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Ahí estaba yo, queriendo ocultarme en la inmensidad de un cine casi vacío, procurando en vano doblarme en todas las maneras posibles para reducir mi tamaño hasta la mínima expresión y así, aumentar mis posibilidades de que no advirtieran mi presencia, como el hipopótamo que pretende esconder su inmensidad tras una cañita...
¿Cómo había llegado a esa situación sin quererlo? Es algo que me esforcé por descifrar mientras el instinto me obligaba a ocultarme.
Repasé mentalmente los hechos de los últimos minutos y me vi pagando la entrada al cine, saboreando por anticipado el placer de una sala en una mañana de lunes. Meses atrás había hecho horas extras que en mi trabajo no se pagan con dinero, sino con francos compensatorios. Me encontraba entonces disfrutando de un tiempo libre merecido, con el aditamento de que lo hacía, mientras el mundo trabajaba.
Seguí las indicaciones de la acomodadora hasta llegar a la puerta de la sala dos, por la que me perdí adivinando en la oscuridad que debía girar a la izquierda para ingresar a la enorme panza de un anfiteatro alfombrado con butacas reclinables en la que sólo dos mujeres estaban sumergidas en un cuchicheo tan intenso que les demandaba toda su atención, ni siquiera advirtieron cuando irrumpí en su hábitat trepando a grandes zancadas los escalones hasta justo detrás de donde ellas monopolizaban los sonidos de ese universo cerrado.
Me ubiqué a la misma altura que ellas, dos filas atrás y como respondiendo a un movimiento instintivo, coloqué los dos pies a ambos lados de la butaca que tenía adelante, hundiéndome a su vez en la mía. Restaban tan sólo diez minutos para que la pantalla me llenara de sensaciones los ojos, el corazón y el alma.
No recuerdo con exactitud, cómo ni cuándo comenzaron a llegarme las voces de las dos mujeres enfrascadas en una de esas diatribas triviales sobre el almuerzo del día anterior. Casi contra mi voluntad, me hallé escuchando las alternativas de una comilona de apariencia apacible, bajo cuya superficie la miseria de la naturaleza humana se había desgarrado a tarascones, disimuladamente.
- … Se ve que no escuchás… ¿cuántas veces te dijo tu padre que no quería esa milanesa grande que le terminaste sirviendo?
- Pero má, si a papá le encantan las milanesas y lo hace nomás de cumplido…
- Sabés que tiene el colesterol por las nubes y le ponés en el plato una bruta milanesa del tamaño de una mortaja, ¿qué estás buscando? Además, con el Sergio tenés que hacer lo mismo, ¿o acaso querés que se ponga hecho un hipopótamo como vos?
- ¿Qué me decís si apenas picó un poquito y yo me serví un bifecito con ensalada?
- Habrás querido decir dos “medias reses” y la ensalada… tomate y lechuga, que combinados, engordan. No te digo que no comas, o tomate o lechuga, ¿¡¿pero los dos?!?, y la madre movió el dedo índice con insistencia de arriba hacia abajo remarcando cada palabra de la cátedra que acaba de dictar.
- Siempre terminamos en lo mismo, hablando de mis problemas de peso…, se quejó amargamente la mujer joven, vencida por años de sobrellevar en inferioridad de condiciones una lucha desigual contra el sobrepeso y la reprobación de una madre tremendamente hinchapelotas.
Ajena al lamento de su hija, la vieja continuó:
- A tu padre le aumentás el colesterol y a mí me llenás de gases, porque ¡tomate y lechuga juntos, m´hija! No bien terminó de decir esto, se inclinó a un costado y sin el menor desparpajo desgarró la quietud del ambiente con un sonoro pedo que retumbó con gravedad entre las filas de butacas inocentes y atornilladas con crueldad a un destino inmutable.
Lamenté no haber tomado la decisión de apagar el celular antes de entrar. Ya era tarde. Mi situación, desesperantemente cómica. No pude detener la sonrisa, mientras reflexionaba “¿cómo puede ser que por vergüenza, me vea forzado a ocultarme de una vieja inmunda que no tiene la vergüenza de aguantarse tremendo pedo, aunque más no sea por respeto a su hija?”.
Desde mi inconsciente galopó con fuerza abriéndose paso entre resistencias conscientes, la angustia de que el bendito celular sonara y delatara mi posición. Me resistía a admitirlo, pero la sola idea me agobiaba.
Analicé la posibilidad de hundirlo en mi bolsillo y apagarlo, pero el silencio que siguió a la flatulencia de la vieja, se había tornado demasiado denso como para aventurar una acción tan arriesgada, exponiendo incluso mi respiración y latidos a una posición de extrema vulnerabilidad.
Acurrucado en mi butaca a tan sólo metro y medio de las dos mujeres, padecí el martirio del inocente, mezclando en la ridiculez atormentada de mis ruegos, súplicas para que ninguna de las dos se diera vuelta, mi celular no decidiera vociferar que lo atendiera o bien, la desesperación no me jugara una peor pasada aún, obligándome a toser para continuar respirando.
Los rezos que abrevan en la desesperación genuina conmueven a los ángeles. Textual se me vino la frase a la cabeza cuando vi aparecer a una mujer que a paso lento subió las escaleras y previo dedicarme una sonrisa a manera de saludo se sentó justo delante de mí y detrás de las otras dos.
Ya podía aspirar tranquilo el aire a bocanadas. El ingreso providencial de una cuarta persona al recinto, me libraba de la forzada clandestinidad a la que me había arrojado mi sentido de la decencia y respeto por los espacios del prój…
¡¡Asqueroso de mierda!!, agitando la palma de una de sus manos como si fuera un abanico, la recién llegada se volvió hacia mí con el rostro encendido de indignación.
La injusta acusación me sepultó en las profundidades de la sorpresa, la vergüenza y el abatimiento. De alguna manera, colegí que sería en vano cualquier intento de defensa.
La discriminación prejuiciosa de una sociedad machista que no concibe –todavía- la grosería de origen femenino, había levantado su dedo incriminador hacia el único infeliz que tuvo la desgracia de coincidir en el lugar y el momento incorrectos.
Huí presuroso de la ignominia, bajo la mirada reprobadora de la verdadera responsable que sabiéndose segura, se sumió con su hija y la desconocida en una conversación sobre la pérdida del respeto y las buenas costumbres de que adolece la sociedad actual.

Texto agregado el 24-03-2007, y leído por 316 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
11-07-2012 Tiene su comicidad el asunto. Lo relataste muy bien. Gracias por hacerme reir. Nos leemos. Stromboli
20-10-2008 Sencillamente genial! La odisea de los pedos la viven mucha gente, pero nadie reconoce vivirla, sólo cuando no se tiene el sentido del ridículo se puede uno reir de estas situaciones! Grandes risas y 5* agradecidas! lolao
30-09-2008 fue casi crucificado pro algo ek la gente tilda de inmundicia.. siendo que si podemos igual lo haceos en publico.. XD me gusto! dearalice
11-09-2008 ajajjaj!!! Excelente narración y edemas muy cómico lo tuyo .. Mandarina-26
21-03-2008 Excelente. Si inicias la lectura, no puedes dejarla... Divertido, ingenioso, a la par que de gran calidad literaria. Enhorabuena dulcineaydonquijote
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