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Entró en la habitación de la cual había salido diez años atrás sin decir una sola palabra de despedida y sin botar ninguna lagrima. Las cosas seguían en su mismo lugar, solo cubiertas por una gruesa capa de polvo que con un simple soplido de su boca no se retiraba fácilmente. Los recuadros se encontraban algo soleados por la luz que ingresaba directamente por la ventana apolillada, de madera podrida y con los vidrios rotos. La cama de plumas tenia el mismo cobertor de la ultima noche que paso ahí antes de su salida, sus zapatos carcomidos por los ratones, los techos llenos de telarañas y uno que otro nido incrustado en los agujeros creados por pequeños pajarillos. La madera del suelo crujía con cada paso que se decidía a dar, los goznes de la puerta oxidados hacían dificultosa la abertura de la pesada puerta. Cuando pudo por fin salir del dormitorio que guardaba algo mas que recuerdos y un olor a guardado y vejez, soltó una exclamación al ver la baranda carcomida por la brisa marina que, desde el gran tragaluz vidriado que solía existir sobre el patio interior, en donde alguna vez crecieron margaritas y orquídeas y se cultivaban tulipanes y rosas, ingresaba dándole al ambiente un olor a playa y a tranquilidad. La escalera de mármol se encontraba resquebrajada en algunas esquinas pero aun dejaba ver su encanto debajo de la tupida mata de hierbas y plantas que crecían por el rocío de las mañanas y por el canal que atravesaba la propiedad de un extremo a otro, los bordes de piedra del pequeño canal presentaban un color verdoso propio de la mohosidad y el descuido. Bajó la escalera con mucho cuidado, el graznar de un cuervo le hizo saltar de su sitio casi perdiendo el equilibrio, se cogió fuertemente de uno de los balaustres hechos con el mismo mármol del que estaba hecho la escalera y retomo su posición para continuar bajando. Cuando logro llegar al espacio del patio central, únicamente adornado por una vieja pileta de piedra de la cual alguna vez tomó agua cristalina, la misma que ahora se encontraba empozada y con un olor nauseabundo... abombado, un sentimiento extraño le entró en la cabeza y le hizo estremecer su cuerpo. Miró hacia arriba para ver el cielo limpio de abril que podía ser descubierto a través del vitral destruido y las estructuras oxidadas, los trozos de vidrio azul, amarillo y verde que alguna vez cubrieron ese espacio se encontraban esparcidos por todo el lugar, la hojarasca de otoño ingresaba por el mismo espacio por donde entraban las lluvias de julio y descuidaban cada día el ambiente grato y apacible que hubo ahí alguna vez.

El piso de piedra, carcomido por la humedad y la intemperie, se levantaba con cada paso que daba; los ladrillos apilados que alguna vez formaran un muro que separaba el lavatorio de granito, del ambiente principal, del patio en donde se encontraba la pileta habían caído de tal manera que parecía mas que un palacio una consecuencia desastrosa de un ataque durante alguna guerra ocurrida en las cercanías del sitio tropical en donde se encontraba. Recorrió con su mano el lavatorio derruido, el moho y los trozos sueltos se pegaban en sus dedos conforme avanzaban sobre la irregular superficie. Recordó con una sonrisa algún tiempo cuando solía jugar a las escondidas en aquel palacio tropical; su infancia feliz, su niñez alegre, su adolescencia sumida en pensamientos propios de un viejo y su juventud sin mas pensamiento que el de abandonar aquel infierno. Su semblante y su rostro cambiaban conforme iba recordando cada anécdota mas su atención fue llamada por una puerta entreabierta y desde donde se podía percibir el olor del perfume que usaba su madre... caminó con indecisión hacia la puerta descolgada de una de sus bisagras y empujo con fuerza para poder abrirla completamente. El espectáculo era irreconocible y desagradable, una cómoda cubierta por telarañas y en donde más de una rata había hecho su madriguera, llena de frascos de perfumes y de cremas de manos, algunos abiertos, otros rotos recientemente; una cama matrimonial cuya visión era hacia la gran mampara de vidrio que daba a la terraza y que encuadraba perfectamente al océano de color verdoso y transparente por los arrecifes coralinos, también el pequeño muelle en el cual su padre se sentaba a pescar la tarde cuando decidió partir eran parte del bello y triste cuadro. La bañera de mármol y la mecedora de mimbre se encontraban en estado calamitoso, cayéndose por pedazos y destruidas por las aves que buscaban ramajes para sus nidos. Su mirada bajaba hacia el piso para descubrir en él el tapiz del siglo XVIII totalmente descolorido y podrido en sus esquinas, roído por los ratones y las comadrejas, lleno de pajillas y hierba seca, plumas y bolas de pelo, la chimenea de piedra también presentaba sus signos de desmejora, los leños secos se habían destruido poco a poco por el paso inclemente del tiempo y las cenizas se encontraban esparcidas por toda la amplitud del gran dormitorio, el estante biblioteca que había ahí aun guardaba ciertos libros, cuyas hojas amarillentas y empastes marrones de cuero hablaban aun de amores olvidados o de batallas funestas. Se acercó y vio en él su libro de cuentos que solía leerle su nana cuando aun era un chiquillo, lo tomó entre sus manos y abrió sus hojas, una araña tejedora caminaba tranquilamente por las paginas entreabiertas, la ahuyentó con un movimiento de su mano y un soplido que levanto el polvo guardado por años entre las hojas que ahora movía tratando de reconocer los grafos impresos y los dibujos hechos a mano por algún artista de comienzos de siglo. Una lagrima salió de sus ojos pero pudo contener su emoción al sentir el maullar de un gato en la parte superior de la casa; salió rápidamente de la habitación, se paró aguzando el oído en el marco de la puerta para solo escuchar la brisa, el sonido de las olas al chocar con los maderos del muelle y con el pequeño rompeolas, algún graznido de las gaviotas y el ulular del viento entre el follaje del bosque que crecía inmóvil y silenciosamente en las afueras de la gran mansión rodeándola por completo. Salió del dormitorio, atravesó el patio descuidado, un pichón de paloma alzó vuelo para perderse en un agujero de la parte de abajo del pasadizo superior que daba vista a la pileta, las columnas de pino de Nicaragua mostraban los desgarros ocurridos por el picotear de las aves y los agujeros hechos por el millar de termitas que en su interior habitaban; llegó hasta otro ingreso, una puerta con pestillos dorados que ahora se veían verdosos y rugosos, oxidados y malogrados, la abrió de par en par cayéndose de la parte superior una gran cantidad de polvo acumulado durante años... El espacio era amplio, algunas cacerolas y sartenes mantenían su posición colgando de una estructura de acero que a su vez colgaba del altísimo techo, las persianas cerradas le daban un ambiente lúgubre, unos cuantos rayos solares ingresaban por los agujeros de estas y funcionaban como luces orientadoras alumbrando la gran habitación, se dirigió a las ventanas y cubriéndose el rostro con su pañuelo blanco y apartando la mirada del muro cogió las persianas y las trajo abajo con sendos tirones, la amplia cocina se iluminó incandescentemente con el brillo solar, la platería no se encontraba en los anaqueles previstos y unas cuantas piezas de vajilla estaban esparcidas por el piso de azulejos y mayólica, algunas cuarteadas y otras destrozadas, cubiertas de polvo y hojas secas, los armarios aun guardaban los cubiertos de diario y las piezas de melamina que se utilizaban para las comidas fuera de la casa en alguno de los jardines; en una esquina se podía distinguir la mesa de los empleados, totalmente cubierta de matas de trepadoras y de hierba mala, la palanca del agua solo botaba ahora barro y uno que otro escarabajo salía de su boquilla, la vista era igual de solitaria y espectacular como la del dormitorio, solo que desde aquí podía distinguirse en la lejanía el faro que indicaba la presencia de un gran morro cubierto de vegetación y la llanura verde que se extendía hasta la vieja y abandonada propiedad. Su mirada se centró en una de las terrazas colindantes y salió por la puerta de hierro y vidrio que en esta habitación había. El aire fresco de la mañana le dio en el rostro, el olor del mar se introdujo por sus fosas nasales y el sonido apacible del romper de las olas lo invadió por completo dejándolo extasiado por unos cuantos segundos.

La terraza, cubierta por una pérgola de madera finamente acabada, daba al jardín trasero el cual cubría una vasta extensión perdiéndose en el ramaje de los árboles que estaban ahí desde tiempos inmemoriales y que aun subsistían al paso de los años sin cuidado. Los muebles de mimbre y hierro y la mesa de bronce aun permanecían en su sitio original, las hojas de las poncianas que cubrían la parte superior de la pérgola dándole una sombra reconfortante, caían menudamente sobre el ambiente que se mantenía fresco a pesar del calor sofocante del trópico. Bajó de la terraza por unas escaleras de piedra para internarse en los jardines descuidados y en donde alguna vez le propuso matrimonio a su ya difunta esposa, la hierba crecida sobremanera le llegaba casi hasta la cintura y dejaba un rastro al pasar sobre ella, a un costado y cubierto por una tupida capa de vegetación se podía distinguir aun la estructura vidriada del invernadero, del cual alguna vez arrancó más de un par de orquídeas para obsequiárselas al amor de su vida, caminó por espacio de quince minutos bordeando la casa y observando como se podía aun distinguir la majestuosidad con que fue construido aquel palacio que ahora se caía a pedazos.

Se adelantó hacia el muelle, su basamento de piedra y recubierto por asfalto aun lo mantenían en pie, su andar se hizo cuidadoso con tal de no pisar algún madero que se desprendiera con facilidad o se partiera al sentir su peso y llegó hasta donde estuvo sentado su padre la ultima vez que lo vio, la brisa marina hacia volar sus ropas y se le pegaban al cuerpo como ventosas. Su mente caviló un momento y volvió en sí para dar media vuelta y volver apresuradamente hacia la casa, mas se detuvo frente a esta, una nube cubrió el sol en ese instante y su cabeza bajo para mirar el suelo, caminó lentamente y bajó hacia la playa, sacó sus zapatos y los colgó por los pasadores de su hombro derecho, se remangó el pantalón de lino y camino con los pies desnudos por la arena que quemaba pero dejándose refrescar por el agua que llegaba hasta él. Volteó la mirada y vio su antigua casa, cayéndose a pedazos; después de diez años que volvía, ya no le quedaba nada en este mundo, su madre murió cuando él era aun un niño de 10 años victima del cáncer y desde ahí vivió con su padre, un hombre viejo y cansado, cuyas energías ya no daban para criar a un hijo otros 10 o 20 años más; pasaba la etapa de su adolescencia encerrado en su habitación o en la biblioteca... LA BIBLIOTECA pensó, se colocó sus zapatos e ingresó rápidamente al palacio por la terraza que daba al dormitorio de su hermana, atravesó rápidamente el espacio casi vacío para detenerse antes de abrir la puerta y volver la mirada. Era una habitación amplia, sus 7 metros de ancho por sus 9 de largo y 4 de altura la hacían mas que suficiente para una jovencita que siempre estuvo apasionada por la danza y el arte; el gran espejo roto que se aferraba aun al muro con una baranda de madera, los caballetes de diferentes tamaños, las paletas de colores, los pinceles gastados, la gran cantidad de lienzos enrollados y amarillentos, los colores, temperas y acuarelas regados por el ambiente y el piso de madera que alguna vez fue pulido y brilloso daban a entender los gustos de la jovencita; soltó la manija que abriría la puerta y se sentó un momento en la cama, la cual cedió al sentir su peso; observó por un instante la disposición de las cosas, los cajones semiabiertos y con algunas ropas carcomidas sobresaliendo de ellos, el espejo roto, ese gran espejo roto le mostró lo avejentado de su rostro, las cuarteadas en su tez se hacían evidentes. Intentó sonreír pero lo suyo le pareció mas una mueca que una sonrisa, ya no estaba hecho para reír, su vida había empeorado con el paso de los años, ahora se sentía como aquella casa, derruida y abandonada, solo manteniéndose en pie por los recuerdos, llevó sus manos a su cara y cubrió sus ojos, lloró amargamente toda su desdicha y se levantó incorporándose de a pocos, enjugó sus lagrimas y salió de la habitación, subió las escaleras e ingresó decidido a la gran biblioteca, muchos de los libros habían desaparecido pero aun podían observarse algunos en los estantes, la escalera corrediza aun funcionaba aunque algo torpe por el oxido acumulado en sus rodajes, las persianas le daban el mismo ambiente que había visto abajo en la cocina y las corrió hacia un costado, la luz ingresó y dejo ver en los muros altos los recuadros de sus padres y de su familia que fueron pintados cuando el aun era un niño pequeño. Toda su familia reflejada en el cuadro de mayores dimensiones; su padre, con el uniforme de la armada a la que pertenecía y de la cual fue dado de baja por haber perdido la pierna derecha en el fragor de la batalla, héroe naval recordado por pocos y olvidado por muchos, se le notaba cansado, con la mirada triste y el semblante decaído, la barba crecida pero impecable en su vestir; su madre, vestida a la usanza de los años 40, su peinado altísimo y con exceso de maquillaje pero aun bella y resplandeciente, intentando cubrir la debilidad que sentía por la enfermedad que la acababa de a pocos, sus ojos verdes y su rostro sin arrugas evidentes, más jovial, más sencilla, mas acabada que los otros; su hermana, vestida con la falda y las zapatillas de ballet, el moño en su cabeza y el brillo del maquillaje alrededor de sus ojos la hacían ver mas joven de lo que era, sus 12 años se mostraban jovialmente, el claro de sus ropas alegraba momentáneamente la pesadez y la sobriedad del recuadro para ser nuevamente cubierto por ese hálito de tristeza y enfermedad; él, sentado en la banquita donde usualmente leía sus cuentos infantiles o realizaba los deberes de la escuela, su traje negro y su corbata de lazo parecían adivinarle el futuro, el muñeco en su mano no parecía alegrarle la vida, su sonrisa inexpresiva y fingida no iba de acorde con lo que sentía al momento de ser retratado o con lo que sentía en ese momento de silencio cuando miraba el recuadro. Otros cuatro cuadros adornaban la habitación; sus padres abrazados, en sus rostros la alegría de mantenerse aun juntos y la tristeza del futuro que les esperaba se juntaban en una armonía imperceptible; su hermana y él, ambos tomados de la mano sonriendo grácilmente, en actitud infantil, jugueteando con la mano del otro cada uno; los otros dos una visión general del palacio cuando aun se encontraba en buen estado y con la servidumbre recorriendo algunos rincones escondidos y una escena campestre de algún pintor desconocido, de esos que abundan en las callejuelas de algún pueblito pintoresco y que se ganan la vida vendiendo lo poco que tienen a los turistas que en algún momento se acuerdan de esos parajes olvidados.

Después de observar las pinturas y el almacén de libros olvidado en la memoria, enfiló sus pupilas azules hacia algún lugar perdido en los recovecos del subconsciente y recordó con tranquila sorpresa el día en que decidió salir de casa; la muerte de su madre doce años atrás fue la que le dejo un vacío imposible de llenar en su corazón, un vacío que creyó haber llenado con su esposa, mas una muerte repentina en un accidente automovilístico volvió a dejarlo vacío y sin ansias de vivir; el letargo de su padre al verlo creciendo poco a poco y el sentirse cada día mas anciano y acabado, el ver que su hijo algún día lo dejaría así como lo hizo su hermana lo desahuciaron irremediablemente y se aisló en su mundo, un mundo construido entre los salones y la biblioteca, el invernadero y el pequeño muelle, entre el atardecer y la melancolía; su hermana que había dejado el seno de una familia desmoronada como las ruinas en la que se encontraba el palacio por una aventura con un hombre que le pago mal y la dejó abandonada a su suerte, lo que la llevó a estar confinada en un sanatorio por eso que los poetas y escritores llaman “mal de amor”. Su vida estaba destinada a ser solitaria y acabada, suspiró, su cabeza se levantó mirando una bandada de gaviotas atravesar el cielo limpio de abril que presentaba un azul intenso, el calor del mediodía se sentía claramente, rebuscó en su bolsillo algo que parecía ser una llave, era dorada y brillante, salió de la biblioteca y se dirigió a la habitación contigua, insertó la llave en la cerradura, la giró con fuerza y remordimiento y el cerrojo cedió. Abrió la pesada puerta e ingresó al ambiente cubierto por tinieblas, un olor pestilente emanaba desde el interior, un haz de luz ingresó por la puerta dejando ver tres cadavéricas figuras arrojadas en el suelo, putrefactas... Cubrió su rostro con el pañuelo blanco que sacó del bolsillo de su camisa para evitar el olor de la descomposición, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en su acabado rostro. BUEN DIA FAMILIA... PODEMOS EMPEZAR DE NUEVO.

Texto agregado el 04-12-2006, y leído por 170 visitantes. (0 votos)


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