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Me quedé sentada en su cama. Esperando que volviera. No me lo podía creer. Estaba en su habitación. ¡En el cuarto de Nuria!

Miré a mi alrededor.

A mi derecha, junto a la cama, había una pequeña mesita de noche, donde guardaba su ropa interior y varios recuerdos de antaño. Encima, reposaba sonriente un pequeño osito blanco de peluche. Al lado había un cuadro donde se veía un dibujo a lápiz de dos chicas cogidas de la mano. Lo había hecho Nuria. Sí, era buena, muy buena dibujando. Y eso que jamás había tomado clases de dibujo. Ya teníamos una cosa más en común. La pasión por el dibujo. Dos pequeñas artistas.

Entonces imaginé sus manos sosteniendo un desgastado lápiz de carboncillo. Deslizando el borde de su mano y su dedo meñique por encima de una lámina de color ocre, sin empezar, limpia, impoluta. Y ella, creando la magia de su imagen. Fabricando una ilusión en forma de trazos cortos pero firmes. Fundando distintas tonalidades: gris más débil, más oscuro, hasta casi llegar al perfecto y brillante color negro. Sombras. Dedos manchados de azabache. Polvo gris. Había algo en sus dibujos…

Observé la pared que tenía enfrente. Sobre ella había perfectamente trazados varios dibujos sobre fondo blanco.

Un armario cerrado, con pequeños cajones donde guardaba su ropa. Encima, colocadas de forma curiosa velas de todos los colores y formas: dos pequeños cubitos, uno rojo y otro amarillo a los lados; detrás, formando una línea continua velas en forma de tubo, algunas con la cera ya quemada, blanca, amarilla y roja, blanca, amarilla y roja… En el centro de la mesa, delante de las velas, había una muñeca, una pequeña brujilla, vestida de negro, preciosa. A su lado un escritorio cubierto de libros, un flexo negro que iluminaba sus noches en soledad, dibujando o leyendo, un porta incienso apagado y un bote de colores con lápices, bolígrafos y varios rotuladores de todos los colores. Digno de una gran dibujante. Como lo era ella.

Colgada en la pared, se sostenía una estantería, llena de libros y compact disks. En el último estante estaba su equipo de música, sus altavoces, su música preferida.

Sin duda, su habitación era su vida.

A decir verdad, jamás hubiera imaginado que su habitación sería así. Tenía tantas cosas que descubrir aún de ella.

En aquel momento se me antojó verla dibujar. Deseaba observarla, como ella ya lo hizo conmigo, de la misma forma: sin apartar sus ojos de mis manos, que se movían inquietas pero con parsimonia sobre el papel. Sintiendo como nadie más podría hacerlo cada uno de mis movimientos, cada trazo de lápiz, en silencio o preguntando cualquier cosa, escuchando nuestra música, conociéndola, a través de sus dibujos. Nuestras miradas perplejas ante el folio y, de tanto en tanto, en nosotras mismas.

“Sería tan hermoso…”, pensé mientras se habría la puerta para dejar pasar a esa chica tan curiosa… Su pelo liso, un tanto despeinado y castaño, reflejando unas mechas más claras que otras, doradas. Sus ojos grises, con una pupila dilatada al máximo, brillantes. Sus facciones, tan serenas. Su sonrisa inmensa. Un cuerpo para mí perfecto. Mil pulseras en sus muñecas. Sus anillos, sus colgantes. Vestía un pantalón vaquero ancho, con bolsillos a los lados. Una camiseta blanca con líneas azules horizontales, ajustada. Que marcaba más sus curvas, sus costados, su sensualidad. Y esas manos, que me parecían tan perfectas. Por como se movían, por su suavidad, por su calidez, por su blancura, por su ternura. Así era Nuria.

Entró sonriendo. Sostenía en ambas manos dos vasos.

- Toma. –me ofreció uno. – Es leche con cacao. ¿Te gusta?

Afirmé con la cabeza. Cogí el vaso. Estaba frío. Unas gotas de agua, efecto del líquido que contenía al comenzar a derretirse, mojaron mis dedos. Se sentó a mi lado. Nos sonreímos.

- Siempre pongo mucho cacao y al añadir la leche casi no coge. Entonces tengo que cambiarlo en varios vasos. Sale casi negro. Pero al poner más leche, me paso y tengo que añadir más cacao. Nunca acierto en las cantidades. – coge el vaso y bebe un poco. –Al final sale un montón.- me explica divertida.

Yo me río. Y también bebo.

Está dulce y fría, muy fría.

Me gusta. Está muy buena. Nos manchamos de chocolate los labios, la lengua y los dientes.

Y empezamos a reír. Y como siempre me pasa junto a Nuria es imposible parar de hacerlo hasta que acabamos tumbadas en su cama y exhaustas.

Texto agregado el 19-03-2007, y leído por 1168 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
21-03-2007 Me encanta la forma de describir que tienes, da la sensacion de estar en el lugar y conocer a los personajes. Besitos niña y que estes bien eslavida
19-03-2007 diosmío me he visto cien por cien reflejada en este texto. Me llamo Nuria, tengo velas de colores, una brujica en la estantería, y me encanta la leche frío con colacao. Aunque no llevo ni pulseras ni anillos ni colgantes. Ah, que sorpresa de texto y qué casualidad encontrarlos. Me ha gustado mucho. Besos. cramberria
19-03-2007 qué bueno!!!!!!!! tecclas
19-03-2007 En las cosas simples se encuentra el verdadero sabor. Los artistas (plásticos) casi siempre tienen una mente abierta para sentir la vida/ Un momento agradable***** monica-escritora-erotica
 
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