejando una estela, como si el aire tardase en volver a unirse después de la bala. Tomó la manija de la puerta y empujó, pero no se abría, siguió empujando, con todo el cuerpo, la puerta se abrió
finalmente y Eduardo se introdujo en un corredor oscuro, Por allá tienen que estar los rehenes, pensó o dijo, y tomó una de las dos direcciones que le ofrecía el corredor. No termina nunca este pasillo, pensaba. Corría, pero no podía ver si estaba o no avanzando, porque todo era muy oscuro. Sintió un olor dulce, se dio cuenta que algo blanco o gris lo venía siguiendo justo tras su espalda, Es como un
humo, escuchaba que le decía algo, no le entendía, otra vez escuchó y ahora si entendió, Te ayudo a encontrar los rehenes, yo sé dónde están, le dijo el humo. Él lo miró de reojo, el humo parecía un fantasma, tenía forma de mujer, Como una Virgen, que me quiere ayudar, pensó, Dónde están, le preguntó, Por ahí, tenemos que doblar, le dijo el fantasma o el humo. Y doblaron hacia otro corredor menos oscuro, en cuyo final se veía una puerta entreabierta. Al llegar, cruzó la puerta
y vio un televisor encendido que iluminaba a un grupo de hombres, cada uno en una silla, todos vestidos igual, ni lo miraron a Eduardo, solo al televisor. Él tomó una silla vacía y se sentó a ver Qué es lo que miran estos tipos, el televisor era muy chico y no se veía bien, se acercó más para poder ver, escuchó que los demás se quejaban de que les estaba tapando y no podían ver, pero él sólo miraba el televisor. Vio a Amelia, buscando algo entre unos arbustos, desnuda, Qué linda
Amelita, qué estará buscando ahí, ah, mirá, se dijo a sí mismo, un chivito blanco, le ha de estar llamando a su mamá capaz, qué linda Amelita, que buena, le sienta en su regazo al chivito y le ofrece una guayaba, ella tiene un poco de pulpa de guayaba en su mentón y en uno de sus senos, el chivito lame la guayaba, parece gustarle, pero más le gusta otra cosa, mirá, se decía a sí mismo, ahora el chivito prefiere la pulpa que Amelia tiene en uno de sus senos, el chivito le lame el
pezón a Amelia y ella con los ojos cerrados le deja hacer, y todos estos tipos le están viendo hacer eso, no, no quiero que la vean, sólo yo. Eduardo no había notado la ausencia del humo blanco o gris que lo había llevado hasta ahí hasta que volvió a aparecer, Qué estás haciendo acá, le dijo el humo, que parece un fantasma enojado, o enojada, porque la voz que tenía era de mujer, Tenés que sacar a todos
estos que aquí, no convertirte en uno de ellos. Eduardo observó se miró el cuerpo y vio que tenía la misma ropa que los otros que estaban ahí. Le molestó las palabras del fantasma, Y qué es lo que estás mirando en la tele, le decía, apaga el televisor, le seguía reclamado, pero no ya no con la voz, que se había quedado como un eco leve en esa habitación, sino con la mirada fija y penetrante, él trataba de
alejarse de ahí, No me sigas, no me molestes, le dijo, pero el fantasma le seguía, mirándole de esa manera. Corrió y el fantasma lo seguía. Otros corredores oscuros había por ahí, pero algunos tenían ventanas con persianas que dejaban pasar un poco de luz, no vio ninguna puerta, trató de abrir una ventana y lo consiguió, salió por ahí y corrió por un pastizal pálido y tierra negra, el fantasma le seguía de cerca, trataba de alejarse de ese lugar y el fantasma le seguía de cerca.

Amelia, sentada en suelo, inclinaba hacia atrás su cabeza y respiraba con la boca entreabierta, miraba de reojo al chivito que le lamía los senos, sentía los dientes del chivito pero no le mordía, Ha de pensar que soy su mamá, pobrecito, pensaba Amelia, el chivito le raspaba los muslos tratando de acomodarse para lamer cada vez con más fruición y ella se sentía pesada, lenta, adormecida, al tiempo que sentía correr un río de electricidad por todo el cuerpo. De reojo veía al chivito
oscurecerse, volverse su pelaje marrón claro y formársele unas manchas oscuras, lo sentía cada vez más pesado en su regazo, el chivito iba creciendo al tiempo que seguía enfervorizado con los senos de Amelia. La empujó hacia atrás y ella quedó acostada en el suelo, con el animal arriba, que ya no parecía un chivito, sino algo con un pelaje rojizo, de espaldas anchas y que emitía un gruñido grave mientras lamía, y los ojos encendidos, fijos en los de Amelia. Quiso zafarse, no pudo, el
animal la tenía muy sujeta, pero no dejaba de intentar hasta que en un momento pudo liberar un brazo y eso le bastó para levantarse y salir de debajo del animal, lo empujó para apartarlo y salió corriendo, sintiendo el gruñido del animal que le perseguía, sintiendo miedo y corriendo más rápido. Le resultaba difícil correr, le parecía que las ramas y los arbustos le cedían el paso al animal pero no a ella, y lo
sentía acercándose. Logró salir del monte hacia un descampado y ahí pudo correr más rápido, corrió sin mirar hacia el frente, porque iba mirándolo al animal. Chocó con algo blando, el impacto la hizo caer al suelo.

Eduardo y Amelia se miraron, ambos respiraban con la boca advierta, ambos habían caído al chocar entre sí, se miraban y sonreían. Amelia vio que tras de Eduardo una nube blanca se disolvía en el aire y desaparecía de a poco, Eduardo vio tras de Amelia un chivito blanco que caminaba indeciso mirándolo a él, hizo un ademán para espantarlo y el chivito salió corriendo. Los dos se miraron y sonrieron, Amelia se acercó gateando a Eduardo y se recostó junto a él, Eduardo la abrazó y
se recostó también. Se miraban a los ojos y sonreían, Qué tienen tus ojos, se dijeron los dos al mismo tiempo y se rieron. Se besaron y Amelia le ayudó a Eduardo a quitarse la ropa, quedaron desnudos los dos y se besaron y giraron por el pasto, Amelia lo sintió dentro suyo, Eduardo sintió la suavidad y el calor de Amelia, se susurraban al oído mientras se amaban, y, después de un instante, Amelia apoyó su cabeza en el abdomen de Eduardo y se quedaron ambos mirando el horizonte, acostados en el pasto pálido y la tierra negra, y así era cuando en el
horizonte se formaron ventanas, cuando Eduardo buscó la mano de Amelia sin encontrarla, cuando también Amelia lo buscó a él y ya no estaba ahí, y, de a poco, un murmullo lejano fue tomando forma, como de aplausos leves, pero de un sinfín de manos. Eduardo entreabrió los ojos y vio que el televisor había quedado encendido. Se escuchaba la lluvia. Se levantó a cerrar las persianas, apagó el televisor y se acostó otra vez, al tiempo que Amelia, en su casa, se volvió a dormir,
después de haber levantado la sábana, que había caído al suelo, y así quedaron, cada uno en su sitio, para volver a encontrarse al día siguiente, en el mismo lugar.


Asunción, Paraguay, 19 de abril de 2007.

Texto agregado el 23-04-2007, y leído por 142 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
25-10-2007 Me encantó la historia, que me llevó por dos caminos, dos sensaciones diferentes: una realidad en la que los personajes parecen no llegar a entablar una verdadera comunicación, en un clima mezcla de resentimiento e incomprensión, y otra, la sensación del sueño de los personajes, muy surrealista, cada uno relacionado con un símbolo que representa al otro (como suele ocurrir en los sueños), y ese deseo que guarda el subconsciente, consumado en la unión de ambos. Muy buen recurso haber comenzado por el final, sugiriendo una especie de ciclo infinito, y también la forma de puntuación, que enfatiza más la confusión de sueños y de pensamientos de los dos personajes.***** andrula
15-06-2007 Jejeje...Que historia de sueños mas interesante, que final tan curioso....Es bello ver la coneccion de dos personas a traves de sueños. Una vez me paso con alguien, que tuve un sueño, fui a comentarlo al otro dia, como un dato curioso: Oye "anoche soñe contigo" y el me dijo que habia soñado conmigo tambien, finalmente intercambiamos sueños y resultó que estabamos en el mismo, divirtiendonos a lo loco en un parque de diversiones....Muy surrealista tu historia, me gusto mucho! annakiya
 
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