ADRIANA
Adriana, harta de que su marido la engañara cada dos por tres, estaba decidida a empezar ella a divertirse. Se miró al espejo, con una mirada inspeccionó toda su figura. A pesar de los años transcurridos, no tenía nada que envidiar a las muchas jovencitas que su esposo se llevó a camas ajenas. Se puso su mejor vestido ajustado que realzaba aún más su figura. Se llevó las manos a sus senos. A lo cual los colocó con delicadeza, bien dispuestos a llamar la atención de los hombres.
Estaba decidida a acabar con su estúpido matrimonio, y en su cabeza sólo rondaba la idea de devolverle a su pareja todos los sufrimientos causados por sus reiteradas infidelidades.
Jorge, hombre de mediana edad, atlético y deportista se las prometía muy felices con la cita. Cuando la conoció a través del chat, siempre pensó en Adriana como una mujer para toda la vida, de la cual ni siquiera sospechaba que estaba casada. Como quería causar buena impresión, decidió que la primera cita se comportaría como un caballero, y no se propasaría en absoluto. Con ello demostraría que es un hombre de mundo al que no le correría las prisas por acostarse con una mujer.
Adriana empezaba a aburrirse de tanto galanteo y educación. El hombre con el que se supone que sería el detonante para romper definitivamente su matrimonio, más bien se comportaba de forma que a ella le parecía algo muy sospechoso y sin más rodeos le dijo:
—Dime, Jorge, ¿tú eres gay? —entre sorprendido y curioso respondió:
—No, ¿por qué lo preguntas? —ella, algo dudosa, contestó.
—No... Si es que llevamos tiempo aquí los dos juntos y no has intentado ni siquiera acercarte a mí —Jorge, con tono de voz sorprendido, contestó.
—Pero...si eras tú la que me decías que no te gustaban los hombres, que a la primera de cambio le meten mano a una —entonces Adriana, con tono de voz condescendiente, le dijo.
—Pero, Jorge, si somos hombre y mujer, personas adultas. Sin compromisos ni ataduras. Disfrutemos de la vida —él, muy seriamente, contestó.
—Lo siento, pero quiero que este momento entre los dos no se estropee y haré todo lo posible para no decepcionarte —evidentemente, él no entendió el mensaje que tan desesperadamente ella, a bombo y platillo, le transmitía. Se le acercó depositándole un casto beso en la mejilla y diciéndole que la amaba, queriendo pasar el resto de su vida junto a ella.
Adriana estaba muy decepcionada y asqueada, maldiciendo la hora que decidió ponerle los cuernos a su marido con semejante panoli.
La velada fue decayendo en un sinfín de estupideces románticas que ella aguantó como mejor pudo. Cuando por fin terminó su cita, al despedirse, Jorge le dijo.
—¿Te lo has pasado bien, amor mío? —ella, disimulando el repelente asco que le procesaba, contestó.
—Desde luego, cielo —Jorge, loco de contento, le dijo.
—¿Entonces mañana nos vemos?
—Desde luego que sí, cariño. Mañana en el mismo sitio —dijo sin creer nada en lo que decía, pero procurando que sus palabras sonaran lo más veraces posible.
Cuando Adriana llegó a su casa, como siempre vacía y fría se desnudó, se puso su mejor camisón y, como constantemente hacía, recurrió a su aparatito que siempre la consolaba. No era como un hombre, pero por lo menos no tendría que aguantar las tonterías amorosas de un estúpido cuarentón que no veía más allá de sus narices a una hembra pidiendo guerra.
FIN.
J M MARTÍNEZ PEDRÓS.
Todas las obras están registradas.
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