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Todo empezó un miércoles, por la tarde, cerca de las diecinueve.

Alejandro volvía de la redacción cargado con su facha habitual a esa hora: el saco colgando del brazo, la corbata floja y el cuello de la camisa desprendido, papeles, informes y documentos apretados en una vieja carpeta negra, una computadora portátil colgada de su hombro y la barba que ya empezaba a picarle. No llevaba el pelo ni corto ni largo, negro aunque con algunas canas plateando intrusas. Gracias a tres visitas semanales al gimnasio se mantenía en forma a pesar de sus cuarentipocos y sus facciones eran definitiva y notoriamente típicas de un descendiente de italianos. Pero si había algo que uno notaba inmediatamente en él eran sus ojos, oscuros y densos.
La vida lo había tratado bien en algunos aspectos pero en otros lo zarandeaba con puntualidad. Era un periodista importante, escribía columnas free-lance en varios diarios y publicaba ensayos y entrevistas en otras tantas revistas de actualidad con bastante regularidad. Era un excelente amigo de sus amigos, tenía una vida social agradable, con cenas, salidas al cine, cócteles, y demás, pero pocas veces iba en compañía de alguna fémina. No podía definírselo como un espécimen solitario, pero pocos recordaban haberlo visto en pareja por más de dos meses. Muchos de sus amigos decían que ya tenía tantas mañas y tan enraizadas que era imposible que dejara de ser un solterón alguna vez. Lo que sólo un par de sus mejores confidentes sabían era que Alejandro era un romántico perdido, que seguía creyendo que en el mundo debería existir alguien perfecto para él, su complemento ideal, su especie de “princesa azul”. Sin embargo se agotó en el trámite de buscarla y se resignó a que su suerte fuera manejada por el Destino. Así, si alguien le presentaba una señorita él la agasajaba y por pura cortesía salía con ella, pero al punto le brotaban las diferencias y los defectos que le encontraba eran insuperables y dejaba el asunto apenas empezado, por concluido.
Ese día de febrero en particular cargaba con un malhumor tenebroso, detrás de su ojo izquierdo pulsaba un dolor de cabeza incipiente, agazapado para dar el zarpazo frente al menor descuido. En lo único que podía pensar al momento de entrar en el palier de su edificio era en una larga y cálida ducha, una cena liviana y una noche despatarrado en la cama haciendo zapping, viendo sin ver.
Terminaba de entrar al ascensor cuando la vio acercarse. Ella venía hecha una tromba, llevaba unos jeans cortados a la rodilla, raídos y algo sucios, una remera que seguramente por la mañana fue blanca, el pelo atado en un nudo con mechones descuidados cayendo sobre su frente. Sostenía como podía dos cajas, de una de ellas se asomaban unos platos y un jarrón azul, enganchadas a sus dedos llevaba las llaves. Estaba por cerrar la primer reja cuando ella le espetó: -¡Esperá, esperá! Yo también subo … La fulminó con la mirada llena de puñales por entrometerse en su cápsula de deseada soledad, ella inmutable lo bañó con una sonrisa que a él se le antojó el sol del invierno detrás de un vidrio. Después de apretar el botón de su piso, el quinto, preguntó con un dejo de desprecio en la voz: -¿Qué piso? -El séptimo, por favor.
El ascensor arrancó y ella cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra tratando de acomodar las cajas, y sin que nadie le preguntara dijo: -Qué día terrible me tocó para hacer la mudanza, creo que debe ser uno de los días más húmedos del verano. Alejandro ni siquiera se dignó a mirarla, pero ella sin prestar atención a la falta de atención de su compañero de viaje siguió: -Me llamo Gabriela, y me estoy mudando al séptimo A, te daría la mano pero creo que si lo hago se me desbarrancaría todo. -Mucho gusto, respondió lacónicamente al tiempo que el ascensor frenaba en la primera estación de su recorrido. Él comenzaba a abrir la reja interna cuando ella le dijo tímidamente: -Disculpame, ¿te podría pedir un favor? Giró sobre sus talones dispuesto a aniquilarla pero lo atraparon unos ojos café redondos y gentiles, transparentes como una fuente, en donde podía leer una lucha entre su timidez y su necesidad. –Mirá, estoy cargada como un ekeko y no creo poder llegar a abrir la reja del ascensor y mucho menos abrir mi departamento sin que algo se me caiga, y la verdad es que aquí está toda mi vajilla. ¿Me preguntaba si no sería mucha molestia que me acompañaras y me dieras una mano? Alejandro suspiró con malacara, miró sin disimulo su reloj y cerró la reja para acompañar a Gabriela, sin decir nada.
Sin que mediara ni una palabra, las cajas llegaron a su destino intactas. –Muchísimas gracias, no sabés qué enorme favor me acabás de hacer. Miró a su alrededor, el caos era evidente, cajas y más cajas, muebles amontonados y una valija semiabierta en un rincón que parecía estar mostrándole una lengua de toalla. –Entre las cosas que me ayudaste a traer está la cafetera y si no me equivoco el café está en una caja en la cocina, ¿puedo invitarte con un café para agradecerte? Alejandro sólo deseaba escapar a su cubil y dejar que la ducha le lavara el perfume de primavera que parecía estar impregnándole la piel desde que ella se coló en el ascensor. Puso una excusa pueril y se fue.
Cerca de las once de la noche, Alejandro descubrió consternado que su provisión de cigarrillos se había acabado. Estrujó furioso el paquete vacío y lo tiró sobre la mesita de noche. Pensó en resignarse a no fumar hasta la mañana pero la falta de sueño era evidente, así que tomó un pantalón corto y una remera arrugada de la pila de ropa para lavar y salió a la calle. La noche era fresca, una brisa sureña había arrastrado la humedad de la tarde y el cielo se asomaba entre los edificios, estrellado y azul. Apagó la colilla justo antes de entrar y cuando llegaba al ascensor vio que dentro estaba nuevamente Gabriela. Esta vez iba acorralada entre un sillón de escritorio y una silla alta, con apoyabrazos, seguramente alguna especie de antigüedad familiar descartada y rescatada. Le hizo un gesto para que no se detuviera, para que siguiera su viaje, pero ella abrió la reja diciendo –Vamos, si nos sentamos en las sillas entramos cómodos. A él le pareció un desatino y abrió la boca para decírselo, pero ella le tomó la mano y lo atrajo al interior como si se tratara de una criatura. Por supuesto que no le quedó más remedio que sentarse para que ella pudiera cerrar las rejas. -¿El quinto no? Qué suerte que la noche ahora está más fresca, por lo menos voy a poder ordenar un rato esta madrugada sin morirme de calor. Cuando captó su mirada de desconcierto ella sonrió con todo el cuerpo. –Sí, ya sé, debés estar pensando de qué planeta bajé. Eso me dice que sos absolutamente porteño, es la reacción típica en esta ciudad cuando alguien trata de mantener una conversación casual o simplemente una mirada con un desconocido. –La verdad me parece un tópico muy profundo para discutirlo en un ascensor, dijo él despectivamente. –OK, te invito a comer pizza, si el delivery no me mintió en diez minutos tiene que estar acá.


continuará

Texto agregado el 05-03-2003, y leído por 386 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
05-03-2003 Este está mejor llevado, esperemos la continuación, Ana Cecilia. AnaCecilia
 
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