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Llueve. La suave y fría caricia nocturna flota ligera y provoca en todo aquello que toca una especie de trance mágico. A lo lejos las nubes se pasean perezosas, en el patio las flores de las bugambilias se sacuden y en su habitación las cortinas de la ventana abierta comienzan una danza dulcísima. Pero la brisa no se detiene ahí, llega hasta él, recorre su cuerpo dormido, se dispersa, se vuelve tan leve que logra penetrar en sus sueños. Eso fue lo que lo despertó, o al menos es lo que a Pablo le hubiera gustado decir. Porque muy bien sabía que era otra cosa. Habían sido las palabras. Las palabras que en él despertaba el sentir todo aquello a su alrededor, las palabras que brotaban desde muy dentro y se le hacían un nudo entre la cabeza y el corazón. Las mismas palabras que entraban en ebullición y se revolvían inquietas en su interior al contacto de la más mínima brizna de inspiración. Estaba enfermo, eso también lo sabía. Tenía que dejarlas salir.

Se cubrió la cabeza con las cobijas y le dio la espalda a la ventana. Quería que ese torbellino de imágenes y sensaciones, que la libertad del viento traía a su cabeza, se alejara de él y lo dejara en paz por un momento. Pero no, quizá estaba siendo muy rudo con la que había sido su mejor compañera porque, por lo que podía recordar, la fascinación por las palabras había estado siempre con él, muy cerca, tanto que no podía, ni quería, imaginarse la vida sin ella. De alguna manera esa era su vida, porque en esa fascinación vivía más, mucho más de lo que jamás se habría atrevido a afirmar que vivía en lo que cualquiera hubiera llamado su vida real.

Sabía lo que venía. Dudaría un rato, pensando en si debía escribir algo o no. Se dio una vuelta en la cama y acomodó la almohada bajo su cabeza. Creía que el sueño no tardaría en vencerlo, llevándose ese deseo por las palabras al lejano mundo del olvido. Le pareció buena idea y así lo hizo. Pero no contaba con la perseverancia del destino. Al darse vuelta se enredó más en la cobija, descubriéndose los pies. Nuevamente la brisa rozaba su cuerpo, traspasaba su piel y llegaba hasta lo más profundo de él. La hoja en blanco empezaba a dibujarse en su cabeza e intentaba seducirlo. Le ofrecía un sinfín de posibilidades, un espacio vacío para llenarlo con su imaginación, un silencio muy apto para romperse con las más hermosas melodías.

El deseo intentaba apoderarse de Pablo, pero él se esforzaba por no dejarse atrapar. Después de todo el ceder al deseo pocas veces dejaba una entera satisfacción. Mentira, estaba tratando de engañarse a sí mismo y sabía que no podía. Era sólo que en ese momento tenía tanto que expresar y no podía pensar en algo en concreto. Sabía que toda expresión nace de una inquietud, más en él esa inquietud era tan grande que se volvía algo que ansiaba tanto, que el satisfacer esa necesidad se convertía en pasión, deleite pleno.

Se descubrió la cabeza de entre las cobijas, despacio, sintiendo como el gélido encanto de la noche mecía su cabello, se deslizaba por su nariz y suavemente entraba en ella, llenándolo de algo finísimo que era la noche misma. Hizo la cobija a un lado y se sentó en la cama. Escuchaba moverse las hojas de los árboles mientras sus ojos miraban la luna por la ventana. Encendió la luz y a esas horas de la madrugada en que su cuerpo ya empezaba a exigirle el sueño, a rehusarse a obedecerle y darle las fuerzas que necesitaba, su mente, su corazón, todo su ser estaba concentrado únicamente en una idea. Debía escribir, dejar en libertad todo lo que sentía, contarlo.

Al sentarse al escritorio a Pablo le ocurrió algo que le era muy familiar y que también lo asustaba un poco: tuvo la sensación de impotencia al no saber a ciencia cierta qué hacer, por dónde empezar, hasta dónde llegar. Sintió la necesidad de hacer más de lo que sus manos le permitían porque ¡ah!, si tan solo sus manos pudieran seguir la velocidad de sus pensamientos y capturarlos en el aire, sin lastimarlos, con una ligereza tal que permitiera hacerlos lucir como él los veía. Porque la única manera en que encontraría el momento de calma que necesitaba era enfrentando lo que de momento no quería enfrentar. Fue así como por fin puso manos a la obra.

Al principio guardó silencio, se estuvo quieto, como si no quisiera asustar a esa criatura alada que es el deseo de escribir. Pensó en cómo era para él ese momento, tan delicado, tan suyo. Porque ahí solamente existía Pablo y sus palabras, que una vez escritas dejaban de pertenecerle y cobraban vida propia. Una vida que, bien lo sabía, no venía de él sino de más allá. De un momento, como ese, en que eran leídas y todo lo que ellas formaban era vivido otra vez dentro, muy dentro, de alguien más. Esa sensación le trajo a la cabeza el pasado, los recuerdos. Sintió de nuevo en las yemas de los dedos el papel viejo, amarillecido por el tiempo, de su novela favorita. Y detrás de aquellas páginas podía ver muchas cosas: la vieja mesa de la cocina, el techo de su habitación, el asiento de enfrente en un autobús, la gente en el parque. Pero siempre la mayor parte de esas imágenes, que podía ver con creciente claridad, era ocupada por palabras. Palabras que no recordaba con precisión pero que aún podía sentir fluyendo, saliéndose del papel, rodeándolo e inundando su mundo, llenando su alrededor de maravillas.

No recordaba ya cuantas veces había leído y vuelto a leer aquella novela. No importaba, le agradaba revivir esos momentos, regresar a ese mundo que ya le era familiar. Se dio cuenta de cuánto se parecían el recuerdo y las palabras, pues ambos tienen el poder de evocar. Evocación, eso era todo. Comprendió que las palabras no son más que un diminuto granito de evocación, pequeños hechizos mágicos que con sólo ser vistos o escuchados nos invaden, se filtran, se escabullen por alguna parte de nosotros y llegan a un lugar oculto, interior. El más íntimo de la persona y donde habita su alma. Y ahí, muy cerca uno del otro, las palabras se transforman, penetran aún más. Algunas veces se convierten en una tibia brisa del mar, que con su calorcito reconforta el corazón. Otras, se desdoblan, se inflan, se acomodan tomando la forma de algún objeto, un lugar o un paisaje, y no hace falta ya tener ojos para verlos ni manos para tocarlos, se ven, se sienten, se presentan ante aquél que ha tenido la ocasión de percibir esas palabras. Existen también las que son como nocturnas, feroces, acechando y clavando sus colmillos, destrozándolo a uno. Son las palabras que duelen, las que se sufren, al igual que los recuerdos. Esas palabras no se leen, siempre se viven. Y muy difícilmente se olvidan.

Por esa razón, o quizá por los azares del destino, Pablo tenía ese deseo por las palabras tan presente, siempre con él. Por el asombro que ellas eran capaces de causarle, por el sentimiento que podían despertar. Porque le habían descubierto partes de él que no sabía que tenía. Porque eran un mundo aparte, y a la vez es el mismo. De ahí le nacía el deseo de escribir.

Escribía porque alguna vez había descubierto que todas las personas ven y sienten algo extraordinario algunas veces. Se dijo a sí mismo que lo capturaría en cuanto le sucediera, y de tanto decírselo se lo siguió diciendo aún después de que a la promesa le costó trabajo zafarse de las manos muertas de la ensoñación. Porque no había pensado en cumplir su promesa, hasta que ahora pronto comenzó a llenarse de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se le fue formando un mundo alrededor de la esperanza que eran las palabras. Por eso escribía.

De ahí que en ese momento tan peculiar Pablo hubiera notado el encanto de la noche entrando por su ventana y diciéndole algo, llamándolo a escribir. Por eso se consideraba un palabrista, dedicado a retratar a las palabras que flotaban libres con el poder de la inspiración. Las palabras eran para Pablo como semillas que florecen secretamente, con una aroma distinto para cada quien. Por eso le atraían, porque cuando miraba a su alrededor y se lo proponía, veía todo, cualquier cosa por minúscula que fuera, como si estuviera formada por palabras. Las palabras despertaban su sensibilidad, su imaginación, sus sentimientos, en un sorprendente acto que estaba más allá de su comprensión. Ése era su mundo, su fascinación, su vida.

Es posible que a nadie más le importara lo que él escribía a veces, pero eso no le preocupaba a Pablo. Lo hacía por él y por quienes significaban algo para él, aunque nunca lo leyeran. Esa necesidad de escribir, siempre fiel, siempre constante, ya lo habría hecho feliz y le habría hecho compañía.

Cuando miró la página que tenía frente a él, ya no estaba en blanco. Era un pequeño mar de palabras. Contaba la historia de un muchacho como él, que una noche de luna había escuchado una voz que despertaba todo un mundo en su interior y, gracias a aquella afortunada casualidad, había logrado escribir lo que sentía. Hablaba de mucho y de nada a la vez. Era algo muy suyo.

Con la misma facilidad con que daba vuelta a la página, Pablo cerró la ventana. Se detuvo la brisa, se dejó de escuchar la lluvia. Y el mundo mágico de las palabras volvió a estar sólo en su corazón. Estaba de vuelta a donde pertenecía.

Texto agregado el 16-02-2004, y leído por 169 visitantes. (0 votos)


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